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El aborto en la literatura: de la clandestinidad a la ausencia de culpa

Durante una manifestación a favor del derecho al aborto este verano en París, una mujer escribe sobre su vientre: "Mi cuerpo, mi decisión"

“A quien aborta le está permitida una estrecha selección de sentimientos: alivio, culpa, vergüenza. Si vas feliz a abortar, sin duda eres una mala persona”. Con estas palabras, la escritora y editora Elisabeth Falomir (Valencia, 1988) comenzaba Abortos felices, un fanzine publicado en 2021 por la editorial Episkaia, en el que la autora aboga por repensar el aborto como algo más que un derecho de asistencia sanitaria: “Hay que reclamarlo como una decisión de vida”.

Maternidad forzada o clandestinidad, el destino de las chicas que no pueden abortar sin la aprobación paterna

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“Querría hablar de mis abortos en discotecas, fiestas de cumpleaños, reuniones familiares”, escribe la autora. Ha pasado más de un año desde la publicación del fanzine, pero la conversación pública sobre el aborto continúa muy presente en 2022, un periodo que ha visto retrocesos y avances en distintas partes del mundo: desde la revocación del derecho constitucional en Estados Unidos, que de facto implica la prohibición en gran parte del territorio, pasando por la despenalización en Colombia y algunos Estados de México, hasta la reciente luz verde del Consejo de Ministros en España a la nueva ley del aborto que elimina los tres días de reflexión y proporciona autonomía a las personas de 16 años.

Desde hace décadas, la interrupción voluntaria del embarazo es un tema central en el activismo feminista, las agendas políticas y en el debate público, lo que se traduce en una amplia representación en el cine y la literatura. Sin embargo, gran parte de las representaciones culturales del aborto se centran en el trauma, la clandestinidad, el dolor y la culpa. Obras como Abortos felices abren nuevos caminos más allá del canon y dan pie a una serie de preguntas: ¿Existen otras narrativas sobre el aborto? ¿Es un tabú la perspectiva de un aborto feliz?

“Este fanzine surge de la experiencia y aspira a ampliar la conversación colectiva”, explica Elisabeth Falomir. “Cuando empecé el borrador del texto, se titulaba Nulípara y era una carta a mi madre, a la que en su momento no conté mis interrupciones de embarazo por considerar que atañían estrictamente al ámbito privado de mi salud. Dándole vueltas al asunto, empecé a cambiar de idea: hablarlo con ella abría posibilidades de preguntarle por sus propias decisiones de maternidad. Quise contárselo para explicarme mejor y contrastar opiniones. De ahí, un pasito más hasta la decisión de publicación, con el vértigo que me daba firmar un texto así, pero que permitía abrir el foco a personas queridas y también desconocidas”, relata.

La felicidad convive con el dolor

“Cada uno de mis abortos fue motivo de júbilo y celebración”, escribe Falomir en el fanzine. “Abortamos, independientemente del contexto legislativo, y necesitamos una reinterpretación del acto de libertad radical que supone decidir interrumpir un embarazo”, continúa. La autora explica que ha recibido expresiones de malestar por el título, pero que ella solo quería narrar una realidad en primera persona. “También se me señaló que podía resultar chocante para quien hubiera sufrido una pérdida gestacional. Es evidente que un aborto involuntario nunca es una noticia feliz. He procurado delimitar el alcance de mi reivindicación: se trata de presentar otras formas de vivir las IVE (Interrupción Voluntaria del Embarazo) y, en ningún caso, de impugnar el sufrimiento de quienes atraviesan duelos o situaciones frustrantes por no lograr un embarazo deseado”, cuenta por teléfono.

Para la escritora y editora Luna Miguel (Alcalá de Henares, 1990), la reivindicación del aborto como proceso liberador en obras como Abortos felices o ¿Y tú, tan feliz?, de la chilena Bárbara Carvacho, es fundamental. “Ninguna de ellas niegan el trauma y la culpa. Al contrario, solo hay que ver el título de sus publicaciones. La liberación y la felicidad no riñen con el proceso de dolor que implica esta vivencia. Al fin y al cabo, cada aborto es la muerte de algo que aún no existe pero que está en el camino de lo posible”, sostiene por correo electrónico. “De algo que es mera posibilidad pero cuya presencia ya es palpable. Hablan muy bien de esto autoras como Annie Ernaux, Sharon Olds, Diane di Prima… Ojalá se me ocurrieran ejemplos de testimonios de hombres pero…”, dice.

