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Entrevista

Sara Barquinero: “En la universidad siempre hay profesores de los que te dicen 'este es un guarro', es algo sistémico”

La escritora Sara Barquinero

Clara Nuño

18 de marzo de 2026 22:38 h

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Como muchas otras historias, esta nace de la mala hostia, del enfado, del estar a punto de soltarlo todo, de abandonar. Pero Sara Barquinero (Zaragoza, 1994) decidió respirar hondo y hacer lo que hacen los escritores cuando la vida se te tuerce o te da un palo: narrarlo. Reescribir las cosas que no tenían que haber sucedido así, pero lo hicieron. Buscar aquello que se llama justicia poética desde la página en blanco, escarbar con humor en los abusos que ocurren a puerta cerrada (o entreabierta) en cualquier despacho de cualquier universidad.

El resultado de aquello es La chica más lista que conozco (Lumen, 2026), una novela que hibrida la estructura clásica de una novela de descubrimiento, un ‘coming of age’, con un tratado filosófico sobre los límites del consentimiento en las relaciones de poder, el clasismo en los campus y las universidades públicas como reinado (y coto privado de caza) del hombre intelectual.

Tras el éxito de Los escorpiones (Lumen, 2024), un relato sobre seres desvalidos, Barquinero regresa a las librerías con la historia de las chicas que fueron las más listas de sus clases hasta que salieron al mundo y se las comieron los tiburones.

Sara Barquinero, en el Hay Festival de Querétaro (México) en 2024

La novela oscila entre las peripecias de una chica postadolescente descubriendo una nueva vida y un texto filosófico cuyo subtítulo es ‘tratado sobre la vergüenza’. ¿Qué le llevo a contar esta historia así, mezclando dos tipos de escritura prácticamente opuestas?

Tenía claro que quería hablar de dos cosas: por un lado, las observaciones contra la academia en general y, por otro, la historia de identidad personal de una chica que empieza su vida universitaria. Me parecía que se había hablado muy poco sobre cómo muchas personas son las más listas de su clase en el instituto, van con amplias expectativas a otros espacios y ahí tienen que lidiar con el mundo real y cómo le afecta eso a su ego. Hay gente a la que estas vivencias les destroza el ego para toda la vida porque sienten que su propia identidad no es más que eso, el ser los más listos. Y su mundo se derrumba cuando descubren que ya no lo son porque no saben lidiar con ello.

Quería jugar con eso, con la crítica y el desarrollo vital del personaje. Pero claro, una persona de 19 años recién llegada a un lugar nuevo no deja de asombrarse, de intentar encajar, no cuadra a nivel narrativo que, de repente, se te ponga a hacer sesudos análisis de situación. Por eso decidí vertebrar el texto con dos voces: la que sigue a una chica que acaba de entrar a la facultad y está descubriendo un mundo nuevo, y la literatura en formato académico atravesada por el concepto de la vergüenza. 

Al final, desde la vergüenza podía hablar de todos los temas que atraviesan la novela. Es algo que lo resume todo, también como concepto filosófico (tal y como lo trabaja Sartre en El ser y la nada). Es una base que te permite hablar de las relaciones con el otro; el amor, el desamor, etc., además de por una cuestión feminista con aquello del eslogan de “la vergüenza debe cambiarse bando”.

¿La ficción puede pensar los problemas filosóficos de una manera en la que el ensayo no?

Habría que pensar bien qué puede hacer el ensayo, pero la novela lo que te permite es plantear preguntas, mostrar opciones y no dar claramente una respuesta. El ensayo te marca el camino, te argumenta una idea y yo no quería marcar el camino, sino mostrar una serie de situaciones y darle el espacio al lector para pensar.

El desclasamiento y el sentimiento de no pertenencia al grupo es también una de las lineas argumentales de la historia. ¿Hasta qué punto la cultura puede ser también un instrumento de exclusión social?

Me resultó muy impactante, cuando me mudé a Madrid, que Madrid era un espacio en el que lo académico se mezclaba con otros centros de poder, como lo político, y me sorprendía y empecé a pensar (por muy inocente que suene), “es que estoy por atrás”. Yo me encontré con personas que sabían con quién hablar o que tenían claro con qué profesores codearse porque escribían en prensa y habían sacado libros. O, de repente, te empezaban a dar nombres que no tenían que ver con lo académico y yo me preguntaba: “¿Pero de dónde han sacado esto? Con el tiempo que le he dedicado al arte y la cultura y no tengo ni idea de lo que me están hablando”. 

