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Cultura

‘Kingsman’ es ‘El Quijote’ de las películas de espías

Matthew Vaughan llega a la cima de su talento con este hito cinematográfico sobre espías británicos

Colin Firth protagoniza esta adaptación de la aventura gráfica de Mark Millar, autor de ‘Kick-Ass’

Colin Firth en medio de una matanza en una Iglesia

Colin Firth en medio de una matanza en una Iglesia

El cine de espías es un género propenso a la parodia. Lo normal, con esos cachivaches tecnológicos como el zapatófono o el chicle que explota, los villanos excéntricos y todopoderosos que viven en un búnker y que planean destruir el mundo como mínimo o los personajes femeninos que salen de la playa como si fueran Venus de Milo. Hasta hay películas de espías protagonizadas por Roger Moore, que eso ya es autoparodiarse.

Existen muchos títulos que pertenecen a este subgénero, muchos de ellos dirigidos con audacia y cierta complejidad –con la comedia disparatada uno puede profundizar hasta donde quiera–. Pero todo cansa y tanto el cine de espías como sus parodias, hace tiempo que dejaron de aportar. Y cuando parecía que estaba todo hecho en las películas de James Bond apareció Daniel Craig dirigido por Martin Campbell e hicieron Casino Royale. Y cuando parecía que ya no hay parodia posible desde Austin Powers aparece Kingsman, que es una de las película más divertidas, extremas e inteligentes de la temporada.

Kingsman está basada en una novela gráfica de Mark Millar, The Secret Service. Vaughn ya le adaptó para la brillante Kick-Ass, una película que cada día da un paso más para convertirse en uno de esos títulos de culto imprescindibles para todo cinéfilo, sobre todo después de que su segunda parte, dirigida por Jeff Wadlow, fuera un fiasco en todos los sentidos. No era fácil bordar Kick-Ass, pero el inglés supo mezclar la ironía con la brutalidad del original y hacer algo profundo, emotivo, irreverente y divertidísimo. En esta continuación del tándem Millar-Vaughn la historia se repite, pero mejor.

El filme tiene algo que no tiene ninguna película anterior de este alumno aventajado de Guy Ritchie. Ese algo se llama Colin Firth, quien da vida a un sofisticado espía británico que un día se encuentra con Taron Egerton. Este joven es un nini con mucha chulería pero de naturaleza noble y el veterano decide ser su mentor en el aparatoso trabajo de salvar el mundo un par de veces al mes. El personaje de Firth tiene adornado su despacho con todas las portadas idiotas de The Sun pertenecientes a los días en los que él salvó el planeta. Uno de tantos detalles que posee un personaje que, además, protagoniza una de las escenas más salvajes del cine reciente.

La película va sobre espías pero, antes de entrar en el meollo, el director profundiza en la vida de ese chico desamparado y macarra. Después el filme supera el reto de convertirse en una interminable referencia a Las doce pruebas de Asterix mientras crecen y crecen los matices de los personajes. Todo forma parte de un plan para llegar a un explosivo último acto donde la estrella es el ceceante y desternillante Samuel L. Jackson, un supervillano que quiere sanear el planeta con métodos más que dudosos. El talento creativo de Vaughn está en su capacidad para conseguir un envolvente híbrido entre el lenguaje cinematográfico y el cómic.

El derrumbe de un género

En 1965, Mel Brooks y Buck Henry comenzaron a trabajar en una serie llamada Superagente 86 en la que dejaban todo tipo de histriónicos y delirantes gag al servicio de una historia plagada de personajes estúpidos y frases impostadas. Se inventaron el género de la carcajada que más tarde explotó en los 80 con títulos como Aterriza como puedas o –para no salirnos del género– Top Secret!, la gran parodia de espías en la que Val Kilmer perdía su virginidad cinematográfica. Una película tan desquiciada en sus intentos de hacer reír que inevitablemente empujó a otros directores a engrosar el género con títulos más o menos afortunados. Llegó Austin Powers y parecía que ya no había nada que aportar en la parodia de espías. Hoy se habla de una cuarta entrega que nunca llega y mejor que no llegue. Nadie quiere volver al gag por el gag.

Al menos, no después de ver Kingsman. La película de Matthew Vaughn se mantiene a mucha altura, evitando la pantomima fácil, el encasillamiento y una cansina abundancia de autorreferencias. De hecho, cabe preguntarse si se puede calificar como parodia cuando supera en muchos aspectos al género del que se ríe. Probablemente sin haberlo pretendido, este londinense ha actualizado el género, lo ha modernizado, le ha quitado la caspa alzando su obra a una posición privilegiada, la de un muy posible hito de la cultura popular.

Cervantes lo hizo a un nivel claramente superior con el género caballeresco. Al igual que Vaughn con las películas de espías, el autor español era un atento y buen conocedor de la narrativa caballeresca. La burla encubierta del autor de Don Quijote de la Mancha era mucho más ácida y sutil y además provocó la desvalorización y el derrumbe de un género que odiaba debido a su absurda y disparatada notoriedad.

El director londinense nunca conseguirá acabar con el género de espías, sobre todo porque en cada minuto del metraje se nota que siente un inmenso amor él. Y aun así no queda tan lejos decir, siempre obviando las inmensas diferencias, que Kingsman es El Quijote de las películas de espías. Que igual no llega tan lejos, vale, pero sería de necios no aplaudir el casi.

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