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José Ramón Ubieto: “La soledad es el mal de nuestra época que, paradójicamente, es la más conectada de la historia”

El psicoanalista clínico José Ramón Ubieto, posa para la entrevista con elDiario.es

Mariona Jerez

Barcelona —
11 de abril de 2026 22:18 h

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Jose Ramón Ubieto, (Sabiñánigo, 1958), ha dedicado su trayectoria como psicólogo clínico y psicoanalista a estudiar los síntomas y afectaciones que generan las sociedades contemporáneas cambiantes. Hace décadas que puso el foco en la juventud y la infancia, dedicándoles buena parte de su extensa lista de publicaciones. Pero, recientemente, a raíz de la explosión digital, ha dirigido su mirada hacia las nuevas tecnologías y el efecto que estas tienen en la psique de los seres humanos.

Empezó a enfocarse en lo que hay detrás y más allá de las pantallas a raíz del Covid y siguió su investigación con el nacimiento del metaverso. Ahora vuelve a adentrarse en este vínculo entre las tecnologías y la mente con Soledades Digitales (Ned, 2026), en el que analiza por qué en la época más conectada de la historia es cuando nos sentimos más solos.

¿Estamos más solos ahora que antes?

Si entendemos la soledad como la ausencia de compañía, probablemente no: estamos mucho más acompañados. Lo que sí que ha aumentado es el sentimiento de soledad. Es una soledad, en todo caso, mucho más ruidosa y acompañada que nunca. El sentimiento de soledad no tiene que ver con la compañía, sino con cómo haces aquello íntimo, propio, que no has podido resolver. Si nos sentimos así es porque estamos más desorientados respecto a lo que causa nuestra soledad.

En el libro menciona que es diferente sentirse solo que estar aislado, ¿cuál es la diferencia?

El aislamiento es un refugio contra la soledad. Un ejemplo está en los hikikomori [corriente nacida en Japón formada por jóvenes que se aíslan voluntariamente en sus casas, rechazando toda interacción social o relación laboral]. Si te han pagado unos estudios y no estás sacando la nota adecuada, o si piensas que deberías tener un trabajo y no lo tienes, puede surgir un sentimiento de deshonor que hace que te refugies, te aísles, porque no has podido resolver esa diferencia entre lo que se espera de ti (o lo que tú crees que la sociedad espera) y lo que estás dando.

Otro ejemplo de aislamiento para refugiarse se encuentra en comunidades de odio como los incels. Entre el 75 y el 80% de ellos tienen signos clínicos de depresión. Una manera de evitar la soledad es entrar en una comunidad que te dice: “No, no es tu problema, son las mujeres las que te quieren excluir”. Otro modo de abordar la soledad es la hiperconexión digital. Estar todo el día viendo vídeos de TikTok, reels de Instagram o compartiendo cosas… Muchas veces, nos conectamos a las redes para desconectar de uno mismo.

Hay personas que, como Donald Trump, están todo el día hablando y rodeados de gente, porque se horrorizarían si pudieran estar a solas con ellos mismos

Entonces, ¿el problema es que no sabemos estar solos?

Eso es. Estar solos quiere decir tratar tu lado oscuro. Todos lo tenemos; es aquello de uno mismo que no se conoce del todo, pero que forma parte de su vida. Es eso que, quizás, no te gusta mucho cuando lo ves, como las dificultades o los límites. Por eso hay personas que no pueden estar solas. Se me viene a la cabeza Donald Trump: está todo el día hablando y rodeado de gente, porque se horrorizaría si pudiera estar a solas consigo mismo.

Antes mencionaba a los incels y a los hikikomori, que suelen ser mayoritariamente hombres. ¿Qué pasa con las mujeres? ¿También tienen círculos de odio o solucionan la soledad de otra manera?

Las comunidades de mujeres no se organizan tanto en torno al odio como al amor. El objetivo no es definir un elemento externo hostil -como sí hacen las comunidades xenófobas o misóginas-, sino que buscan el apoyo mutuo y la sororidad. Es verdad que hay algunos grupos que pueden tener una dimensión de odio, como los feministas radicales [que suelen caracterizarse por ser transexcluyentes], pero normalmente prima mucho más el conversar, el amor y el apoyo que los objetos fetiches o el odio.

