Erri de Luca se adentra en la vejez como un explorador que araña tiempo para dar las gracias
“El cuerpo en el que vivo no es mío. […] Es una máquina antigua y misteriosa. Me adentro en su vejez como un explorador”. El escritor Erri De Luca (Nápoles, 1950), reflexiona sobre lo que él llama “la edad del tercer caballo” en La edad experimental (2024; Seix Barral, 2026, trad. Carlos Gumpert), un libro que surge como compañero del filme homónimo que rodó en 2024, un documental que sigue sus pasos a medida que se adentra en esta etapa.
La necesidad de ampliar esas ideas, de digerirlas, acaso de continuar meditando, fue su impulso para volcar sus reflexiones por escrito; al fin y al cabo, él nunca ha partido, en sus obras, de un esquema predeterminado, sino que se toma la escritura, como la vida, como un proceso de exploración constante, de lo que lo rodea y de sí mismo.
Un ejemplo de “vejez experimental”
Para entender cómo afronta la senectud, hay que comprender cómo ha vivido; y es que, como él mismo admite, su testimonio es “solo un ejemplo de vejez experimental. Cada uno es diferente y no reductible al canon”. Una de las ventajas de la voz en primera persona, de esa concepción de la literatura inseparable del yo que define toda su narrativa, es que no cae en tópicos ni generalidades. Ni sabiduría, ni achaques, ni honores; nada de lo que se acostumbra a decir cuando se habla de la vejez se repite aquí. No, al menos, del modo habitual.
Erri De Luca, como saben bien sus lectores asiduos, siempre ha sido un espíritu libre. Y no es un decir: se marchó de casa a los dieciocho años, trabajó como albañil, integró el movimiento de lucha izquierdista Lotta Continua, viajó a países en guerra. No era tanto rebeldía juvenil como una convicción íntima de vivir conforme a sus principios, sin caer en los acomodamientos que tan a menudo domeñan el eterno sueño de un mundo mejor de la juventud.
A él, la literatura –o, mejor dicho, la publicación, porque la escritura, los libros, siempre estuvieron ahí– le llegó casi a los cuarenta años, y quizá por eso ya se tiene la sensación de leer a un hombre maduro, que ha vivido, que no escribe en vano, en cualquiera de sus textos. Y, aun así, aun con su inevitable retorno sobre los mismos temas, siempre aporta nueva luz, nuevos matices. La edad experimental, que ya atina desde su propio título (la edad del ensayo y el error, la edad de la adaptación, la edad de la humildad y el riesgo), no es una excepción.
Vejez sin resignación
“Estoy aprendiendo que hay margen de mejora y de entusiasmo físico en el tiempo del tercer caballo. Lo monto a lo salvaje, sin silla ni bridas. Esta vejez va cuesta arriba, no cuesta abajo entre dimisiones”. Esta es una idea clave: no concibe esta etapa como una sucesión de renuncias, sino que se empeña, incluso aunque esos abandonos forzosos no se puedan evitar, en esforzarse por vivir en la máxima plenitud posible. Esto comienza con un cuidado más consciente de la salud: alimentación, deporte, hábitos. El objetivo no es tanto alargar la vida como intentar que, dure lo que dure, sea una existencia digna de vivirse.
Sigue practicando el alpinismo, que le sirve de metáfora: la vejez no se entiende como una caída, sino como un ascenso, un empeño por alcanzar la cúspide, el propósito, sea el que sea. Y, como en esta disciplina, el objetivo no radica tanto en saborear la cima, un momento después de todo efímero, como en llenarse del camino. Un camino, insiste él, esforzado, es decir, activo. Sería fácil quedarse sentado en el sofá u optar por el sendero llano; ahora bien, mantenerse en condiciones de salud dignas requiere un esfuerzo, una actitud, una voluntad. Esa es tal vez la revelación más importante: la vejez como un aprendizaje.
De algún modo, da una vuelta a la idea que equipara al anciano con el niño en el sentido de no valerse por sí mismo, de depender de los demás; en lugar de eso, él se queda con el mejor lado del niño, esto es, la capacidad de aprender y de asombrarse ante las pequeñas maravillas cotidianas.
El autor recuerda el potencial del juego, de cualquier tipo de juego (en su anterior novela, Las reglas del Mikado, el protagonista es un relojero que se entretiene con este pasatiempo). El juego conlleva la aceptación del error, del acto de perder; entrena la mente de manera agradable, casi sin darnos cuenta. Él lo complementa con aprendizajes más intelectuales: el estudio de los idiomas, que cultiva desde hace años, o la memorización de versos. Si el alpinismo le mantiene el cuerpo en forma, el juego y los libros son su gimnasia mental.
