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Vox, España y la deriva de Europa

Para gran parte de la clase política europea pareciera que esta situación de desamor por Europa no tiene responsables concretos

Que la crisis económica ha caído del cielo por la fuerza de los dioses y que la situación del auge de los nacionalismos y el crecimiento de la ultraderecha se solucionaría con el llamado a una refundación del proyecto ilustrado europeo

El presidente de Vox, Santiago Abascal, junto a la líder del Frente Nacional francés, Marine Le Pen.

El presidente de Vox, Santiago Abascal, junto a la líder del Frente Nacional francés, Marine Le Pen. Vox

España se ha hecho europea: la ultraderecha franquista -el partido Vox- ha tenido una entrada fulgurante en la política. En diciembre pasado hubo elecciones en la Comunidad de Andalucía, la primera comunidad en número de habitantes y la segunda en extensión, consiguiendo este partido casi 400.000 votos (11% del total) y 12 diputados. Mientras que, en el 2016, en las mismas elecciones había obtenido solo 18.000 votos sin conseguir representación parlamentaria, ahora entrará en el gobierno mediante un pacto con dos partidos de la derecha, el Partido Popular (PP) y Ciudadanos (Cs).

Su crecimiento en votos no solo ha provenido mayoritariamente de los partidos de derecha, sino que también ha conseguido calar en los de izquierda. Las razones de su éxito, según dicen las encuestas, tiene que ver con el discurso agresivo que sostienen sobre la inmigración -quieren expulsar a 52,000 inmigrantes mediante la incautación de los ficheros de los servicios de salud- y con la defensa a ultranza de la unidad de España. Pero su ideario no se limita a estas dos cuestiones, además quieren derogar la ley de Memoria Histórica sustituyéndola por una Ley de Concordia y la ley de Violencia de Género reemplazándola por una Ley de Violencia Doméstica. En esta última entrarían todos los miembros de una familia, lo cual restringiría las ayudas a los colectivos que se ocupan de la violencia sobre las mujeres. Ambas medidas conseguirían, por un lado, diluir y eternizar la gran deuda que tiene España con los represaliados y asesinados en la Guerra Civil y, por el otro, reinstalar el debate sobre la violencia de género y la igualdad entre hombres y mujeres en un país en el que hay un gran consenso sobre este tema.

España se suma así a muchos otros países europeos: Francia, Alemania, Austria, Bélgica, Croacia, Chequia, Dinamarca, Eslovaquia, Eslovenia, Estonia, Finlandia, Francia, Grecia, Holanda, Hungría, Italia, Letonia, Lituania, Polonia, Reino Unido, Rumania y Suecia [i], en los cuales la ultraderecha tiene representación parlamentaria, gobierna ya o está cerca de hacerlo. Quedan fuera de esta situación Portugal, Irlanda, Malta y Luxemburgo, que resisten todavía [ii]. El ascenso de las políticas de ultraderecha es un fenómeno global, como lo demuestran los triunfos de Trump en EE UU., de Bolsonaro en Brasil y el auge de una China totalitaria de partido único que pretende -mediante sus grandes inversiones- imponer este régimen al mundo entero.

Aunque las explicaciones posibles de este ascenso son múltiples, principalmente guarda relación con la crisis económica y su secuela de empobrecimiento, paro y precarización, con la inmigración que es presentada como la causa de todos los males, con el terrorismo islámico que golpea sin cesar y con la globalización. Todos estos hechos producen inseguridad y miedo, junto con la pérdida de una identidad clara y la ausencia de perspectivas de futuro. En España se añade otro factor: la presencia del nacionalismo catalán, el cual, por su voluntad separatista, es vivido como una amenaza a la integridad territorial.

Para gran parte de la clase política europea pareciera que esta situación de desamor por Europa no tiene responsables concretos, que la crisis económica ha caído del cielo por la fuerza de los dioses y que la situación del auge de los nacionalismos y el crecimiento de la ultraderecha se solucionaría con el llamado a una refundación del proyecto ilustrado europeo. Piensan que con este plan se conseguiría que los europeos vuelvan a amar a Europa y de este modo poner coto a las fuerzas de la ultraderecha, fuerzas que gozan de odiar la democracia y un mundo mejor y más justo para los pueblos que lo habitan. ¿Pero por qué dichos pueblos decidirían volver a querer a Europa si es esta misma Europa -la de los recortes- la que los ha abandonado y empujado a la desesperación y a la ira? ¿Serían capaces de hacerlo en aras de la República y la Democracia?