Cuando habla de estas comunidades, me vienen a la cabeza algunos grupos de fans como las ARMY, seguidoras del grupo coreano BTS. ¿El fenómeno fan es también una herramienta contra la soledad propia de las mujeres?

De las mujeres y de los hombres. Los Swifties, por ejemplo, los seguidores de Taylor Swift, seguramente son la comunidad más numerosa del mundo. Ahí se dan varios factores. Por un lado, son una herramienta para luchar contra la soledad a partir de la definición de un elemento en común. Y, por otro, son una un punto de referencia a partir del cual poder pensarse a uno mismo. Estos fenómenos no son sólo un refugio contra la soledad, sino que también funcionan, incluso, como prescriptores de conducta.

¿Conoce el término sasaeng?

¿Sasaeng?

Es un concepto de Corea del Sur, del K-pop, que se usa para definir a una persona fanática y obsesionada con una celebridad, hasta el punto de seguirla, acosarla o incluso pensar que tienen una relación sentimental con ella. ¿Esto también es una consecuencia de la soledad?

Eso sí. Es algo que Freud ya estudió. Intentó entender el nazismo y el comunismo, que a principios del siglo XX eran las dos grandes referencias ideológicas en el mundo. Se interesó en por qué un personaje como Hitler, que tampoco fue nadie tan maravilloso, podía tener tanta influencia.

En estos casos, lo que vemos es una identificación masiva. Cuando te referencias en alguien, te olvidas de ti mismo, te alienas completamente y te conviertes en un seguidor fiel para obviar tus problemas, tu soledad. Las identificaciones masivas son como, para decirlo en términos más metafísicos, entregar tu alma al diablo y olvidarte de todo. El diablo ya se ocupará. Fíjate que esta premisa es la misma que en las comunidades de odio, en las que uno, cuando entra, renuncia a su singularidad y se identifica masivamente con los ideales del colectivo.

Para pasar de una conexión a un vínculo hace falta presencia y tiempo y las redes sociales, por sí mismas, no ofrecen ninguna de las dos

En este panorama, ¿las redes sociales son causa o consecuencia de que ahora nos sintamos más solos?

El problema hoy es que lo que genera el sentimiento de soledad es el hecho de que, como el mundo está pensado para estar acompañado, la gente no debería sentirse sola. Igual pasa con hiperactividad: como se pueden hacer tantas cosas, quien no hace nada es sospechoso.

Ante un ideal como ese, la gente que se siente sola aparece como rara. En este escenario, las redes sociales son causa y consecuencia. Pueden ser una forma de tratamiento de la soledad porque, por un lado, favorecen las conexiones. Pero la cuestión es que la conexión es una cosa y el vínculo, otra.

José Ramón Ubieto, psicólogo y profesor, acaba de publicar el libro 'Soledades Digitales'

¿Qué les diferencia?

Para pasar de una conexión a un vínculo hace falta presencia y tiempo. Las redes sociales, por sí mismas, no ofrecen ninguna de las dos. Es cierto que, en algunos casos, esa primera conexión puede acabar en vínculo, pero eso no pasa siempre ni pasa de manera automática. Así que, a menudo, cuanto más te hiperconectas, más crece el sentimiento de soledad.

Además, en esto hay que tener en cuenta la clase social. Cuanto menos recursos socioeconómicos tienes, más tiempo pasas en las redes, más ves la vida de los otros y más te devuelve un sentimiento de vacío. Cuanto más dependes de las redes sociales, más ves la vida de los otros y menos la tuya. Y por eso aumenta la soledad.

¿En qué casos las redes generan vínculos? Pienso en personas de la comunidad LGTBIQ+, que las han usado para ver que no están solos.

Sí, hay gente para quien lo virtual, lo digital, las redes sociales e Internet en general son una manera de establecer vínculos. A veces son casi la única manera de hacerlo. Para personas con dificultades en la socialización, ya sea por su preferencia sexual, por problemas de salud mental o por lo que sea, es la posibilidad de establecer lazos. Aunque sean lazos virtuales, los dejan menos solos que si no tuvieran esa oportunidad.

