Sion Sono, el artista de la violencia extrema y las sexualidades turbias

El protagonista de 'Leaving Las Vegas' encarna a un antihéroe en un futuro marcado por un accidente nuclear

Ignasi Franch


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Está claro que un nombre popular y un rostro conocido en el cartel pueden cambiar el recorrido comercial de una película. Ha hecho falta la colaboración de Nicolas Cage, convertido en los últimos años en una especie de fenómeno pop, para que una obra de Sion Sono se estrene en las salas españolas. Después de haber firmado más de treinta largometrajes, este narrador de experiencias límite asoma por los cines estatales con un desconcertante wéstern posapocalíptico: Prisioneros de Ghostland.

"El espectador occidental busca historias que no encuentra en Occidente"

"El espectador occidental busca historias que no encuentra en Occidente"

¿Pero quién es Sono? Director y guionista, pintor o novelista, es un artista multidisciplinar de productividad insólita. Su ritmo de trabajo y su talante provocador le hermanan con un compatriota también incansable, también amante de la violencia fílmica y de poner el dedo en las llagas de la sociedad japonesa y sus pulsiones más oscuras: aquel Takashi Miike que irrumpió en Occidente con obras tan contundentes como Audition, Ichi the killer o La felicidad de los Katakuri. A diferencia de Miike, que se ha terminado asentando como cineasta comercial y alterna proyectos de perfiles diversos, Sono acostumbra a mostrarse bizarro incluso en sus obras de encargo.

Hasta cierto punto, podríamos hablar de un cierto misterio Sono. ¿Por qué sus obras no se han distribuido de manera más ambiciosa en España? Al fin y al cabo, muchos títulos parten de premisas sugerentes y llamativas que podían explicarse bajo las formas del thriller o del cine de terror convencional: investigaciones de homicidios, cadenas inexplicables de asesinatos o suicidios... Guilty of romance parte de la investigación alrededor del hallazgo de un cadáver. ¿Por qué no jugamos en el infierno? podría haber sido una película de gángsters, aunque reviente las costuras del género. El club del suicidio incluso fue alumbrada en un momento oportuno: el estreno de esta película en los años de auge del cine de terror japonés del cambio de milenio, al calor del éxito de The ring, terminó de abrir las puertas de los mercados internacionales a su autor. En España, en cambio, la película solo pudo hacerse un hueco en el entonces floreciente mercado del DVD.

Sono podría haber ejercido de puente extraño y agitador entre el cine de festivales y el cine de género autoral con una cierta difusión, pero sigue siendo bastante desconocido entre esa abstracción que denominamos el gran público. Quizá hay algo que le aleje de lo mainstream, en cierta medida por voluntad propia, porque acostumbra a desafiar los límites habituales en la exposición de sexos y violencias consumibles. Quizá se trata de la insistencia en la exploración de miserias y heridas sexuales, de manera más desagradable que erotizadora. O también una cierta tendencia a la representación de una violencia grotesca. Los personajes de Sono no mueren de manera limpísima como en las películas de Marvel y los tiros que filma tampoco generan risas como sucedía en las obras del primer Quentin Tarantino u otros referentes del posmodernismo cruel. Las duchas de sangre que Sono reserva a sus personajes tienen algo de fiesta lúdica solo a veces. A menudo se cultiva una incomodidad que dificulta la explotación comercial y la ingesta de palomita.

Con todo, no se puede generalizar en una filmografía tan amplia. No todas las propuestas del realizador son extremas. Tag, por ejemplo, ofrece una experiencia bastante más amable entre la audiencia afín al cine fantástico: sus salpicones de sangre digital de colegialas en minifalda asesinadas fueron esa vez más inofensivos, menos desasosegantes. En cambio, el humor negrísimo de Cold fish puede atragantar e incomodar, aunque sea por un simple asunto de sobredosis de sangre seca y escalada criminal. El gran guiñol que trabaja Sono oscila entre el espectáculo agitado de sexo y violencia o la exploración genuinamente perturbadora. A menudo se trata de lo segundo. De exploraciones en oscuridades destructivas y autodestructivas, en las habitaciones más oscuras que pueden ocultar las psiques humanas.

El autor gusta de jugar con los límites. Exposición de amor es una de las culminaciones de su estilo, también por un aspecto material como su duración (que roza las cuatro horas). Sono también mostró un cierto ánimo saboteador cuando participó en un revival que la histórica productora japonesa Nikkatsu había organizado alrededor del pinku, el cine sexualísimo con el que la industria audiovisual autóctona intentó combatir la competencia que supuso la introducción de las televisiones en los hogares. El resultado, Antiporno, era significativo desde su mismo título: un filme absolutamente antierótico, recorrido de delirio y de humillantes juegos de poder. Como en las mencionadas Guilty of romance e incluso Tag, se vieron en ella connotaciones feministas (o, al menos, antimachistas) un tanto conflictivas.

