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Las heridas de una Europa que no sale a flote

Una mujer pasa ante una pintada contra el euro en Atenas.

Ha comenzado una transición en Europa que se sitúa entre una democracia liberal forjada durante sesenta años, cuyas formas y procesos han caducado, y una nueva democracia que todavía está por dibujar. El concepto de unión se ha debilitado y esos valores democráticos que se firmaron en el Tratado de Roma en 1957 están ahora en el cajón del olvido. La construcción de un mercado común en el que personas, bienes, servicios y capital pueden circular libremente ha abierto las puertas hacia el período de paz más largo de la historia. La cooperación entre los diferentes miembros ha sido capaz de crear las condiciones para la prosperidad y la estabilidad de los ciudadanos. Pero, con la llegada de la crisis económica y financiera de 2008, los sólidos cimientos sobre los que se había forjado el nuevo sistema neoliberal y global se tambalearon.

Desde entonces, el descontento social no ha parado de crecer y se han alzado banderas defendiendo la identidad nacional y protección del país. Se está perdiendo la confianza en las instituciones europeas y según los datos publicados por el Eurobarómetro, el 54% de los encuestados no están satisfechos con el camino que está tomando la democracia de la Unión Europea. La lucha contra el terrorismo, el desempleo y la corrupción y la protección medioambiental se han convertido en las principales preocupaciones de los veintiocho Estados miembros.

Por si acaso, Reino Unido, uno de los integrantes más importante, ya ha dado un paso: salir del proyecto. Junto al Brexit, se ha proclamado una oleada de partidos de extrema derecha y euroescépticos que han alcanzado los parlamentos de algunos países como Francia, Italia, Hungría o Polonia. El discurso del miedo ha calado en una Europa que no ha sabido afrontar unida la gran barrera del Mediterráneo: la crisis de los refugiados. Con la excusa del terrorismo y la seguridad, las fronteras no han parado de crecer y como consecuencia, nos encontramos ante una Europa hundida, con una pérdida del valor del euro y una falta de dinamismo y competencia. ¿Está viviendo la Unión Europea (UE) una crisis existencial?

La Europa de las élites: una pérdida de legitimidad

El futuro de la UE queda bastante difuso. Para responder a la pregunta, se debe realizar una revisión de la historia. ¿Por qué se crea la UE? ¿Qué papel han jugado las instituciones a lo largo de estos setenta años? ¿Cómo ha afectado a los países? ¿Cómo se ha modificado el concepto de soberanía? Se ha de analizar el camino que ha recorrido la UE y las decisiones tomadas para poder entender la fractura social derivada y el creciente repliegue de los Estados.

La UE nació como un proyecto político original sin precedentes y con tres grandes objetivos: el programa de pacificación tras el devastador desenlace de la II Guerra Mundial, el plan de desarrollo económico, social y político, y el propósito de democratización de las Europas del Sur y del Este. De los seis países miembros (Alemania, Bélgica, Francia, Italia, Luxemburgo y los Países Bajos) que crearon la Comunidad Económica Europea (CEE), se conformó el sistema político y económico actual de la UE. Compartir y transferir soberanía, ser una experiencia de cooperación y bienestar avanzada, convertirse en un actor global de poder e imaginar otras formas de democracia abanderaron los eslóganes de la identidad europea, pero actualmente la idea impulsora de la creación de la UE ha perdido fuerza tanto en el Norte como el Sur.

La globalización como punto de partida

El primer agente en intervenir en el proceso ha sido la globalización. Por un lado, la apertura hacia un mercado internacional y la pérdida de competitividad ante países como India o China, con trabas legales mucho menores y una mano de obra más barata, han provocado la deslocalización de una gran cantidad de empresas, que no pueden competir con los productos extranjeros y deciden implantar sus empresas en ellos, tal y como explicaba Jose Ignacio Torreblanca en El País. La desregularización de los mercados, acompañada de la liberalización y mercantilización de los servicios públicos, como la energía o las telecomunicaciones, ha contribuido a la precarización de millones de trabajadores.