La alternativa a las redes sociales es la presencialidad, pero ahora parece que para hacer cualquier cosa en la que se pueda hacer amigos nuevos hay que pagar. Ya no se suele conocer a alguien en la calle, en la plaza del pueblo o en el mercado. ¿Tenemos que pagar sí o sí para tener vida social?

En la era digital, la presencia es un lujo porque implica disponer de tiempo. Hay gente que trabaja muchas horas y no dispone ni siquiera de tiempo para ir a comprar. Muchos servicios se están digitalizando para rebajar costes: por ejemplo, en Estados Unidos los servicios públicos de salud ya están utilizando la IA para consultas, diagnósticos o prescripción… Si seguimos así, la presencia será cada vez más un lujo porque será más costosa.

La IA es una ventaja a corto plazo y un mal negocio a medio y largo plazo, porque abre la puerta a una dependencia emocional total

En el libro menciona casos de personas estableciendo vínculos sentimentales con chatbots y la IA. ¿Cómo puede ser más fácil personalizar Chatgpt que mandar un Whatsapp a un amigo?

Bueno, la ventaja de la IA, entre comillas, es que está pensada para complacerte, lo cual es una fórmula sutil de dominio. Confrontar las propias contradicciones puede ser molesto. Es más cómodo que GPT te diga que lo estás haciendo muy bien. La IA es un compañero siempre amable, pero que a medio y largo plazo produce un efecto de sumisión.

Cada día nos llegan más casos de personas que llegan a tal punto de alienación y sumisión a la máquina, que la obedecen hasta la desaparición. Es decir, hasta cometer suicidio. En otras palabras, la IA es una ventaja a corto plazo y un mal negocio a medio y largo plazo, porque abre la puerta a una dependencia emocional total.

La soledad no se cura. La soledad se aborda, se trata. Y hay una dimensión de la soledad, que es la capacidad de estar solo, que no es sólo que no se cure, sino que hay que cultivarla.

En el libro menciona el oversharing, el hecho de compartir toda la vida en las redes sociales. Habla de una persona que retrata su tratamiento desde que le diagnostican cáncer y hasta la muerte. ¿Qué diferencia hay entre este oversharing de las redes sociales y lo que hacen algunos periodistas cuando explican testimonios reales?

La diferencia fundamental es que el periodista toma un testimonio y eso queda como algo que ilustra un reportaje. Pero no hay una relación directa entre el testimonio y los lectores, es el periodista que hace de intermediario. El oversharing se caracteriza por la ilusión de conexión, la creencia de que se puede establecer un vínculo a través del testimonio de vida directo. Esa es la falacia.

El periodista sólo quiere ilustrar algo, pero quien hace oversharing con su cáncer quiere reclamar la atención del otro, a veces incluso pedirle dinero al otro. Pero, sobre todo, quiere mostrarse ante el otro y recibir su validación.

Dice en el libro que “la soledad se contagia, sobre todo en las ciudades”. ¿Cómo se contagia la soledad?

Se contagia porque los malestares cristalizan a partir de los discursos que existen en la sociedad. La soledad es el nombre que damos hoy al malestar. Ante los problemas de la vida, encontramos una palabra para nombrarlos y sentirnos mejor. Y la soledad se ha convertido en el mal de nuestra época que, paradójicamente, es la época más acompañada de la historia, la más conectada.

¿La soledad se cura?

No se cura. La soledad se aborda, se trata. Y hay una dimensión de la soledad, que es la capacidad de estar solo, que no es sólo que no se cure, sino que hay que cultivarla. Hay una cuota de soledad, de estar solos con uno mismo, que es absolutamente necesaria para que todo el ruido de las redes sociales y de lo virtual no nos vuelva sordos a nuestras propias historias y nuestras propias vidas.

Lo que se puede curar es el aislamiento, la huida de uno mismo. Eso sí que se puede curar, con presencia, atención y deseo. Para que te puedas encontrar con el otro de verdad, tienes que estar presente. La atención es fundamental para entender no sólo lo que le gusta al otro, sino también lo que le duele. Y el deseo es esencial, porque cuando no lo hay es que estás demasiado satisfecho de ti mismo, como Trump, o porque estás tan decaído, tan melancólico, tan depresivo, que ya no esperas nada de nadie.

O sea, hay que aprender a estar solos para no sentirse solos.

Es exactamente eso, sí.

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