Mujeres en el arte, de la oscuridad a la injusticia

Soledad Sevilla, Premio Nacional de las Artes Plásticas 1993 / Foto: MECD

Un informe de MAV, la asociación de mujeres en las artes visuales, fundada hace unos ocho años, explica como en el periodo 1999-2009 solo un 9,4% de artistas españolas han expuesto en alguna de las 22 instituciones oficiales más representativas. El total de mujeres expuesto, contando las extranjeras, fue del 20,5%. Se trata de una situación anómala que hunde sus raíces en la historia.

En realidad, solo puede empezarse a hablar de equiparación desde que a finales del siglo XIX (1876 en España) las Escuelas, Academias o Facultades de Bellas Artes abrieron sus puertas a las mujeres. Equiparación en un sentido legal, entiéndase. La antigua ideología dominante siguió y sigue presente, aunque en progresiva retirada. En un estudio llamado La estudiante de Bellas Artes y la generización masculina del artista creativoLa estudiante de Bellas Artes y la generización masculina del artista creativo publicado en el 2010 en México, el profesor de la Complutense Miguel Figueroa–Saavedra, presentaba datos disponibles hasta ese momento (tampoco es que haya muchos) y opiniones significativas.

Uno de los gráficos muestra la evolución de la presencia de mujeres en la facultad de BBAA entre 1915 y 2005. En 1915, se matricularon un 7% de mujeres y un 93% de hombres. El salto se daría en la década del 1955 a 1965 con cifras ya superiores al 30%. Pero el gran vuelco se produjo entre 1975 y 1985, cuando por primera vez las alumnas superaron a los alumnos, con el 61% en ese último año. En el 2005 el porcentaje de mujeres era del 68%.

Así pues, ¿evoluciona todo a satisfacción? No tanto. Hasta 1985 no hubo una sola profesora en BBAA. En el 2005, después de tres décadas de paridad o superioridad porcentual de las mujeres, solo había un 33% de profesoras en la facultad. Y aunque no existe el detalle, sabemos por otros informes sobre la universidad que el número de catedráticas o jefas de departamento es aún menor y apenas llega al 20%. Cabe pensar que hoy en día estas cifras de BBAA se habrán equilibrado algo, pero las incluidas en el informe muestran que ha habido un cambio. Y también que este es desesperadamente lento.

Otro de los hechos cruciales es la escasa presencia de mujeres en las colecciones de los museos. Y no solo eso, sino su exhibición en las exposiciones permanentes de esas colecciones es todavía menor, aunque no cuantificada al detalle. Por ejemplo, de las 18 compras realizadas en ARCO por el Reina Sofía, solo una había sido realizada por una mujer, la alemana Anna Oppermann (1940-1993). Igual es que han de imponerse cuotas, ya que no se actúa con justicia.

Una ocultación fruto del prejuicio

Si hablamos de arte clásico, las dificultades en la formación y, durante la larga época gremial, de establecer un taller por parte de las mujeres, son factores que impiden una presencia igualitaria, pero no es menos cierto que aquellas que lograron superar esas dificultades lo consiguieron porque su habilidad era superior a la media.

La evolución de Artemisia Gentisleschi (1593-1656), que en los últimos treinta años ha pasado de simple epígona de Caravaggio con una historia personal truculenta, a ser considerada hoy una de las grandes representantes del barroco, a la altura de Hals, Velázquez o Vermeer, resulta de lo más significativa. Los cuadros ya estaban ahí, simplemente no se miraban. Pero hay muchas más artistas cuya obra no es básicamente mejor ni peor que la de colegas masculinos que sí están expuestos. Existe una ocultación, posiblemente ni siquiera consciente, sino simple fruto del prejuicio recibido.

Porque los prejuicios han surgido incluso siendo bien intencionados. Walter Gropius, fundador de la Bauhaus, les decía en 1919 a sus alumnas femeninas: “Ninguna diferencia entre el bello sexo y el sexo fuerte. Absoluta igualdad de derechos pero también de obligaciones. Ninguna consideración con las damas, en el trabajo solo hay trabajadores. Combatiré duramente la dedicación exclusiva a pinturas de salón lindas”. Gropius no era ningún reaccionario y posiblemente tuviera razón en que buena parte de la producción de mujeres artistas a finales del XIX y principios del XX era obras “lindas”. Pero seguramente estaba equivocando el mensaje porque era poco probable que las alumnas de la Bauhaus tuvieran el menor interés en la lindeza. Como luego demostraron Marianne Brandt o Lilly Reich.

