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Lo que aprendimos sobre el fuego no nos preparó para las llamas

La película 'O que arde', dirigida por Oliver Laxe en 2019

Laura García Higueras

31 de julio de 2026 23:31 h

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Oliver llora frente a la chimenea del salón de su casa. Su mirada está a la vez perdida y concentrada. Las llamas parecen ser el único consuelo para su corazón roto. Su gran amor, Elio, acaba de contarle por teléfono que se va a casar. Está devastado, derrotado, triste. En ese momento solo le sale vincularse, comunicarse, con el fuego. Solo escucha su crepitar, como si este le abrazara. El único capaz de representar lo destrozado que se siente por dentro, poseído por una pena en combustión, hecho cenizas.

Así concluye una de las películas más hermosas de los últimos años, Call Me By Your Name, de Luca Guadagnino. No es la única en la que el fuego, una chimenea, una hoguera o un incendio aparecen como un personaje más. Como símbolo, poder, metáfora, como una imponente realidad que genera fascinación y terror al mismo tiempo, que arrasa y atrapa, que lo puede todo. Como los incendios que cada verano –incluido por supuesto este– destruyen, obligan a personas a desplazarse, se cobra vidas, genera despliegues de bomberos, pone todo en riesgo.

Una historia que se repite anualmente, y que sin embargo, cuando llega el invierno y bajan las temperaturas, se cierra. Como un libro, como una película, como una puerta. Pero no. Siempre vuelven.

Timothée Chalamet, iluminado por las llamas en 'Call Me by Your Name'

En la literatura, tanto en ficción como ensayo, hay ejemplos que han ido dejando por escrito las causas de los incendios, reflexiones sobre las consecuencias, que lo han usado como elemento narrativo, que han dejado patente cómo es la labor de los equipos que se encargan de mitigarlos, que han ido más allá para explicar que debemos cambiar nuestra relación con ellos, porque “han llegado para quedarse”.

Aun así nos sigue sorprendiendo, nos volvemos a sentir indefensos, temerosos e hipnotizados ante las llamas. Como Oliver Laxe mostró en su película O que arde en 2019, con la historia de Amador, un pirómano que regresaba a casa tras haber cumplido una condena por provocar un incendio.

Quien explica que estas catástrofes van a seguir siendo algo “cotidiano” es Víctor Sáenz-Diez, que tras trabajar más de diez años como bombero forestal, decidió lanzar una colección dentro de su editorial Pepitas de Calabaza, dedicada a esta temática. Hablándolo con un compañero, llegaron a la conclusión de que en Estados Unidos había más literatura y ensayos al respecto, pero que faltaba contenido en castellano.

Su primera aportación fue la traducción de La montaña en llamas, de Norman Maclean, la narración del peor desastre en la historia del Servicio Forestal de EEUU, cuando en 1949, una cuadrilla de paracaidistas, los smokejumpers, se lanzó sobre un incendio forestal en Montana. Dos horas después, todos menos tres habían muerto o sufrido quemaduras mortales debido a un blowup que arrasó todo lo que encontraron a su paso.

Siguieron con Hermano fuego, testimonio en primera persona del bombero forestal Raúl Vicente; y Viaje a las mujeres de fuego, en el que la periodista Franca Velasco recopiló sus reportajes sobre las mujeres que trabajan en los dispositivos forestales. También lanzaron el manual OACEL, sobre el protocolo que se emplea para combatir los incendios. En septiembre verá la luz un nuevo volumen del investigador Stephen J. Pyne, El Piroceno, que propone un enfoque centrado en el fuego para entender cómo el ser humano sigue modelando la Tierra.

Para el editor era importante publicar libros que fueran de interés tanto para quienes trabajan en los dispositivos como los que no, y para paliar “la falta de concienciación” y desinformación: “Intentamos dar puntos de vista reales contra los bulos que hay en redes, y esta sensación de que todo el mundo opina”.

Lo que subyace a los incendios

Al investigador y cineasta Alejandro Pedregal le llamó la atención la práctica simultaneidad con la que se produjeron los incendios de Pedrógão Grande en Portugal, la Galería Nicolini de Lima (Perú) y la torre Grenfell en Londres en 2017.

“Asistimos a incendios cada vez más devastadores y tendemos a interpretarlos como fenómenos aislados, casi naturales o accidentales”, explica a elDiario.es sobre lo que fue descubriendo a medida que fue ahondando en este tema, al ser cada vez más evidente que detrás de las llamas había “procesos históricos mucho más profundos”. En concreto, la mercantilización de la naturaleza, la reorganización del territorio según criterios de rentabilidad, la fractura entre campo y ciudad y las desigualdades que determinan quién está más expuesto al desastre.