Los Estados se han quedado pequeños para poder actuar en mercados que negocian a escala global y la UE ha tomado las riendas en las negociaciones. La cooperación entre los miembros es cada vez menor y el concepto de soberanía se ha desvirtualizado. La fusión de los intereses europeos y nacionales se ha difuminado y donde debería haber integración encontramos una fractura cada vez más completa. Por un lado, una política exterior europea paupérrima, por otro, una serie de políticas que apenas funcionan construidas a base de coaliciones voluntarias y recursos nacionales.

La UE duerme, no actúa ni habla con una sola voz en los asuntos del mundo del siglo XXI, a pesar de ser el primer bloque económico y comercial de la historia. Europa se enreda en su propia telaraña, pues continúa ejerciendo su poder de manera fragmentada e inefectiva. No es capaz de actuar unida y sus decisiones son cada vez menos trascendentes. Ni tan solo se ha llegado a un consenso en aquellas zonas geográficas más próximas como la del Mediterráneo.

La respuesta de la UE a la crisis económica y financiera

A la pérdida de voz de los Estados miembros se debe añadir la actuación de la UE tras la Gran Recesión del 2008. Y es que, el hecho de que el futuro de Europa esté en entredicho tiene su origen en la pérdida de legitimidad de las propias instituciones. Son diversos autores quienes consideran que la respuesta a este rechazo se encuentra en el seno de la propia Unión y deriva de las decisiones tomadas ante el estallido de la crisis económica y financiera de 2008.

Mark Leonard y Torreblanca hablaban conjuntamente en un artículo para El País sobre un choque de democracias. Según ambos autores, la crisis actual no surgió de un choque entre Bruselas y los Estados miembros, sino de un choque entre las voluntades democráticas de los ciudadanos de Europa del Norte y los del Sur, los llamados países del centro y la periferia. Y ambas partes están utilizando las instituciones de la UE para defender sus intereses.

Alejandro Bolaños añade que es la política de austeridad y recortes implantada por el Banco Central Europeo (BCE) la que ha afectado a los países deudores, entendiendo estos como los países de la periferia y que mayormente se han empobrecido. Así, en Estados como España, Grecia o Italia se ha aplicado mano dura para poder hacer frente a los dictámenes impuestos. Aunque no hace falta irse lejos para saber en primera persona lo que supuso la crisis. Después del rescate del Estado griego, España es uno de los mayores exponentes de la política de reajustes que se endurece todavía más con la llegada de Mariano Rajoy y las dos reformas legales que introduce: la laboral, con la que abarata los costes del despido e introduce rebajas salariales, y la financiera, que culmina con el rescate europeo de la banca.

Con el pacto fiscal y las exigencias del BCE, se han llevado a cabo amplias reformas en cada país miembro con el fin de rebajar el déficit. Los países acreedores, como Alemania, han influenciado en las decisiones políticas con la excusa de que los países deudores no fuesen capaces de cumplir con sus responsabilidades, pues los observan como una lacra. Los conocidos como eurócratas han invadido campos que van más allá de la seguridad alimentaria y han controlado ámbitos que constituyen el núcleo del Estado de Bienestar y las identidades nacionales, como es el caso de las pensiones, los impuestos, el mercado laboral y los funcionarios de la Administración Pública. Han cruzado muchas líneas rojas de la soberanía nacional y la ciudadanía ha dejado de tener la capacidad para elegir lo que quiere para su país.

Ulrich Beck acuñó el concepto “una Europa Alemana” para resumir el liderazgo de los países acreedores, en este caso la enorme influencia de la canciller Merkel, en el seno de Europa. Los países acreedores, y en especial Alemania, han impuesto sus intereses y se niegan a los eurobonos o la reestructuración de la deuda sin crecimiento ni inflación. “La única solución a los problemas era una devaluación interna, social, de quienes vivieron por encima de sus posibilidades”, critica el economista Charles Wyplosz sobre la actuación de los países acreedores.