Pero no todo consiste en hacer. Esa escritura tan íntima que le caracteriza no elude los lados amargos de la vejez, como la pérdida de un amigo. Con todo, se resiste a caer en la nostalgia: dice que acoge los recuerdos como le vienen, sin hurgar en la herida, con esa serenidad de espíritu que emana siempre su voz. Cada día le ofrece nuevas (aunque sean minúsculas) novedades ante las que maravillarse, como el color de la aurora boreal de una mañana concreta, que nunca será idéntica a otra. Y, sobre todo, sigue amando: se atreve a acuñar este verbo, tan temido en la narrativa, para recordar que amar, sea a un compañero o una acción, también es clave en la vejez. Este amor es más una actitud que una posesión; una forma de estar en el mundo que acoge el placer sin hedonismo.
El contrapunto de Inès de la Fressange
Como en otras ocasiones, el autor propone a alguien ajeno a su campo que coescriba el libro junto a él. En este caso, su amiga Inès de la Fressange (Gassin, Var, 1957), modelo y autora de guías de estilo; “sumamos escrituras impares”, afirma él. Consciente de que la imagen, la evolución corporal, es otro aspecto que tener en cuenta en la tercera edad, le propone que comparta sus reflexiones; él se reconoce un ignorante (y desinteresado a conciencia) en cuestión de moda; ha vestido siempre con sencillez, con el mismo despojamiento de su prosa limpia; el traje chaqueta le parece un uniforme engorroso.
Inès, en contra de lo que los prejuicios pueden sugerir, se revela como una mujer que en cierto modo está de vuelta de todo lo aprendido: tras una carrera dedicada a la moda, su mirada se dirige a la sobriedad, en la apariencia y en la vida, que se armonizan en uno mismo: sus pilares son los amigos, la naturaleza, los libros y la meditación. Después de tantos años evaluando la ropa femenina, aprecia el carácter más básico, por lo general, de la indumentaria masculina. Y, si bien entona el mea culpa por formar parte de la generación que levantó el mito de la eterna juventud como ideal de belleza, celebra que, hoy, cualquiera, a cualquier edad, pueda calzarse unas zapatillas deportivas y vestir con desenfado sin desentonar.
Desprenderse de lo accesorio: ese es el lujo que ha hallado, todavía no en la vejez, pero sí al hacerse mayor. Encuentra la elegancia en quien no la busca a conciencia: “Tengo la impresión de que las personas elegantes de verdad son las que menos se preocupan por su apariencia. Lo que más aprecio de ellas es su alma. ¡Aquellos a quienes admiro se parecen más a monjes que a ídolos!”.
Sus reflexiones no se limitan al estilo. Con jovialidad, sin pretensiones –es la primera en admitir que no está a la altura de su amigo en materia literaria–, habla de los jóvenes en la actualidad y del papel que pueden jugar los mayores para ellos. Ella se interesa por la gente que comienza su carrera, los escucha, y trata de apoyarlos. “Somos nosotros los que decidimos lo que se transmite”, razona, optimista convencida del efecto mariposa.
Dar las gracias
Erri De Luca cuenta que, en los actos públicos de la vida literaria, procura acudir un rato antes, para conversar con el público que se ha tomado la molestia de ir a escucharlo. Un gesto que no sorprende a quien lo haya leído: la humildad, la compañía, son sensaciones inherentes a su prosa. Leerlo, sea en sus evocaciones de la infancia o de los pescadores napolitanos, en sus estudios bíblicos y mitológicos, o aquí, sobre la vejez, se asemeja un poco a escuchar a un amigo, un amigo que invita a charlar con él de forma amigable.
“Solo necesito conseguir que me dé tiempo a decir gracias”, escribe, y casi dan ganas de decirle que la gratitud también constituye una forma de estar en el mundo, que se puede poner en práctica en cada movimiento, cada palabra, cada decisión. Y él, consciente o no, lo hace. Lo hace al abrazar la naturaleza, abrazar el estudio, abrazar la amistad. Son una oposición, que no un rechazo, del abandono, la derrota, la muerte. Así es La edad experimental: una edad para vivirse. Sin mitificarla, pero tampoco sin degradarla; una edad como cualquier otra para seguir habitando, tranquilos, este planeta que nos acoge.
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