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¡¡Usuarios tecnológicos del mundo, uníos!!

El grito que sobre el que se levantó la revolución social en el siglo XIX y XX fue ¡¡Trabajadores del mundo, uníos!! porque la explotación de las personas se realizaba a través de la extracción de la plusvalía de los trabajadores por el capital a través del consumo de las mercancías producidas, es decir, el pecado original del capitalismo aunque sea previa a este, la “previous accumulation» la denomina Adam Smith. Sobre ese pecado se levanta todo lo demás, todo es mercancía, todo se vende y se compra, los bosques, el mar, la atmósfera, las fiestas, el ocio, y ahora nuestras ideas, nuestros datos personales, nuestras emociones dirigido todo a favorecer más consumo .... y todo esto sobre la base de una materia prima gratuita. ¡¡¡Qué digo gratuita!!!. Materia prima que regalamos previo pago de los mismos que la producimos para que empresas tecnológicas dispongan de ella gratis. ¿O es que no pagamos para poner a disposición de esos datos cuando compramos móviles, ordenadores, líneas de internet o aplicaciones varias? ¿O no pagamos cuando sostenemos con los impuestos unas administraciones nos impone a trabajar digitalmente produciendo trillones de datos que acaban en manos de empresas tecnológicas? ¿O dudamos que esos datos están a su disposición solo porque tenemos un Reglamento de Protección de Datos? Al final resulta que pagamos por trabajar para otros y para que obtengan pingües beneficios. Somos capaces de no tener para comer o vivir de ayudas sociales pero sin renunciar a tener móvil, conexión a internet y, como mínimo, whatsapp. Nos han vendido que todo eso es necesario y nosotros lo hemos comprado.

Es un nuevo conflicto pero no muy diferente a otros conflictos de carácter productivo de siglos pasados aunque envuelto en argumentos tecnológicos, de tipo culturalista, identitario, del nuevo individualismo, de empoderamiento, de participación. Falso. Lo único que les interesa es seguir ganando dinero a tasas de interés compuesto. A la izquierda no le interesa hablar de conflictos productivos, suenan a viejuno, rancio, como mucho a comunista. Les aterra a ciertas izquierdas abandonar el espacio de la posmodernidad pensando que ese terreno es más actual que la modernidad ilustrada cuando aquella solo es la nueva forma de explotación sutil de sus cuerpos y sus mentes cayendo así en la “trampa de la diversidad” y el nuevo mercado de consumo para mantener la creencia del crecimiento infinito (conviene leerse el libro de Daniel Bernabé Marchena o “Identidad: La demanda de dignidad y las políticas de resentimiento” de Francis Fukuyama).

La izquierda ha olvidado lo que ya sabía y es que su “sujeto histórico” es la gente corriente y sus asuntos vitales, la gran mayoría, que son necesarias alianzas amplias pero que estas no se realizan a partir de la suma de las diferentes identidades y sus reivindicaciones particulares sino del acuerdo sobre aquello común que somete a cada cual para no desarrollar su proyecto de vida, su felicidad. No, no se trata de sumar reivindicaciones abultando los programas (si es que los hay) sino de que cada reivindicación encuentre su solución resolviendo la causa común que tiene con otras y que impide resolverlas.

Resulta lamentable que a cierta izquierda (la última vuelta de tuerca de la versión política de la gauche divine, por favor, leerse el artículo de “Informe subnormal sobre un fantasma cultural” de Vázquez Montalbán allá por 1971 en Triunfo) le preocupe más el problema de la apropiación cultural que hace o no hace Rosalía, que el hecho de que la cultura de masas esté en manos de empresas financieras que saben (definitivamente lo saben) cómo producir para cada grupúsculo cultural aquello que les reafirma como grupúsculo frente a otros y así extraer de ellos “gratis” información, profundizando el circulo vicioso de producción/consumo/extracción/producción bajo el pretexto de que se busca favorecer sus identidades y empoderarles.

Además la izquierda ha olvidado otras cosas como la austeridad, la formal y la real, se olvida del valor de conceptos como autoridad, orden y la seguridad jurídica cediéndoselos a la derecha. Y se olvida de que en épocas de incertidumbre, cuando no se dan proyectos creíbles a la gente, el atractivo de las Tiranías y los tiranos aumenta creando el caldo de cultivo perfecto para volver oír aquello de “!! Vivan las cadenas ¡¡”.

Pero volvamos a las tecnológicas. Nada de la vieja y nueva extracción de plusvalía sería posible sin ellas. Y eso afecta a todas las tecnológicas porque hasta las tecnológicas sanitarias extraen información de las redes, de nuestras preocupaciones, enfermedades, consultas de Google, consumos de fármacos, etc. Igual que las empresas de coches de nuestro uso de Google maps y otras aplicaciones y usos. Y todo eso “de gratis”. Llamar a los datos el nuevo petróleo es ensuciar a los datos. No son tampoco uranio. Son mucho más que la energía que hace mover la máquina son el nuevo método de extracción de plusvalía.

Me resultó muy interesante el libro de Yascha Mounk, (Director del Instituto Tony Blair para el cambio Global) “El pueblo contra la democracia”, pero igualmente me resultan muy interesantes los informes del Foro de Davos o los anuarios de la BBVA (todos ellos por cierto tratan sobre el asunto de la fuerza de la diversidad y las identidades y su efecto desestructurante y conflictivo) porque hay que conocer lo que dicen, no ya quien tiene la sartén por el mango, sino a quien gobierna el fuego que calienta la sartén de la que nos dejan elegir quién tiene el mango. Y no es que Mounk no tenga razón, es que de su lectura saco varias conclusiones.