La República -como configuración del Estado- es el andamiaje principal, la estructura de Derecho donde se sostiene la forma democrática de gobierno y, hoy por hoy, el único modo de lazo social que garantiza el abrigo de la singularidad de los habitantes ya sea dentro de Europa como fuera de ella. Coincidimos en que esto es lo que hay que defender, pero ¿con qué nuevo proyecto refundaríamos esa estructura que es un medio para conseguir algo y no un fin en sí misma? Si bien República y Democracia son el medio, es el fin lo que le da sentido a este andamiaje. Así, será el contenido y no el continente lo que hará que los ciudadanos quieran sostener el andamiaje republicano. Hemos de reconocer que Europa ha fallado en esto.

La victoria de la ultraderecha en el mundo tiene que ver con que la República alberga en su seno un proyecto que es contrario a las clases populares fruto de un ideario muy preciso: el neoliberalismo [iii]. Por ello, la frustración y la ira que causa el proyecto neoliberal, dada  la violencia que encierra, se traslada del contenido al continente -al andamiaje- y el voto se dirige a los partidos de ultraderecha que acusan al andamiaje republicano de ser el causante de las medidas soportadas bajo el manto de la democracia. Dichos partidos saben que engañan porque quieren cambiar el andamiaje republicano y conducir a Europa al totalitarismo, pero no es su intención modificar el contenido: harán la misma política económica que se está haciendo a la que, eso sí, le sumarán un ropaje moral reaccionario, odiador de lo femenino, odiador de la diferencia del Otro. Para evitar el triunfo de los totalitarismos no alcanza con defender la República y la Democracia, sino que hay que apuntar a cambiar el sistema ideológico que ha sido el responsable de usar el andamiaje republicano para los intereses de una minoría, abriendo las puertas a la decepción y a la ultraderecha.

El neoliberalismo, por la vida sin esperanzas e insolidaria que retorna de Bruselas, impide el amor a Europa y produce la desafección, cuando no el odio. Cada vez más la precarización y la pobreza, la explotación de los jóvenes, junto con la desvergüenza de las clases acomodadas, alejan a los ciudadanos de cualquier idea de Europa y los conducen a confiar en las renovadas huestes de la ultraderecha que promueven la vuelta al nacionalismo.

En síntesis, qué refundación de Europa es viable si no se toma en cuenta -junto con la defensa de los valores republicanos-, la consecución de un proyecto político alejado de la ideología neoliberal de los recortes y de la competencia. Esto es necesario para conseguir la inclusión de los ciudadanos en un proyecto común que reparta verdaderamente mejor la riqueza -entendida esta en un amplio sentido. Europa debe emanciparse de la razón neoliberal, que la une de la mala manera, ya que esta engaña sobre las posibilidades de un bienestar general. Solo basta con analizar uno de los efectos de su accionar que muestra cómo se amplía incesantemente la brecha entre los ricos y los pobres. Se hace, así, imposible toda idea de un nosotros republicano junto con el empuje a la soledad de una identidad temblorosa y alejada de cualquier solidaridad, favoreciendo el resurgir de los movimientos identitarios, xenófobos, anti-mujeres y anti-inmigrantes como forma de localizar la causa en el exterior, al tiempo que dichos movimientos rescatan una identidad férrea y pura.

No podemos hablar de la unidad de Europa viviendo en el seno de un discurso que la destruye al impulsar una "lengua común": la lengua que sostiene en cada hombre una idea de sí mismo como una empresa en competencia con los demás y que, a su vez, apunta a silenciar la lalangue singular. Es necesaria una política que promueva un verdadero debate europeo sobre cuál es el proyecto político, económico y social que necesita Europa como para que sus ciudadanos vuelvan a enamorarse de ella. Nunca ha sido más necesario el coraje de los intelectuales y los políticos para impulsar un proyecto europeo donde sea posible una vida mejor para sus habitantes.

Sabemos que es el contenido el que está destruyendo el continente y que la ultraderecha que emerge sin pausa no es más que su consecuencia. Temible consecuencia que va construyendo progresivamente una Europa que naufraga como un barco oscuramente orientado por la pulsión de muerte.

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[i] https://www.elespanol.com/mundo/europa/20180910/radiografia-poder-ultraderecha-europa/336967273_0.html

[ii] https://blueside.es/portugal-la-resistencia-a-la-extrema-derecha-en-europa/

[iii] "(…) el neoliberalismo con algunas de las variantes por las que en la actualidad se le reconoce tiene su origen en la llamada Sociedad Mont Pélerin formada en Suiza a fines de la década de los 40 por iniciativa de economistas como Friedrich von Hayek o Ludwing Von Mises". (https://es.wikipedia.org/wiki/Neoliberalismo)

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