Sin embargo, son sus frases sobre que la mujer será juzgada como el hombre lo que indica algo más profundo. Juzgar significa también medir. ¿Y por qué el hombre ha de ser la medida de la mujer artista? No hay razón alguna, pero durante mucho tiempo se dijo y se escribió que cuando una mujer era una gran artista es que pintaba o esculpía como un hombre.

El caso de la escultora alemana Milly Steger (1881-1948) es paradigmático. Steger hizo suya la idea de que su arte era masculino y la llevó al limite de vestirse como hombre. Esta anécdota puede tener lecturas positivas y otras no tanto, pero deja claro que tradicionalmente lo masculino ha sido tomado más en serio.

Soledad Sevilla (1944), una de las grandes artistas españolas de su generación explicaba en 1998:

"Las galerías te dejaban al margen, había un rechazo y una desconfianza. Y también influía nuestra propia mentalidad. A fuerza de represión yo había llegado a asumir que era lógico que a mí me rechazaran y a los hombres no. Me parecía normal ser de segunda clase por ser mujer. El ambiente en que vivíamos era tan machista que ni siquiera permitía que nos diéramos cuenta".

Esto ha cambiado, pero no tanto. Apenas un 25% de lo expuesto en el último ARCO estaba realizado por mujeres. Porcentaje que no variaba en las 17 galerías regentadas por mujeres.

Mientras las mujeres mantengan su lucha y los hombres vayan haciéndose más conscientes, la simple demografía hace pensar que la situación puede equilibrarse. Queda uno de los grandes problemas que ha sufrido el arte de mujeres, las cuales, incluso siendo reconocidas, nunca aparecen en las enciclopedias como líderes de ningún movimiento.

Las mujeres, o bien eran presuntas seguidoras de estilos establecidos por hombres o se estilizaban en apariciones tan peculiares como para no poder crear escuela. Aquí viene a la mente una Georgia O’Keeffe (1887-1986), por ejemplo. Es lo mismo que considerar el expresionismo abstracto americano como algo movido exclusivamente por los pintores, como si no existiera la muy influyente Helen Frankenthaler (1928-2011), casi segura inventora del soak painting (pintar con oleos muy diluidos en lienzos in preparar, que absorben el color, mas que soportarlo).

Mujeres que crearon escuela

Un género como la performance fue completamente redefinido en los setenta por una generación de mujeres como Adrian Piper, Lidia Montano, Ligia Clark, Barbara Smith, Joan Jonas, Laurie Anderson, Valie Export, Marina Abramovich o Rebecca Horn. Si uno piensa en pintura geométrica y óptica no puede prescindir de Bridget Riley (1931) como principal protagonista . Hoy resulta bastante evidente el papel innovador de artistas que surgieron en los ochenta como Jenny Holzer, Barbara Kruger o Cindy Sherman. Simples botones de muestra.

Sin embargo, todo lo anterior apenas tiene que ver con la justa aspiración de ganarse la vida con su profesión. Según la encuesta La Actividad Económica de los/las Artistas en España. Estudio y análisis, realizada por Marta Pérez Ibañez e Isidro López-Aparicio, el 85% de los 1.100 artistas españoles/as entrevistados, de los que un 83% han expuesto en galerías durante los dos últimos años, no viven de ese trabajo y han de recurrir a otros o a una sucesión de becas que tampoco les garantizan el sustento.

Con ese brutal porcentaje, las diferencias entre hombres y mujeres, aunque desfavorables a estas últimas, son casi anecdóticas: todos y todas están hundidos/as en la misma miseria. Es posible que la estructura profesional tradicional, aquella donde las mujeres reclaman una situación justa, en realidad ya no exista. Y también es perfectamente posible que sea la actual dinámica de lucha de las mujeres artistas (junto a comisarias, profesoras y criticas) la que pueda reorientar la práctica del arte en el siglo XXI.

Según dicen las cifras de estudiantes, cuando las mujeres luchan por el arte lo hacen por su propio futuro. Un futuro más allá de unas estructuras que ya solo administran la pobreza de la mayoría.

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Publicado el
7 de marzo de 2017 - 20:24 h

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