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Heroína y glamour, ¿una nueva burbuja mediática?

Graham Macindoe: papelinas decoradas

Lucía Lijtmaer

En ocasiones pasa algo. Hay momentos en los que realmente se produce algo más que una declaración fuera de tono, la llegada de una novedad editorial prometedora o un disco del artista revelación. En ocasiones, hay una pequeña marea de acontecimientos que pueden hacer pensar en una tendencia o un movimiento revelado. Y esto es aprovechado generosamente por los medios de comunicación.

En los últimos meses hemos podido comprobar qué el mito de Christiane F. la joven alemana adicta a la heroína en el Berlín occidental de los setenta daba para mucho más que un libro. Daba, al menos, para dos, ya que en las próximas semanas Alpha Decay publicará Christiane F., mi segunda vida, una continuación de la famosa crónica de la adicción de uno de los rostros más bellos que dio la primera persona en su versión opiácea.

Hemos podido ver, además, cómo Damon Albarn, tan celoso de su intimidad y su pasado, se descuelga ahora con un “a mí la heroína me liberó”. Resulta cuanto menos curiosa su avidez para conceder entrevistas y generar titulares relacionados con las drogas duras ahora y no hace años. Además de la respuesta fácil de que ahora está promocionando un disco, es interesante cómo dejó pender la sombra de la adicción únicamente sobre su pareja Justine Frischmann, la cantante de Elastica, algo bien documentado en Beetlebum y No distance left to run, y ahora recoge los réditos del lado oscuro.

En el mundo del arte, aparecen constantemente reportajes fotográficos como el recientemente publicado en The Guardian, My addiction, de Graham MacIndoe, en el que el fotógrafo, colaborador habitual del diario, documenta su degradación física y mental por culpa de la heroína en una serie de autorretratos que él mismo comenta, dando un pequeño respiro al final gracias a su recuperación, hace ya cuatro años. No es el único. En la misma línea está, por ejemplo, The Ninth Floor, de Jessica Dimmock.

Pero es este último reportaje de MacIndoe el que remite particularmente a las declaraciones de James Brown, el editor de la mítica publicación Loaded, famosa en los años noventa por aupar el fenómeno de la cultura lad en el Reino Unido: “De repente, de la noche a la mañana, se estaban haciendo películas con conocidos actores que trataban sobre la vida de un atajo de yonquis en Glasgow. ¿De qué cojones iba todo eso?”.

Heroin Chic Reloaded

Ahí está el tema. ¿De qué iba todo eso? ¿Y de qué va todo esto ahora, cuando los editoriales de moda neoyorquinos advierten del regreso, no únicamente de lo grunge -revisitado y bautizado como neogrunge-, sino del malogrado look 'heroin chic', que nos trae a chavalas flaquitas con caras ausentes, melenas lacias y sucias y alguna moradura en rodillas y, oh sorpresa, antebrazos? ¿Estamos ante una nueva glamourización de la heroína? Y, de ser así, ¿tiene traducción a una esfera real, más allá de cuatro hechos aislados?

La respuesta fácil es sí y no. Sí en el mundo anglosajón, y no aquí en nuestro país. En Estados Unidos, los datos avalan un repunte más que tímido del consumo de heroína: según el informe elaborado por el Servicio de Abuso de Drogas y Salud Mental (SAMHSA), el consumo ha aumentado considerablemente desde 2007, cuando se cifraba en 373.000 usuarios, frente a los 669.000 de 2012. Se advierte, además de que este hábito se amplía a los adolescentes de las zonas residenciales de clase media, donde crece espectacularmente. Por poner un ejemplo, en los suburbios de Chicago, el consumo ha aumentado el 200% entre 2008 y 2012.

¿A qué se debe este auge? Dos teorías justificarían el aumento del consumo. Por una parte, la estetización entre jóvenes y adolescentes que tienen muy lejos el fantasma de los estragos de la heroína en las décadas de los ochenta y noventa -que asocian al heroinómano de aguja, mientras que ahora fuman o esnifan el opiáceo- y un nuevo perfil de heroinómano de mediana edad, producto de la crisis.

Si la heroína aparece y reaparece en contextos de crisis económica, en Estados Unidos ha hecho su entrada gracias principalmente a la prescripción de antidepresivos y ansiolíticos. Ante una población que pierde empleo y poder adquisitivo, es común que aumente el tratamiento por cuadros de ansiedad y depresión. Cuando muchos no pueden pagar el seguro médico que costea la medicación -y una receta puede costar hasta 500 euros sin el seguro-, la heroína funciona como un sustitutivo.

El aumento de este tipo de consumo podría ir a la par con la reaparición en el mundo anglosajón, décadas después del último 'heroin chic', de una estética y un renovado interés por el mundo del yonqui. Al fin y al cabo, tanto su auge en los noventa como estos nuevos indicios ahora apuntan a una fascinación por parte de la clase media. El ya sempiterno “descenso al lado oscuro” viene marcado por un cierto turismo de clase bohemio, que recuerda al turismo de favelas o villas miserias. Una especie de “qué exótico es un yonqui o un pobre desde la barrera”.

¿Y en España? Tradicionalmente, el consumo de heroína sigue estando asociado los ochenta, a la clase obrera y la desindustrialización del país, y no se conocen datos que apunten a un actual aumento relevante del consumo. Aun así, Proyecto Hombre, aún sin datos concluyentes, ya en 2012 advertía que la crisis económica dejaría ver sus efectos en una población empobrecida, también a través de los estupefacientes. Se empezaban a encontrar ya suficientes casos de politoxicómanos que llegan a la heroína para bajar los efectos excitantes de la droga líder en España, la cocaína. Habrá que ver.

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