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Nos estamos quedando sin palabras: cómo la depuración de la prosa ha simplificado los libros y la literatura

Cristina Ros

7 de noviembre de 2026 22:41 h

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De un tiempo a esta parte, no hay día en el que no nos levantemos sin alguna noticia sobre la pérdida de atención vinculada a los modos de consumo de la sociedad digital: scrolling infinito, sobrecarga de información, multitarea, algoritmos que favorecen los contenidos de impacto visual rápido frente a los que requieren una dedicación sostenida... Como resultado, nos sentimos más cansados, dispersos e impacientes, por no hablar de la adicción que generan este tipo de contenidos, lo que dificulta la salida de ese círculo.

En términos de hábitos de lectura, muchos lectores reconocen su incapacidad de leer un libro como lo hacían hace años, una apreciación que se refiere tanto al tipo de libro que leían entonces (más largo y complejo, como un clásico del siglo XIX o de principios del siglo XX) como al modo de leer e incluir esta rutina en el día a día (lectura concentrada durante una hora o más sin interrupciones). También han quedado atrás, por el uso del móvil, los ratos muertos que antes podían llenarse con un libro o una revista, como los viajes en transporte público, las salas de espera o una tarde de asueto en la piscina.

En el caso de los niños y los jóvenes, los denominados nativos digitales, los efectos de esta transformación son aún mayores, porque carecen de experiencia en un mundo analógico en el que no existían los teléfonos inteligentes ni la conexión a internet. No sorprende a nadie, por lo tanto, que los profesores adviertan, en todos los niveles de la enseñanza, una caída en el nivel de comprensión lectora, asimilación de conocimientos y capacidad de concentración para leer un texto, incluso entre estudiantes de filología.

Todo esto, claro, tiene consecuencias. Hace años, padres y expertos ya denunciaron que clásicos infantiles como los de Enid Blyton o Roald Dahl se habían editado con una notable reducción de palabras para facilitar su lectura, con la pérdida de matices que eso supone (ojo: esta polémica es distinta de la relativa a la eliminación de determinados términos por el riesgo de resultar ofensivos, un asunto que también dio que hablar).

Más allá de estas intervenciones, lo cierto es que casi no hace falta depurar la literatura de forma deliberada, porque los libros que se escriben hoy son mucho más 'ligeros' que antaño, al menos en los aspectos lingüísticos: en un estudio comparativo de The Economist entre los libros más vendidos en Estados Unidos en los años treinta y los actuales, se ha detectado que la media de palabras por frase se ha reducido en un 40%, es decir, de una cifra que antes rondaba las 20-25 palabras se ha pasado a unas 12. Aunque el estudio se haya centrado en la narrativa escrita en inglés, sus conclusiones se pueden aplicar al resto de lenguas, influidas por las mismas dinámicas del capitalismo tardío y por la traducción.

Se prescinde de capítulos introductorios, de descripciones u otros elementos sugestivos, en pos de ir al grano de inmediato, no andarse con rodeos y apoyarse ante todo en el diálogo

Esta reducción de palabras no es ejercicio deliberado del escritor, como lo podía ser el estilo de Hemingway, rompedor en su momento, sino la manifestación de una tendencia global: se va perdiendo vocabulario, se van unificando ciertas estructuras verbales, se va buscando cada vez más la lectura rápida. Esto último se nota también en la extensión de los libros y de los capítulos: frente a las imponentes novelas de Charles Dickens, Marcel Proust o James Joyce, hoy los volúmenes son más breves y con frecuencia se dividen en fragmentos o capítulos cortos, que poco tienen que ver con los episodios elaborados de la novela de aventuras, entre otras, de la tradición decimonónica.

Entrando en la narración, las consecuencias se notan en la delimitación de lo que entra o no en el relato: por lo general, se prescinde de capítulos introductorios, de descripciones u otros elementos sugestivos, en pos de ir al grano de inmediato, no andarse con rodeos y apoyarse ante todo en el diálogo, la frase corta, el punto y aparte, y recursos como los cliffhangers a final de capítulo. Hay menos metáforas y símbolos, menos ambigüedad: todo se mastica más, como si el autor temiera no ser entendido.

De entre todas las simplificaciones, quizá las más disculpables se refieran a la pérdida del léxico más castizo: nadie habla igual que sus abuelos, y no porque las pantallas le hayan abducido. Es algo connatural a la evolución de los usos sociales: algunas palabras se dejan de usar, mientras que otras se incorporan al vocabulario. Entre estas últimas, se nota la influencia de la globalización y el contacto con las culturas dominantes: muchos neologismos informáticos y préstamos del inglés no siempre necesarios.

No es baladí que esta simplificación coincida en el tiempo con la producción en masa de libros: se publica mucho y, al igual que con otros bienes de consumo, la fabricación en cadena favorece lo llano, lo rápido, lo idéntico. En contraste, el exterior de los libros ‒y de los libros populares en particular‒ tiende a cuidarse más que nunca, con ediciones de tapa dura, sobrecubiertas brillantes y (una de las últimas modas) cantos tintados, por no hablar del merchandising que acompaña a los más exitosos. Sería algo así como pagar por la firma, aunque el contenido sea exacto al de una marca blanca (e inferior al de un productor artesanal independiente).