Primera, el rearme ideológico de la socialdemocracia, cosa positiva sin duda pero solo cuando se acompaña, cosa que no hace (segunda conclusión) de una autocrítica de sus responsabilidades de haber llegado donde se ha llegado y tercera conclusión, que la socialdemocracia hace un rearme ideológico desde las mismas premisas sobre las que se ha construido el mundo que tenemos hoy, lo cual resulta, además de incongruente, imposible. Critica como buen seguidor de la “Tercera vía” los populismos (sin diferenciar izquierda o derecha) pero sin un atisbo de responsabilidad en su génesis. ¿O es que el surgimiento de los populismos no son sino consecuencia de la insatisfacción que provoca en la gente un liberalismo en lo formal que no ha sido capaz de resolver sus problemas y que sustenta ideológicamente el principio que subyace en la frase “Es el mercado amigos”?.

Si la gente ha votado en Europa durante décadas a partidos que se afirmaban defensores de las clases populares y una vez han llegado al poder han dejado de realizar aquellas reformas que prometieron, no es difícil entender que alguien piense “si la democracia liberal no es capaz de resolver mis problemas, habrá que pensar en otras formas de estado”. En definitiva, no es que los populismos socaven la democracia es que los populismos son, en todo caso, la fiebre de una enfermedad creada por el capitalismo que entra en contradicción con los principios de la democracia liberal. Una perspectiva bien distinta a la de que el populismo socava los intentos de hacer compatible el capitalismo con la democracia liberal que es, grosso modo, lo que Mounk sostiene aunque sus propios argumentos le llevan a contradecirse sistemáticamente.

El capitalismo ha llegado a un estadio de desarrollo que le hace insostenible a corto plazo. Insostenibilidad anunciada en su pecado original de acumulación, que se manifiesta en la depredación de la naturaleza explicada en el informe Meadows (hace la friolera de cincuenta años); la insostenibilidad incluso meramente contable entre producción y consumo; las desigualdades en la distribución de la riqueza y en el acceso a servicios avanzados por una ingente cantidad de personas generando así una nueva forma de desigualdad, la de vivir o morir; la transformación hacia un sistema que solo produce dinero, todo ello envuelto en una transformación productiva hipertecnológica que nos augura unos beneficios infinitos que no llegan nunca o a unos pocos y es factor de aumento de las desigualdades.

A estas alturas de la partida, poner freno a los avances tecnológicos es más una actitud voluntarista y moral que efectiva, muy parecida a los luditas de principios del siglo XIX. Por tanto habrá que adoptar medidas para que esa tecnología nos sirva y no seamos esclavos de ella. Algunas medidas como los impuestos a las tecnológicas se demuestran ineficaces en primer lugar porque nada les cuesta repercutir ese coste en los consumidores y en segundo lugar porque los ingresos fiscales que comportan para el estado, por el principio de caja únicas, acaban siendo devueltos en forma de ayudas, subvenciones, contratos y convenios a empresas tecnológicas en el marco de las políticas de fomento de las administraciones públicas. Además, a veces resultan ridículas las multas que se les imponen. Para muestra un botón: entre 2004 y 2019 se han impuesto multas a cuatro empresas tecnológicas (Google, Microsoft, Intel y Qualcomm) por valor de 11.000 millones de euros. Solo el beneficio de Google en 2019 fue de 30.000 millones, las multas a esta empresa han sido de 7.700 millones en 15 años. Sale rentable porque además a estas empresas nos sufren un impacto reputacional negativo. Incluso me atrevería a decir que el impacto de las multas es reputacionalmente positivo pues se presentan como los adalides de la libertad frente al control del Estado a los que, de vez en cuando les pillan.

Por tanto habrá que tomar otras iniciativas no fiscales y que sean directamente de intervención de las grandes compañías tecnológicas que son, de hecho, estados sin fronteras y millones de súbditos. En primer lugar es muy sugerente la idea de obligar a firmar un contrario individual, informado y expreso pero claro, obligando a las empresas a prestar servicio aunque se rechacen las condiciones y no, como sucede ahora, que no puedes bajarte una aplicación si no das autorización a que accedan a fotos, contactos, wifi, micrófono, cámara, ubicación, bluetooth, etc. Puedes quitar esos accesos, pero como ya se ha dado el permiso al acceder a las aplicaciones me temo que, aun con nuestra negativa explícita, no dejarán de acceder. Me ha resultado muy interesante las reseñas y entrevistas a Edward Snowden (leer es este diario la entrevista) en torno a su libro “Vigilancia Permanente” y particularmente sobre la cesión de autoridad que han realizado los estados democráticos a un puñado de empresas tecnológicas y por esa vía convertirse en Empresas-estado.

De todas formas esta práctica de sumisión de los ciudadanos a las condiciones impuestas por empresas es ya habitual en otros servicios como la banca a la que vas a “negociar” bajo la premisa de “esto son lentejas, si las quieres las tomas y si no las dejas”. Así que, visto lo visto, no queda otra que democratizar las empresas tecnológicas y eso no significa universalizarla (cosa que obviamente ya sucede) sino tomar el control democrático por los usuarios mediante una especie de “Toma del Palacio de Invierno” que, a diferencia de lo que se cree, fue muy pacífica, prácticamente un cambio de guardia. Esta actitud sería el único remedio para evitar el control de nuestras vidas más allá de las expectativas de “1984” que supone no la existencia de un dictador que utiliza la tecnología para controlarnos sino el control de nuestras vidas y la explotación por empresarios Gigamillonarios.

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Publicado el
19 de septiembre de 2019 - 12:55 h

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