Ella, que ha escrito sobre sus abortos naturales tanto en su obra poética como periodística, rememora el apoyo recibido cuando hizo pública la tristeza del primero de sus abortos, pero “un silencio espectacular” al exponer “la felicidad de mis abortos naturales después del nacimiento de mi hijo”. “Una siente que cuando cuenta esta experiencia desde lo doloroso, la respuesta es buena porque una es ‘víctima’. Tendemos a victimizar las experiencias de las mujeres hasta el extremo, porque nos cuesta pensar fuera de los estereotipos establecidos”, afirma.

“Ocurre lo mismo con el Me Too: queremos relatos de víctimas doloridas, de personas que no son capaces de superar su experiencia, su trauma pero ¿cómo vamos a creernos a esas mujeres que siguen haciendo su vida, que siguen gozando, follando, saliendo, amando y descubriendo el mundo, a pesar de que hayan sido violadas, o a pesar de que hayan sido maltratadas, o a pesar de que hayan tenido que abortar? Queremos que la víctima sea solo víctima y, cuando queremos eso, lo único que hacemos es negarle la vida”, concluye.

Literatura sobre clandestinidad y silencio

“Echo en falta representaciones de interrupciones de embarazo sosegadas, acompañadas y festivas. Sé que son posibles porque las he vivido”, dice Falomir. “Una IVE no es un castigo, ni una condena, ni un fracaso: es la encarnación de un derecho que debe poder vivirse con alegría y gratitud. Yo sentí que les debía alegría y gratitud a quienes han luchado por que fuera una realidad legal y segura para mí”, apunta.

Si comenzamos a indagar en relatos del aborto sin estigma, una obra imprescindible es El acontecimiento, de la francesa Annie Ernaux. Se trata de una novela de corte autobiográfico donde la protagonista está determinada a interrumpir su embarazo en la Francia de los años 60; fue llevada al cine en 2021 por Audrey Diwan y se alzó con numerosos premios, entre ellos el León de Oro de Venecia. Aunque Ernaux nunca juzga a su protagonista, el foco de El acontecimiento es, inevitablemente, el horror ante de la discriminación de la sociedad hacia los derechos reproductivos de las mujeres, el trauma que en esa época conllevaba la clandestinidad. Una clandestinidad latente en novelas situadas en el contexto actual, como Y tú, tan feliz (Caballo de Troya, 2020), de Bárbara Carvacho, un testimonio que colectiviza la experiencia de la clandestinidad en Chile, y en el que la autora expone que “abortar es una de las cosas más importantes que me pasó, tal vez una de las mejores”.

En un mundo donde el aborto inseguro afecta cada día a millones de mujeres —los abortos inseguros causan alrededor de 39.000 muertes al año, según la OMS—, es lógico que las representaciones literarias y cinematográficas del aborto aún giren en torno al trauma, el dolor, la clandestinidad o incluso el silencio en los países donde no está penalizado, como es el caso de la francesa Sandra Vizzanova en Interrupción (Editorial Tránsito, 2022), un compendio de testimonios donde decenas de mujeres relatan sus experiencias de aborto desde diferentes ángulos —la determinación, el alivio, el duelo o el enfrentamiento— pero atravesadas por un mismo tabú: el del silencio y el secretismo en un Estado donde interrumpir el embarazo es legal desde la década de los 70, lo que no se traduce necesariamente en ausencia de juicio por parte de las institutiones médicas y la mirada pública.

María Ruiz, periodista radicada en Ciudad de México, la primera entidad federativa del país latinaomericano en despenalizar el aborto, recuerda cómo fue obligada a escuchar el corazón del feto cuando decidió acudir a una clínica para interrumpir voluntariamente su embarazo. “Después, intenté buscar referencias para sentirme menos sola”, explica a elDiario.es. “Busqué libros sobre el aborto en internet y en las librerías pero no encontré, solo algún fanzine independiente que daba instrucciones sobre abortar, no testimonios sobre mujeres que hubieran abortado”, dice. “Incluso siento que películas como Juno [donde la protagonista adolescente decide no abortar], que antes me gustaban, contribuyen a meterte ciertos discursos de forma muy sutil, todavía hay estigma”, asevera.

