Una nutricionista aclara si el agua de mar para beber es una moda pasajera o tiene algún beneficio: “No es un tratamiento”
Desde hace unos años es posible encontrar agua de mar envasada, un producto al que sus defensores le atribuyen propiedades que actuarían como un remedio para la salud. Se le atribuyen beneficios como que mejora el sueño, ayuda en la recuperación muscular, en el metabolismo de la glucosa, la salud ósea, el sistema cardiovascular y un largo etcétera.
La idea de beber agua de mar, sin embargo, no es nueva. Debemos remontarnos a principios del siglo XX, cuando el fisiólogo francés René Quinton elaboró la hipótesis de que el agua de mar tiene una composición química muy parecida al plasma sanguíneo y que ha servido ahora para avalar el consumo de este producto.
¿Qué hay de cierto en estos beneficios, son reales, o solo una moda pasajera que ahora cuenta con el respaldo de las redes sociales? Como nos explica Diana Donat Vargas, nutricionista, “no se puede hablar simplemente de moda, pero tampoco de solución milagro. Existen estudios preliminares que sugieren efectos sobre inflamación o parámetros inmunológicos, pero no podemos afirmar que sea un tratamiento para enfermedades”.
Agua de mar: algo más que agua con sabor salado
“El interés por el agua de mar tiene una base fisiológica: contiene sodio, magnesio, potasio, calcio y numerosos oligoelementos como zinc, selenio o cromo”, explica Donat. “En total, se han identificado alrededor de 70-80 elementos de distintas concentraciones”. Por tanto, el agua de mar no es solo agua con sabor salado, estamos frente a una solución compleja. Y esto podría ser uno de los puntos fuertes a su favor.
“Las células del cuerpo viven en el llamado líquido extracelular, un medio rico en electrolitos que recuerda en su composición al agua de mar diluida. Para que las enzimas, la producción de energía, el sistema inmunitario o los procesos de detoxificación funcionen correctamente, necesitamos micronutrientes y minerales”, afirma Donat.
Por tanto, y si atendemos a esta particularidad, el agua de mar aportaría minerales biodisponibles como magnesio, necesario para “disminuir el cansancio y la fatiga, mantener el equilibrio electrolítico, favorecer el metabolismo energético, contribuir al funcionamiento muscular y nervioso y participar en la síntesis proteica y en la división celular”, afirma Donat.
También algunas investigaciones, como esta revisión publicada en Nutrients, nos dicen que el consumo de agua derivada de mar profunda “podría favorecer la recuperación tras ejercicios de resistencia”. Con todo, Donat advierte que debemos ser cautelosos y rigurosos. “No existen aún suficientes estudios independientes y de gran tamaño como para afirmar que adelgaza, desintoxica o actúa como antibacteriano de forma generalizada. Muchos de sus beneficios atribuidos se explican por su contenido mineral, no por sus propiedades ‘mágicas’. Si bien hay una base bioquímica razonable, todavía faltan más investigaciones sólidas”, reconoce la experta.
Si bien su consumo podría tener sentido como fuente complementaria de minerales, “no sustituye una alimentación equilibrada ni debe considerarse un tratamiento médico. Su utilidad dependerá del contexto, la calidad del producto y las características individuales de cada persona”, matiza Donat.
¿Agua salada para hidratarnos?
Parece algo incoherente: hidratarnos con algo que, en realidad, nos deshidrata. El agua de mar contiene unos 35 gramos por litro de sales, una elevada concentración equivalente a más de dos cucharadas soperas. Como afirma Donat, “aproximadamente 250 mililitros de agua de mar pura pueden aportar la cantidad total diaria recomendada de sal. Por eso no debe consumirse en su concentración natural en grandes cantidades”.
Recordemos que la cantidad diaria total que recomienda la Organización Mundial de la Salud es de menos de 2000 miligramos al día de sodio, el equivalente a menos de cinco gramos de sal al día, lo que sería una cucharada pequeña.
Si bebemos para hidratarnos, estas cantidades nos llevan a pensar justo todo lo contrario, aunque, como indica Donat, la hidratación no depende solo del agua, sino del equilibrio de electrolitos. “El sodio no deshidrata cuando está en proporción adecuada; al contrario, ayuda a retener líquidos y a restaurar el equilibrio osmótico”, afirma la nutricionista.
Por tanto, el quid de la cuestión estaría en cómo se consume. Cuando se ingiere agua de mar, se usa “diluida en agua mineral, convirtiéndose en una solución isotónica que remineraliza el agua que bebemos”, afirma Donat, que admite que, “si bebiéramos agua destilada (sin minerales), por ósmosis podríamos favorecer la salida de minerales de la célula. Las células necesitan un medio con cierta concentración de electrolitos para mantener su equilibrio. Desde ese punto de vista, una correcta remineralización puede favorecer la hidratación celular”.
El problema estaría en consumir agua de mar sin diluir, “en cantidades elevadas, lo que sí podría producir el efecto contrario y generar desequilibrios. La clave está en la dosis y en la dilución”, advierte Donat, que reconoce que, bien tomada, puede ser “una forma de devolver electrolitos y favorecer un perfil mineral más adecuado para la hidratación”. Pero de forma ocasional, ya que la OMS no aconseja su consumo regular por su alta concentración de sodio.
La calidad y seguridad, dos puntos clave
Como advierte Donat, un punto clave a la hora de beber agua de mar es el de la calidad. “No se puede beber agua directamente del mar. Debe proceder de zonas profundas, limpias y ser microfiltrada y esterilizada por laboratorios que garanticen ausencia de contaminantes, microorganismos, metales pesados o microplásticos”, afirma Donat. Para que sea considerada segura se deben cumplir tres condiciones:
- Procedencia controlada y tratamiento adecuado (microfiltrada y esterilizada)
- Consumo en forma diluida
- Control de la cantidad total de sal ingerida al día
Si bien algunas propuestas establecen un máximo de 100 mililitros al día de agua de mar pura, posteriormente diluida, “siempre hay que considerar la sal que ya aporta la alimentación”, explica Donat.
Pero no todo el mundo puede tomar agua de mar, al menos sin supervisión. Hablamos de aquellas personas con “patología renal, hipertensión mal controlada, problemas en el manejo del sodio o en caso de insuficiencia cardíaca. En estos casos un exceso de sodio puede sobrecargar el sistema renal y vascular”, advierte Donat.
Como concluye la especialista, “el agua de mar no es peligrosa si está bien tratada, bien dosificada y se tiene en cuenta el conjunto de la dieta”.
0