Quería reflejar eso, cómo el capital cultural acumulado se convierte en un capital social que permite a unas personas medrar más fácilmente que a otras. No digo que la universidad lo tenga que solucionar porque es una institución, pero es algo que debería evidenciarse un poco más.

Toda la novela está atravesada por el deseo y por las dinámicas de poder que este lleva tras de sí; principalmente las que hay entre profesores y alumnas.

Los años de la universidad tienden a ser cuatro años en los que vives en un limbo en el que no se acaba de decidir nada. Es un espacio de extrema libertad en la que el deseo se despliega de muchas formas. Una de ellas es la sexual y otra es la del reconocimiento ajeno y el encontrar tu identidad. 

Respecto a las dinámicas de poder que se establecen a través de lo intelectual, esto es algo que Remedios Zafra explicó muy bien en El entusiasmo y Javier López Alós en Crítica de la razón precaria. Muchas veces tienes un gran deseo de ser y eres casi adolescente todavía y se establecen dinámicas de poder aprovechándose de ese deseo, de ese sentirte privilegiada por estar en la universidad rodeada de lo que crees que es gente lista.

La situación de sentirte ajena al entorno te convierte en la candidata perfecta para sufrir abusos o entrar en juegos de poder

Sara Barquinero Escritora

Es una cuestión de clase, de capital cultural. Y, en esas situaciones, es más fácil pensar que una persona pueda tolerar cosas por llegar a ser algo. Sobre todo, si parte de un lugar que le avergüenza, con el que no se siente identificada. Y, además, es muy posible que si tú le cuentas a una madre ajena al mundo académico que te han pedido hacer algo, o que estás en una situación de denunciar una conducta abusiva, a lo mejor te dice: “No, venga, cállate”. Es el peaje, esa situación de sentirte ajena al entorno te convierte en la candidata perfecta para sufrir abusos o entrar en juegos de poder. 

En el libro aparece la idea de que hay comportamientos que quizá no son delito, pero sí profundamente ridículos y cuestionables. ¿Le interesaba explorar esa zona moralmente ambigua?

Me interesaba, sobre todo, en su carácter sistémico. Yo puedo entender, y empatizar, con un hombre al que le gusta una alumna concretamente y se mete en una situación que dices: “¿Pero cómo ha acabado aquí? Qué liada”. Esa es una cosa. Otra cosa es que yo no haya pasado un solo año de experiencia universitaria sin que me haya llegado un cotilleo, o miles, de alguno de los profesores que me rodeaban.

Hay profesores que todo el mundo sabe lo que son. Te dicen “este tío es un guarro” o “cuidado, con este siempre la puerta abierta” o “este se ha liado con no sé cuantas alumnas” y te dan los nombres. Y eso ya es otra cosa, es algo sistémico. ¿Qué hay en este mundo para que suceda constantemente? Y no, a lo mejor no es penable, pero sí que da, al menos, para debate, porque además entorpece la dinámica académica. Porque una chica que se lía con un profesor y lo pasa fatal porque él está casado, ¿qué hace luego? ¿Y qué pasa si sospecha que él se lo ha contado a sus compañeros de departamento y ve cómo todo el mundo la mira diferente? Muchas veces esa chica acaba por irse. La que sufre las consecuencias casi siempre es ella.

¿Cuál es la posición de la universidad ante estas cosas que, como cuenta, se saben?

Creo que este es un tema en el que casi nadie que está dentro se moja de forma suficientemente consistente. Tendríamos que reflexionar sobre las camarillas intelectuales y la oscuridad que hay en los procesos de selección. Oscuridad que, muchas veces, está atravesada por la sexualización de las alumnas. Además de las cosas que justifican porque no es penable. Incluso en los casos en los que sí lo son, en los casos en los que alguien se levanta y dice “esto fue un abuso”, se intenta tapar o no darle importancia. Muchas veces son personas que acaban siendo propuestas para catedrático mientras la actitud general de la gente es “yo aquí no me meto, no vaya a ser que me salpique”. A mí me gustaría que aquellas personas que hayan hecho algo de esto, al leer la novela, vean reflejadas sus actitudes y les dé vergüenza.

Si tuviera que describir la novela en términos filosóficos, ¿qué pregunta central diría que intenta responder?

Hay muchas, pero creo que la principal sería si el conocimiento te puede salvar o qué dignidad tiene el conocimiento. Hay una cosa que intenté meter al final y es que siento que a las personas que han vivido una experiencia traumática en la universidad se les ha arrebatado la posibilidad de encontrar algo de belleza en todo ese proceso, en lo que se supone que son los años del descubrimiento. 

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