El resultado de sus indagaciones lo plasmó en Incendios: Una crítica ecosocial del capitalismo inflamable (Verso Libros). Para Alejandro Pedregal, el fuego le permitía alumbrar la forma en la que el capitalismo reorganiza continuamente la sociedad y la naturaleza “al servicio de la producción y acumulación del capital, hasta volverlas estructuralmente inflamables”.

El investigador expuso en su texto que cuando se producen catástrofes como los incendios, se habla mucho sobre ellos, y cuestiones como “el abandono del territorio rural, el cambio climático”, que considera muy relevantes; pero lamenta que se acabe pasando por alto la “organización económica, ecológica y política” de las sociedades, “más aún cuando las brasas se apagan”.

El periodista Juan Navarro, autor de Los rescoldos de la Culebra (Libros del K.O.) responde al teléfono en mitad de la cobertura de los incendios de Ávila, en un parón para refrescarse. En su caso escribió el libro tras su experiencia informando sobre los incendios que arrasaron Zamora en el verano de 2022. Fue la manera de poder reflejar que detrás de los días de horror generados por las llamas, “hay un componente de cambio climático y de despoblación” sobre el que consideraba importante hablar.

Para el periodista es relevante que a través de unas páginas se puedan “despertar emociones, y que alguien que sea de A Coruña o Alicante, que le pueda ser indiferente un fuego en concreto, diga 'qué drama más grande'”. Y poder así acercar la realidad con la que se convive en zonas que “tan fuera del circuito mediático, muchas veces abandonadas, sobre las que a nadie le importa quién se está quemando, si no hay ovejas, internet o consultorios médicos, o se bajen frecuencias de los trenes”.

La fascinación por el fuego

La escritora Marian Peyró decidió acercarse a las llamas desde la ficción, en su novela Los incendios (Alianza), en la que abordó tanto los reales como los que asolan a los personajes principales. Su libro sigue a Cristina, una chica que vuelve al pueblo donde va todos los veranos, pero esta vez de forma distinta, ya que ha dado el paso de la infancia a la adolescencia, y quiere enamorarse. “Se cruza con alguien y se desatan muchas pasiones y fuego en ella”, comenta la autora.

“Quería que el lector sintiera que todo podía prender, que no era algo que fuera a extinguirse por sí solo”, añade sobre cómo el fuego se convirtió en un elemento perfecto para generar tensión, tanto desde la que se vive en el pueblo que teme cada mañana que el incendio haya llegado a su localidad; como el que los habitantes experimentan en sus carnes por sus experiencias personales.

Peyró recuerda que la conexión del ser humano con las llamas se remonta a los inicios de nuestra especie. “Crear fuego, hacerlo intencionadamente y controlarlo hizo evolucionar a la humanidad. Los hombres que lo hicieron habrían visto esos fenómenos naturales, ver caer un rayo y que a consecuencia de él se produjera un incendio”, une con lo que en las últimas semanas ha ocurrido con los incendios en España: “La situación de medirse con algo tan salvaje y poderoso es lo que nos fascina y aterroriza a la vez”.

El investigador Alejandro Pedregal recuerda también que la atracción del fuego nos acompaña desde nuestro origen. “Gracias a él cocinamos, transformamos materiales, organizamos el espacio y desarrollamos formas de vida comunitaria. En muchas culturas ha simbolizado el alumbramiento del conocimiento secular que debe conducir a la emancipación, a la liberación de creencias y supersticiones”, describe. También apunta que el fuego ocupa un lugar “muy particular” dentro del imaginario cultural: “Produce miedo porque puede representar la destrucción que subyace a la pérdida de control, que al mismo tiempo ejerce una enorme fascinación”.

John Travolta, bombero héroe en la película 'Brigada 49'

En esta fascinación no solo opera el fuego en sí. El editor Víctor Sáenz-Diez valora que bebe mucho de la cultura norteamericana, que muestra a los bomberos “como héroes, como si luchar contra el fuego fuera una guerra”.

Desde luego, Hollywood ha hecho bien de negocio de ello, con películas como El coloso en llamas (John Guillermin, 1974), Brigada 49 (Jay Russell, 2004), Jugando con fuego (Andy Fickman, 2019), Dos en el cielo (Victor Fleming, 1943), Aquellos que desean mi muerte (Taylor Sheridan, 2021), Héroes en el infierno (Joseph Kosinski, 2017) y World Trade Center (2006).

“Esta idea se tiene que quitar un poco de la cabeza, y tender más a una cultura que conviva con el fuego e incendios, porque contra ambos no se puede hacer mucho más de lo que se está haciendo”, valora el editor que trabajó como bombero forestal, “hay que generar medidas estructurales y de gestión, más que de lucha contra los incendios”. Y quizás así, aupados por los relatos, ya sean escritos o proyectados, preparanos para las llamas, o a que no tengamos que enfrentarnos a ellas más que desde la ficción.

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