La Unión Monetaria no está siendo capaz de controlar el sistema financiero, mientras los países del sur se ahogan tras tanta reforma continuada. Los síntomas son repetitivos: cada país propone soluciones pensando en los votos que conseguirá, en lugar de tener una visión de integración. Se ha aplicado la ley de vencedores y vencidos. Como consecuencia, esta fractura política ha derivado en una fractura social. Las clases medias han adelgazado notablemente y se ha incrementado la desigualdad y la pobreza. Según los datos de Eurostat, Grecia (20’8%), España (15’9%) e Italia (11’9%) eran los Estados con una mayor tasa de paro, frente a República Checa, con solo un 2,2% de tasa de paro, Malta (3%) y Alemania (3,4%).

La inmigración y el discurso del miedo

El malestar social también ha tomado partida en la crisis de los refugiados, una de las mayores problemáticas a las que se enfrenta la UE junto a la explosión del mundo árabe. La Organización Internacional para las Migraciones (OIM) anunció en junio de 2010 que al menos 980 migrantes habían perdido la vida este año en el Mediterráneo intentando alcanzar las costas del sur de Europa. Además, el flujo no cesa y en las dos últimas décadas, el alza de la inmigración en Europa ha sido del 40%.

A pesar de estas cifras, la gestión que ha realizado la UE deja mucho que desear. Se ha fallado en una política de inmigración y asilo común, no porque fuera imposible desarrollar una acción europea coordinada e integral que ofreciera respuesta a los flujos de refugiados, sino porque los Estados miembros no han querido hacerlo y la Comisión Europea no ha podido forzarlos. El discurso del descontrol, que refuerza la seguridad, es el que está teniendo consecuencias de mucho más calado, según explicaba Gema Pinol en Agenda Pública.

La actuación de la UE ante la crisis humanitaria de los refugiados puede resumirse en dos puntos: una mayor seguridad fronteriza y la externalización del problema a países terceros como Turquía o los Balcanes occidentales. El objetivo ha sido detener el flujo de inmigrantes en los países terceros, con el fin de que no logren alcanzar las fronteras europeas en lugar de buscar las soluciones en el origen. Se ha obviado que, en ocasiones, los países terceros que se ocupan de esa detención vulneran los derechos humanos de los refugiados en el país. Mientras los muros se alzan y la vigilancia de la OTAN se incrementa, los partidos políticos han tomado el discurso del miedo y la xenofobia para atentar contra la unidad de Europa.

Los asuntos morales, históricos y culturales son el foco de atención y los más vulnerables y marginados por las decisiones políticas se aferran a ellos. La educadora política Pipa Norris argumenta que este malestar social y la tendencia a aceptar mensajes y políticas xenófobas está relacionado con valores culturales tradicionales. Una parte de la ciudadanía ha podido avanzar hacia valores cosmopolitas y multiculturales pero otra parte de la población vive desconectada. Ese regreso a los valores tradicionales les haría sentir mucho más cómodos.

Si Europa no quiere desaparecer y el discurso de integridad que defiende Jean Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea, quiere consolidarse, se deberá restaurar primeramente la capacidad militar. La UE debe ser vista como una fuerza única, capaz de promulgar los valores de libertad, democracia y bienestar con los que se creó. Ha de simpatizar y liderar el proyecto junto con los ciudadanos, que son quienes delegan la confianza en las élites políticas. Debe construirse como el terreno de las ideas políticas y conformar una identidad europea, para que todos compartamos el mismo sentimiento de comunidad. No basta con unos representantes que se eligen cada cuatro años. Es necesario un acercamiento desde la base hacia el consenso europeo, porque sin legitimidad y con una sociedad fracturada como la actual, solo queda esperar a la deriva en una Europa llena de heridas, que no sale a flote.

*Alba Martínez es estudiante de periodismo

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Publicado el
1 de febrero de 2019 - 12:47 h

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