Los índices de población alfabetizada son mayores que nunca, pero, más que con el dato a secas, conviene tener presentes los estímulos culturales que definen a cada estrato de la población: todos podemos leer, sí, y todos podemos tomar prestado un libro en una biblioteca pública. Ahora bien, es más fácil que ese interés por la lectura se alimente en un entorno cultivado, con cierta estabilidad económica, que en quien carece de tradición y debe lidiar, además, con la lucha por la pura subsistencia. Y lo mismo se extiende a las demás manifestaciones culturales, como el cine o las exposiciones de arte.

Una teoría que no encaja

En la década de 2010, con el fenómeno de la autoficción, se dijo que el gran relato de la tradición clásica se había trasladado al formato audiovisual, por lo que en la literatura se buscaba un tipo de narrativa más íntimo, más real. Con todo, esa hipótesis es discutible, porque las series y las películas no han dejado de beber de los libros: no habría Juego de tronos ni El cuento de la criada sin George R. R. Martin y Margaret Atwood, escritores que no solo poseen una extraordinaria imaginación, sino que también tienen una prosa rica en matices, un armazón literario ambicioso; lo que se llama, en fin, calidad literaria. Tampoco hay que ignorar la existencia de un cine de autor que huye de la fastuosidad y presenta mayor afinidad con lo pequeño, lo intimista, que las superproducciones.

De todos modos, la enorme oferta audiovisual, por mucho valor que tenga, puede ser otro obstáculo para la lectura de textos elaborados: el esfuerzo de asimilar una historia contada a través de la pantalla es de tipo pasivo, distinto al de abrir una novela y leer. Pueden (y deberían) ser actividades complementarias, pero en ningún caso una puede sustituir la otra, como bien saben quienes intentaron aprobar un examen de lectura viendo la película en lugar de leer el libro.

El asunto de la simplificación se extiende más allá de los libros: los estudios también se han ocupado de los discursos políticos y la riqueza de las intervenciones parlamentarias en los debates. Han confirmado lo que cualquiera que recuerde una sesión de cuarenta o treinta años atrás ya intuía: el nivel de vocabulario se ha reducido de forma notable. No es un problema baladí, porque los conocimientos y la expresión lingüística se relacionan directamente con la capacidad de desarrollar ideas complejas. De construir argumentos sólidos, de buscar alternativas, de desarmar al otro sin ofender; de pensar, en definitiva.

Umberto Eco, en las notas finales a El nombre de la rosa (1980) ‒¡¿qué autor se toma hoy la molestia de añadir este tipo de addenda al concluir un manuscrito?!‒, explica que quiso, de forma deliberada, que los primeros capítulos fueran arduos de leer. Haciendo alusión al mito de la caverna de Platón, recuerda cómo solo se accede al conocimiento ‒a la “iluminación”‒ tras el esfuerzo; solo se llega a la cima de la montaña después de caminar mucho. Eco no quería ofrecer un entretenimiento fácil, sino retar al lector y reservar el goce de la lectura a los que, diligentes, superaran esas primeras páginas.

Jonathan Haidt, psicólogo que ha estudiado a fondo el problema de la adicción a las pantallas, propone volver a leer los clásicos que nos cautivaron hace años como terapia para recuperar la concentración

En la actualidad existe una gran preocupación por la imagen, el cuerpo, la alimentación sana. También con las novedades tecnológicas, la inteligencia artificial, la digitalización de trámites y datos de todo tipo. Pero ¿de qué sirve tener un organismo sano y fuerte si no va acompañado de una mente activa? ¿Y cómo gestionar los nuevos inventos si se desconoce el legado de las humanidades para comprender la realidad que nos rodea?

Es obvio que la depuración de la prosa es una consecuencia de una tendencia mucho más amplia, que en sus peores ramificaciones termina por perjudicar la salud de las democracias. Hay que tomársela en serio, por lo tanto. La cuestión es: ¿qué se puede hacer, cómo revertir este decrecimiento? Jonathan Haidt, psicólogo que ha estudiado a fondo el problema de la adicción a las pantallas, propone volver a leer los clásicos que nos cautivaron hace años como terapia para recuperar la concentración. Y no clásicos cualesquiera, no: clásicos largos, que exijan una atención sostenida durante varios días, semanas o, si hace falta, meses.

La buena noticia es que hay motivos para la esperanza: en los últimos años empiezan a aparecer algunos brotes verdes, como la recuperación viral de obras de cierta enjundia y aliento decimonónico, como El secreto (1991) de Donna Tartt, o el auge, al menos en España, de una escritora como Sara Barquinero, filósofa de formación y con una obra ambiciosa que se aleja del egotismo y la levedad de sus coetáneos.

En cualquier caso, más allá de elegir leer esto o aquello, para dar la vuelta a la dinámica es necesario hacer un trabajo consciente para recuperar, en todos los ámbitos, la cultura del esfuerzo y el espíritu de superación. Tener presente que la facilidad constante no es un premio, sino que se termina por pagar con las propias facultades. Dejar de usar los músculos los atrofia; olvidar las palabras empobrece el lenguaje; leer solo libros básicos reduce el entendimiento del mundo. Hay que volver a recrearse en los meandros de En busca del tiempo perdido, las meditaciones de Guerra y paz o las discusiones de La montaña mágica: al menos estos 'antídotos' saben mejor que un jarabe para la tos.