Los beneficios de las terapias con animales en la lucha contra el Alzheimer

Perros con ancianos

Cuando Maribel Vila comenzó su trabajo como Técnico de Terapia Asistida con Animales en residencias geriátricas, Paquita ya empezaba a no querer comer por sí sola porque no podía mover la mano derecha y tampoco quería ir a las sesiones de fisioterapia para mejorar su situación.

“El Alzheimer, –apunta Vila– no es solo cuestión de memoria, sino también de desconexión de las neuronas que afectan al movimiento”. Cuando la técnico entró el primer día por la puerta de la residencia con los perros, Paquita empezó a llorar de emoción.

Era tal el interés que tenía por acariciarlos que hizo un pacto con la fisioterapeuta: iría al gimnasio cada día para poder tocar y cepillar a sus amigos peludos cuando regresaran el día de las terapias.

Y aunque con estas terapias no se va a solucionar el problema, sí que se puede cambiar el estado emocional de una persona, incluso retrasar los efectos psicológicos y físicos del Alzheimer. Y así fue, Paquita siguió comiendo sola durante un año más. 

Ella no es la única beneficiada, pues, aunque el Alzheimer es una enfermedad neurodegenerativa irreversible, algunos estudios demuestran que la terapia asistida con animales es uno de los tratamientos no farmacológicos que más beneficios proporciona a las personas que la padecen.

Vila, que es responsable del Programa de Terapias Asistidas de la Fundación Affinity, desataca que la misma lleva 35 años dedicándose a este campo. Por eso pueden afirmar que “con la ayuda de las terapias con animales se pueden cambiar vidas, pero también empeorarlas si se hace mal”.

“Es por ello que los profesionales deben actuar con sensibilidad, formación y conocimiento de los perros con los que se trabaja”, concluyen. 

Este es el motivo por el que el animal debe ser seleccionado y adiestrado durante unos seis meses de manera adecuada, pero también debe poseer unas características innatas: “que le guste el contacto con las personas, que tenga gusto por hacer ejercicios de manera continuada, que esté completamente sano y que sea previsible para tener la garantía de que no va a tener una mala reacción”, explica Vila. 

Cada vez son más las residencias que ofrecen estos servicios porque generan una gran motivación que conecta con la parte emocional del paciente y colabora en la mejora de su estado físico, emocional, relacional o cognitivo.

Mejora física

Todo radica en la motivación. A muchas personas con Alzheimer les cuesta mucho esfuerzo moverse o tienen dolor y desgana. Son las ganas de estar con el perro lo que los incita al movimiento, aunque solo sea para acariciarlo o cepillarlo. 

“Lo que los pacientes no están dispuestos a hacer en sesiones de fisioterapia queda disimulado tras la apariencia de un juego”, apunta Vila. Y es que, con la ayuda de los perros, se crean sesiones de fisioterapia y otros trabajos que, a los ojos de los pacientes, son simplemente entretenidas dinámicas de juego.

Sin saberlo, están mejorando la motricidad, ya sea devolviendo, recogiendo o tirando objetos, haciendo que el perro pase entre las piernas o simplemente caminando a su lado. 

Por ejemplo, el Hospital Sagrat Cor de Barcelona cuenta con un programa de terapias con perros para fomentar la autonomía de los pacientes frágiles. En ella, se centran en aquellos pacientes que han pasado mucho tiempo en la unidad de cuidados intensivos y que, al salir, se encuentran muy débiles físicamente.

“Tras observar las dinámicas adaptadas con y sin perros la diferencia es abismal: por ejemplo, cuando están con perros, pueden aguantar mucho más tiempo de pie”, explica la técnico. 

Mejora cognitiva

¿Cómo se trabaja la memoria? Aparentemente, jugando. Por ejemplo, “nosotros hacemos hincapié en que recuerden qué se ha trabajado hasta ese momento o qué es lo que quieren trabajar”, declara Vila.

Para ello, ponen nombres a los ejercicios, se les incita a diferenciar a cada uno de los perros, a decir cuál es su nombre, cuántos años tienen, qué color o qué forma. Y así se consigue lo deseado: activar su memoria

Por ejemplo, otro ejercicio consiste en tirar la pelota a una persona, esta persona dice su nombre o cualquier otro dato y se la pasa a otro, pero, evidentemente, la pelota cae.

Entonces, el perro deberá recogerla y devolverla al usuario. Aquí se demuestra, no solo la importancia de un buen adiestramiento, sino la posibilidad de trabajar todas las áreas: los pacientes se mueven, hablan y recuerdan. 

La prueba del impacto de los animales en este colectivo la evidencia Maribel: “A veces he regresado a un centro al cabo de un año y el enfermo no sabía mi nombre, pero sí se acordaba del nombre del perro”. 

Mejora emocional y relacional

El vínculo emocional que los ancianos sienten hacia ellos muchas veces se debe a que activa su memoria con buenos recuerdos, ya que muchas personas han convivido con animales a lo largo de su vida y probablemente los hayan tenido que dejar atrás al entrar en los centros geriátricos.  

Solo el hecho de que puedan estar y hablar con ellos los ayuda, por ejemplo, a combatir la depresión, ya que se sienten queridos y se olvidan de la angustia que puedan sentir.

El sentirse escuchados y acompañados mitiga la sensación de soledad y el ver que todavía pueden ser capaces de hacer actividades y responsabilizarse de ciertas cosas mejora su autoestima. 

Además, vuelven a relacionarse y comunicarse con los demás: “Si vas a un centro geriátrico, verás que generalmente las personas no están hablando entre ellas. Prueba a poner un perro entre ellos y empezarán a hablar del perro que tenían o de la actividad que han hecho”, expresa Vila.

No siempre se consigue esa mejora en el lenguaje, sobre todo en personas con Alzheimer avanzado. Pero lo cierto es que, en palabras de Maribel, “casi en el 100% de estos casos se puede observar aunque sea una respuesta tan leve como mover una mano para acariciar al perro o esbozar una sonrisa que demuestra que esa persona reconoce esa situación como algo agradable para ellos”.

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