Nuevas narrativas en la pequeña y gran pantalla

Es tal vez en pantalla, especialmente en las ficciones estadounidenses y británicas, donde hemos visto una mayor representación del aborto feliz, según lo define Falomir. En los últimos años, series como Sex Education nos han dejado escenas tan inolvidables como la de Maeve, una de sus protagonistas adolescentes, entrelazando manos con otras desconocidas antes de su intervención. Una experiencia que no es el foco del desarrollo argumental del personaje ni resulta traumática porque Maeve recibe la información y seguridad necesarias, adecuándose a lo que en general implican las IVE. “Como individuos, a menudo buscamos en la cultura pop formas de encajar en la sociedad”, opinaba la profesional de una clínica similar en Teen Vogue a raíz del éxito de Sex Education. “Cuando la cultura pop no retrata con precisión el aborto como lo que es, una experiencia comúnmente compartida por una de cada cuatro mujeres en edad reproductiva, perpetúa el estigma del aborto”, apunta.

Uno de los escasos antecedentes de narrativas cinematográficas actuales como Natalie Morales (Plan B) o Rachel Lee Goldberng (Unpregnant) lo podemos encontrar en Agnés Varda, siempre adelantada a su tiempo: en Una canta y otra no, filmada en 1977, dos años después de la despenalización del aborto en Francia, la realizadora muestra la amistad de Pomme y Suzanne, dos mujeres con diferentes trayectorias vitales que se apoyan mutuamente cuando una de ellas decide interrumpir su embarazo clandestinamente ante la imposibilidad de mantener otro hijo. Años después, ya en la década de los 70, se encuentran en una manifestación a favor del aborto: sus vidas siguen siendo muy distintas, pero continúan vertebradas por la sororidad.

Precisamente, la lectura de Abortos felices inspiró a Karina Solórzano, integrante del colectivo feminista de crítica de cine La Rabia, formado por mujeres de México, Paraguay y Argentina, un texto sobre el aborto feliz. Tras leer el fanzine, Solórzano, mexicana de 31 años, comenzó a reflexionar sobre la ausencia de abortos felices en su amplia educación cinematográfica: “Me hizo pensar, también, en las veces en las que cerré los ojos cuando en las películas mostraban uno, como en El crimen del padre Amaro (Carlos Carrera, 2002), que para mí significó una experiencia similar a la de los VHS del colegio católico: cerrar los ojos ante un horror inimaginable. Me hacen pensar en cómo todas esas películas me han imposibilitado pensar en un aborto feliz”.

“Cuando me había resignado a encontrar un aborto feliz en el cine, me encontré con uno muy ‘casual’ en Les amours d’Anaïs (Charline Bourgeois-Tacquet, 2021)”, escribe Solórzano. “La protagonista, debatida entre varios amores, le informa a su pareja central que está embarazada y no sabe de quién, le informa también su decisión sobre abortar, el chico reacciona sorprendido. Un corte en el montaje y después la vemos ingresar a una clínica. Una elipsis y la narración sigue. Un aborto como parte de una trama central, un aborto sin grandes sufrimientos, quién sabe si feliz”.

“Me interesaría ver algo similar a lo que está en Les amours d’Anais en donde parece algo cotidiano, pero también me gustaría que se discutiera. Pensar qué tan alegre y qué tan triste puede ser”, apunta Solórzano al conversar con elDiario.es, y señala la importancia de la representación del aborto desde el cine documental “como una forma de discusión también política, más allá de la representación del trauma que suele estar presente en el cine de ficción”. “Me parece que, al menos en la ficción, no han cambiado mucho porque tampoco es un tema que suela abordarse en el cine a menudo”, asevera.

Para Solórzano, acceder a una publicación como Abortos felices implicó la posibilidad de pensar desde otras perspectivas y conocer más testimonios que espantaran “un poco el miedo a lo desconocido”. María Ruiz recalca lo mucho que le hubiera gustado leer un fanzine como el de Falomir años atrás, cuando decidió interrumpir su embarazo: “Creo que las publicaciones sobre abortos por decisión propia te acompañan para tener una maternidad deseada; esa falta de referentes te hace sentir muy sola”. “Pienso en la gente que vive fuera de la Ciudad de México, en lugares donde el aborto no es legal. Si hubiera más referencias sobre mujeres que deciden abortar en la literatura y el cine, y que además lo hacen de una forma amorosa, nos podríamos sentir menos solas. Todavía no hay referentes al alcance de todas”, concluye. 

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