Un ataque cardíaco sufrido en 2019 y la pandemia de la COVID-19 parecen haber ralentizado el elevadísimo ritmo de trabajo de este enfant terrible que cumplió los sesenta años recientemente. Sono había estrenado películas a un ritmo insólito durante la primera mitad de la década pasada. El infarto llegó a poner en peligro la realización de Prisioneros de Ghostland, la asociación (¿lógica?) entre un cineasta amante de las imágenes extremas y un intérprete que se ha convertido referente en lo relativo a actuar con los ojos fuera de sus órbitas: Nicolas Cage. Finalmente, la película se hizo y se ha estrenado comercialmente tras su paso por el festival de Sitges y otros certámenes.

Un mapa para adentrarse en Ghostland

La asociación con Nicolas Cage, otro profesional gustoso de proveer experiencias audiovisuales extremas, tenía mucho sentido sobre el papel. Sono podía entrar con más fuerza en los mercados angloparlantes. Y Cage añadía una película con autoría prestigiosa al goteo de propuestas más o menos de culto que ha apadrinado en los últimos años, como el destacable viaje estético y narrativo que supuso Mandy.

La acción de Prisioneros de Ghostland tiene lugar en un Japón tras un apocalipsis. Cage encarna a un ladrón de bancos convicto que es reclutado forzosamente para una misión a contrarreloj con ecos de la carpenteriana 1997: Rescate en Nueva York y su secuela. El protagonista debe encontrar a una mujer que ha huido del harén del caudillo de un enclave reminiscente del Oeste americano (pero con samurais y geishas explotadas) y se ha adentrado en la tierra yerma que hay más allá. La ficción posapocalíptica se cruza con el wéstern de antihéroes improbables, nada ejemplares, y con las películas de samurais. El resultado encaja con el pasado actoral y los intereses cinéfilos de Cage, desde su presencia fílmica en la lynchiana Corazón salvaje a su admiración por Hasta que llegó su hora, uno de los cúlmenes del wéstern culturalmente mestizo.

Desgraciadamente, los resultados artísticos y comerciales de su colaboración no han sido excelentes. Aunque Prisioneros de Ghostland haya generado una cierta decepción relacionada con las expectativas había, el empeño no tiene nada de deshonroso. La inclusión de humor y situaciones de extrañeza puede resultar desconcertante (o previsible, tratándose de Sono), pero los responsables del filme consiguen unas cuantas imágenes poderosas e inquietantes. Se ofrece una experiencia narrativa que rehuye hasta cierto punto la estandarización del cine fantástico más orientado a la explotación cómoda de arquetipos y situaciones familiares.

En todo caso, no estamos ante una rareza radicalmente personal como otras obras de su realizador. Prisioneros de Ghostland puede emparentarse con la atracción pop hacia el cruce más o menos chocante de elementos narrativos diversos como estrategia sensacionalista para llamar la atención del ejército de espectadores friquis, sea desde la abundancia de medios del blockbuster (Cowboys vs aliens, Abraham Lincoln, cazador de vampiros) o desde una cierta pobreza (Zombis nazis, Castores zombis, etcétera). Quizá lo más distintivo del mashup de Sono y su equipo, nacido en parte del azar (originalmente la historia iba a emplazarse en los Estados Unidos, pero la salud del cineasta provocó un cambio de planes y el traslado del rodaje y la consiguiente ficción a su país natal), es que se emplea un tiempo narrativo inusualmente reposado… además de que está muy presente el habitual gusto por lo grotesco.

Entre las junturas del relato de héroes imprevistos, emergen espectros nucleares literales y metafóricos. En este encuentro cultural entre Japón y los Estados Unidos vuelve a comparecer la tremenda cicatriz histórica que supuso el uso de bombas atómicas en territorio nipón. En una entrevista, Cage hablaba de los ataques a Hiroshima y Nagasaki como algunos de esos momentos en los que su país natal había perdido su “base moral”. En la película también emerge el recuerdo del accidente de Fukushima, que ha condicionado varias películas del realizador (especialmente The land of hope, pero también The whispering star). La exploración de estas heridas termina con una cierta sanación (a golpes y espadazos, claro). En las entrevistas de promoción de la obra, Sono ha anticipado que hará muchas películas más en inglés. Esperemos que también lleguen a la gran pantalla, aunque las recientes asociaciones del realizador con plataformas de streaming abren otros caminos a la difusión de su obra.

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