Beatriz de Moura, la gran editora que nunca se dio importancia
Siendo la editora más notable, con más carácter, más belleza y más vitalidad de los nuevos editores barceloneses de la muy bien llamada gauche divine, Beatriz de Moura habría podido participar del espectáculo, ser portada de revistas de moda y suplementos de cultura. Y no quiso. Nadie tenía su sonrisa ni sus caderas, su listeza instintiva, su buen ojo editorial. Y sin embargo prefirió estar casi siempre a la sombra, hasta que se nos fue el pasado fin de semana.
Fuimos al Tanatorio de Les Corts apenas un puñado de amigos y parientes, algún antiguo novio, una autora, incluso un crítico literario… Y un nonagenario al que no conocía nadie y que me contó que era el impresor de Grafos, que trabajó con enormes dificultades el oro y la plata de las dos colecciones memorables con las que Beatriz comenzó su carrera de editora, los Cuadernos ínfimos (plata) y la serie Marginales (oro), a partir de 1969. También estaban las dos maravillosas mujeres que cuidaron de ella durante los últimos seis años de su vida, con sus maridos, los únicos de riguroso y elegante negro, excepto por supuesto un bebé, el nieto de una de ella.
Beatriz habría captado y reído con sus poderosas carcajadas toda la ironía, todas las ausencias, de aquel acto en el que solo Cristina Fernández Cubas, a quien Beatriz publicó toda su obra, estaba realmente adolorida, temiendo el momento en el que durante el funeral iba a tener que hablar, y sabiendo que no iba a poder hacerlo, que la voz se le iba a quebrar. No pudo estar Toni López Lamadrid (falleció hace unos años), el hombre con el que Beatriz vivió larguísimos años, con el que tuvo tremendas peloteras (en las que al final ella acababa llamándole negrero, en alusión a la industria exportadora de carne africana hacia las Américas con la que la familia de Toni hizo fortuna). Pero unidos por lazos invisibles y pasión compartida, y colaborando en la tarea común de hacer crecer una editorial que se lanzó a publicar novelas cuando esto estaba muy mal visto por la izquierda. Una editorial que era intuición pura, reflejo de una personalidad a contracorriente, la de Beatriz.
Tusquets editores se llamó así porque Beatriz tuvo un primer matrimonio con Óscar, el hermano de Esther Tusquets (la editora de Lumen: admito que lo de los apellidos y nombres de editoriales es un trabalenguas), que fue el responsable junto con Clotet del diseño de esas colecciones que traía locos a los técnicos de Grafos.

Como los jóvenes no lo saben, aclararé que aquel grupo de hijos de familias con mucho dinero, empresarios que convivieron tranquilamente con el fascismo según contó con su notable sinceridad Esther Tusquets, y empresarios editoriales ellos mismos, eran gente viajada y no dispuesta a vivir con la mojigatería impuesta por el régimen de Franco. Querían el amor libre, la copa llena, la música a todo volumen. Aquella vida miserable y tontuna de sus mayores, donde todo se hacía en secreto (amantes, negocios sucios…) no era para ellos porque preferían copiar las costumbres más liberales y muy visibles que veían en París y Nueva York, en Roma y Frankfurt, ciudades que por ser de familias acomodadas no les estaban vedadas.
Beatriz no se las daba de marxista ni de intelectual, por eso Tusquets fue desde el primer día un sello diferente de Anagrama, que dedicó el primer decenio de su historia casi exclusivamente a disciplinas como el estructuralismo. Tusquets publicó apenas un año y pico tras su nacimiento el primero de sus best sellers, aquel trabajo periodístico de Gabriel García Márquez que era tan bueno como sus novelas, Relato de un náufrago, un acierto que financió la editorial una larga época.

Pero para que se comprenda mejor el mérito editorial de Beatriz de Moura citaré unos pocos autores españoles que marcaron época: Enrique Vila-Matas (que debutó con ella), Leopoldo María Panero (a quien publicó su mejor libro en prosa, En lugar del hijo) y la ya mencionada Cristina Fernández Cubas (con un libro de relatos, Mi hermana Elba, rechazado por varias editoriales). Tres autores que fundaron, sin que los autores y ni la editora se fijaran siquiera en el detalle, una nueva manera de escribir que en España era radicalmente opuesta a las tendencias habituales desde Cela y compañía: mucho acento en el casticismo y la palabrería, poco interés por las historias. Ese trío de autores lo cambió todo. Luego llegó lo que bauticé como Nueva narrativa Española, como colaborador de Anagrama.

Fueron esos los primeros pasos (con permiso del Seix Barral de don Carlos) que acercaron la edición española a la europea, y en la vanguardia de todo aquello estuvo Beatriz, sin jamás echarse faroles. Luego, porque ella era como era, lanzó muchos libros en el área de la acracia, y también en dos campos olvidados por las letras hispanas hasta que ella entró con el brío que la caracterizaba en la edición de obras que trataban sobre los placeres cotidianos (Los cinco sentidos) y la sexualidad prohibida (La sonrisa vertical).
Luego se sumó a todo eso la publicación de El amante de Marguerite Duras, la de La insoportable levedad del ser de Milan Kundera y la obra de Pynchon y todo lo que ustedes quieran. Su mano derecha, Juan Cerezo, continúa esa labor, ahora con la empresa dentro del grupo Planeta.
Otro apunte que define a la persona, y que este domingo me contó uno de sus amigos: Beatriz firmó el primer manifiesto español en favor de la despenalización de la eutanasia. Pero renunció a que se la aplicaran cuando notó los primeros síntomas graves de la enfermedad de Alzheimer. Era demasiado vital para pedir que le quitaran la vida.
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