'Circuitos 2017', un arte menos preocupado por mirarse el ombligo

Circuitos es una convocatoria anual de la Comunidad de Madrid dedicada a los artistas jóvenes o emergentes o, lo que viene a ser más preciso, artistas menores de 35 años. Orillando la polémica sobre lo que es joven o emergente, sí cabe decir que a esa edad un artista o en realidad casi cualquier profesional debería estar ya en pleno dominio de sus facultades, por mucho que los temas y las formas concretas puedan seguir evolucionando.

Desde un punto de vista técnico, vaya por delante que los diez seleccionados son muy competentes. Esto significa, no tanto que las obras estén bien acabadas, sino que los recursos formales empleados responden a la idea de la que parten o tratan de plasmar. Por ese lado no hay problema. Las ideas tampoco son menos elaboradas que las de muchos artistas más establecidos, si esa expresión puede utilizarse para una profesión en la cual el 85% de sus practicantes no puede vivir de ella.

Sentada la base de que no hay por qué utilizar criterios condescendientes sobre la juventud, es cosa de ver qué ofrece Circuitos 2017. La exposición, que estará en la Sala de Arte Joven de la Avenida de América en Madrid hasta el 14 de enero y luego viajará a LABoral de Gijón. Su comisario es Carlos Delgado Mayordomo, cuyo papel, como el de sus antecesores, es un poco ingrato.

Se supone que el comisario de una exposición colectiva comienza por plantear una idea rectora y en función de ella elige a los artistas. Sin embargo, en este caso los artistas vienen dados, porque la convocatoria se decide por un jurado. Tejer una exposición coherente con unos mimbres que nos has elegido no es fácil, y cada responsable ha ido eligiendo una estrategia para darles sentido a las sucesivas muestras. En esta ocasión se ha buscado el emparejamiento bajo lemas como Coser y hablar, Volver a mirar, Tiempos y espacios posibles, Trayectos disidentes y Ornamento y delito.

Sucede que el emparejamiento, aunque bien tirado, se basa a veces en algún criterio más bien secundario y que, en cualquier caso, no resulta evidente por una razón: las piezas de las parejas no se presentan contiguas, de modo que su relación no resulta nada aparente. En el catálogo, gratuito, se explica todo esto y, sobre todo, las intenciones de cada artista. El montaje, teniendo en cuenta que la Sala de Arte Joven no es muy grande, está bien resuelto.

Desde Buñuel hasta el calentamiento global 

Coco Moya (Gijón, 1982) trata un tema común a muchas artistas de su generación: la recuperación de la nunca escrita historia de las mujeres en las historias del arte. Lo raro es que no hubiera sucedido antes, pero seguramente algo ha tenido que ver la unión de lo demográfico (hay muchas más mujeres que hombres en bellas artes desde hace al menos treinta años) con lo ideológico en general y dentro de la cultura en particular.

Moya se sirve de una ficticia Sociedad Secreta de la Ciudad de las Damas que trata sobre la genealogía de esas mujeres borradas. Esto toma forma de varios grabados sobre placas de mármol y un libro secreto que solo puede leerse bajo la luz de un escáner. El visitante puede recoger luego la copia impresa.

Javier Velázquez Cabrero (Madrid, 1990) se centra en una película mexicana de Buñuel, Los Olvidados de 1950, por la que ganó el premio al mejor director en Cannes. La obra es un tragedión buñuelesco donde muchas escenas solo pueden aguantarse a través de la risa, y precisamente ese es el título de la obra: Cómo reír de Los Olvidados.

Las intervenciones del propio Velázquez Cabrero acentúan esa paradoja que sí, que acaba actuando como disolvente. El problema es que las secuencias que se muestran son tan excesivas que entrañan ya un distanciamiento en el que cualquier intervención adicional parece anecdótica.

Antonio Menchén (Toledo, 1983) presenta en Sin título (modelos para una escena) una serie de películas en celuloide que tienen que ver con la idea del Dr. Gregorio Marañón en El Greco y Toledo, reeditado en el 2014 tras más de medio siglo, donde posiblemente El Greco utilizó a enfermos mentales como modelos. Nada raro, Velázquez ya lo había hecho de forma explícita. El trabajo de Menchén está bien por no resultar unívoco y tiene que ver con un mundo de percepciones diferentes.

Marian Garrido (Avilés, 1984) estuvo este mismo año en la Casa Encendida y, aunque aquí el trabajo siga teniendo que ver con un modo complejo de retrofuturismo, su formalización en Electric Slime es muy diferente y tiene que ver con una arqueología del presente-futuro, tema sobre el que también trabaja Daniel Canogar en su exposición de Alcalá 31.

Lo de Garrido no es tan preciosista: hay música medieval y una tela pintada con los entrelazados típicos de la cultura normanda, pero lo fundamental son bloques de metacrilato en los cuales se han embutido, a medias, todo tipo de cacharrería informática como placas, conectores, chips y demás.

Julia Varela ha realizado treinta y cuatro cinturones de cuero ajustados alrededor de sesenta y cuatro espejos que reposan en el suelo. Formalmente muy interesante y algo paradójico: donde nuestra vista debería atravesar el bucle de cada cinturón, se encuentra un reflejo. Es raro que un método tan sencillo consiga generar inquietud e inseguridad.

Rafa Munárriz (Tudela, 1990) se detiene en la especie de psicogeografía plasmada en Walter Benjamin o el menos conocido Kurt Tucholsky. La propuesta es sencilla a más no poder, pavimentos alternativos y desorientadores.

Un arte preocupado por cuestiones de interés general

El terreno de Miguel Sbastida (Madrid, 1989) no es el urbano, sino el campo que llamamos naturaleza. Viene a ser una reflexión sobre el calentamiento global, sobre la ausencia de hielo donde lo había (el glaciar Mendenhall en Alaska) del cual toma un trozo y lo acarrea hasta el lago, casi laguna, que ahora existe donde solo había hielo.

Tanto Víctor Santamarina (Madrid, 1990) como José Jurado (Córdoba, 1984) tratan sobre la tan clásica como añosa, y nunca totalmente superada, expresión del arquitecto Adolf Loos en el título de su artículo de 1908 Ornamento y delito. Y lo que hace es lo que se hacía: realizar módulos decorativos que pueden aplicarse sobre cualquier pared.

Lo de Jurado tiene que ver más con las llamadas artes decorativas, aquí en forma de un hierro taurino encontrado en la casa de un implicado en la Gürtel con el que ha realizado una verja-celosía. La discusión permanece activa desde hace décadas, con libros como The necessity of artífice (Joseph Rykwert, 1982) y está lejos de cerrarse.

La última propuesta es la de Banquete: un maniquí ataviado de novia, unas flores y un contrato. Todo ello, en un espacio cerrado al resto de las salas por cortinas blancas pero muy visibles desde la calle.

La historia tiene muchos planos, e incluye los matrimonios de conveniencia, los contratos laborales y cuestiones de género, marcadas por lo queer como estrategia revolucionaria. Esto no es evidente, pero sí resulta muy inmediato relacionar el carácter contractual del matrimonio con el laboral. Es una gran pieza y llama la atención desde fuera. Es decir, desde la estación de autobuses.

Estos artistas, que en su mayor parte ya habían participado en otras colectivas, son una muestra de actitudes menos autorreferenciales en el arte, ocupándose de cuestiones de interés general y no solo del propio ombligo. No recorren aún todo el camino hacia un arte capaz de apelar a la sana curiosidad de las personas sin necesidad de que estas sean especialistas. Pero es que ese camino apenas empieza a recorrerse.