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El documental que pudo ayudar a derrocar a Orbán, ¿influyen las películas en las elecciones?

Péter Magyar celebra los resultados electorales tras su victoria contra Viktor Orbán.

Clara Nuño

18 de abril de 2026 21:34 h

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Lo primero que se ve es un barrio gris, fachadas desconchadas, suciedad, chabolas y perros. Es Tiszabura, en Hungría, pero podría ser cualquier a de los trescientos asentamientos que hay por todo el país. “Aquí la vida se ha paralizado”, cuenta a cámara un hombre de mediana edad, acompañado de una mujer algo más joven. Van muy abrigados, es invierno. “No hay lugares a donde salir, no hay cultura. No había donde sentarse, donde pudiéramos dibujar, donde los niños pudieran pintar o, incluso, aprender a tocar instrumentos. Creo que ninguna de estas cosas existe”, continúa el hombre mientras la cámara se desplaza y muestra unas deportivas abandonadas, calles con socavones y más suciedad.

Son los primeros minutos de El precio de un voto (2026), un documental independiente estrenado apenas dos semanas antes de las últimas elecciones nacionales húngaras que culminaron con la caída del líder ultraderechista, Víktor Orbán, tras 16 años al frente de uno de los gobiernos más intolerantes de Europa.

Con una duración de poco menos de una hora, la película recorre aldeas romaníes en el campo del país (bastión acérrimo de Fidesz, el partido de Orbán) para destapar una extensa red de sobornos y chantajes. “Recibí 11,8 millones (de florines) por todo”, dice una voz distorsionada al comienzo del filme. Eso es mucho dinero para alguien que no tenía nada. 

Con un sistema organizado para extorsionar a los más pobres; agentes con base en Budapest prometen y entregan de todo. Desde paquetes de comida hasta billetes de 20.000 florines (unos 55 euros) a quienes voten por el partido ultraderechista. El modus operandi es el siguiente: los agentes acompañan a los ciudadanos a las cabinas de votación y, aprovechando un resquicio legal que les permite acceso, se aseguran de que los votantes “elijan la opinión correcta”.

A nivel local, la película alega que los alcaldes leales al gobierno van un paso más allá, amenazando a empleados públicos y ciudadanos cuando es necesario. “No consigues trabajo público, no puedes trabajar, no consigues aquello, te quitan el subsidio de vivienda”, relata con la voz distorsionada un hombre que solía trabajar sobornando e intimidando en nombre del partido. “Hay tantas cosas que podrían hacer para perjudicar a las familias”, añade otro informante. Entre ellas, la de amenazar con el secuestro de los niños. Una mujer joven, morena, acuna a un bebé en una habitación estrecha llena de mantas viejas. Tiene muchas ojeras. Musita que no quiere que se lleven a sus hijos.

La cinta se proyectó en un cine de Budapest y se publicó en YouTube el pasado 26 de marzo. En apenas dos semanas consiguió 2,2 millones de visualizaciones. Por su parte, la participación en las elecciones del pasado 12 de abril alcanzó el 74%, un récord desde la caída del Telón de Acero. Unos seis millones de personas de las que hasta un tercio vieron el vídeo. La pregunta, entonces, es si puede un documental impactar, y llegar a cambiar (junto con otros factores), el curso de unas elecciones.

Una chispa de revolución

“Hay casos paradigmáticos donde el contexto ha marcado que una película se convierta en algo singular o icónico”, apunta el cineasta Luis López Carrasco en conversación con elDiario.es, quien señala que aunque un documental o una pieza cinematográfica puede contribuir a poner sobre la mesa una conversación, los medios de comunicación de masas “tienen muchísima más agenda”. “Una pieza hecha de manera independiente muchas veces es una gota en un océano, pero también es una chispa que puede prender algo nuevo”, continúa el cineasta, director de El año del descubrimiento (2020), una cinta que explora los cambios políticos y sociales que vivió España en los 90 a través de conversaciones en un bar.

Una pieza hecha de manera independiente muchas veces es una gota en un océano, pero también es una chispa que puede prender algo nuevo

Luis López Carrasco Cineasta

“La pregunta que yo tiendo a hacerme con estas cosas es hasta qué punto estos documentales, donde lo importante es el tema, van a llegar a un público nuevo. Que no vayan a ser solo vistos por quienes ya estaban interesados en el asunto”, continúa Carrasco, quien consiguió romper esa barrera con su trabajo (con el que se alzó con dos premios Goya) en el momento en el que los temas que tocaban entraron en la conversación del público general y se salieron “de los circuitos de la cinefilia”. 

“Ese es el gran reto del cine de no ficción”, apunta por su parte Germán Llorca, director de la Cátedra Análisis y Prospectiva del Audiovisual de la Universitat Politècnica de València. “La capacidad de intervención en el debate público de cualquier documental está directamente relacionada con su capacidad de salirse de su ámbito natural de comunicación”, explica para señalar que es eso es lo que ha ocurrido en Hungría.

Para Llorca, una pieza como esta puede tener una mayor capacidad de impacto en momentos de crisis. “No hay que olvidar que Orbán viene de 16 años de un desgaste que se ha agudizado en el contexto de una guerra (la de Ucrania) en la que se ha alineado a la contra del resto de Europa”, señala el profesor para concluir con que este documental puede ser una guinda a un proceso que estaba ya en marcha. “Aunque no hay que olvidar que la cultura, que es un campo en conflicto de problematización de las cuestiones que nos afectan como sociedad y es una herramienta potentísima cuando, a través de un artefacto, un dispositivo cultural, podemos hacer llegar a una idea a la conversación pública”, desarrolla.

Santiago Abascal y Viktor Orbán, el sábado 21 de marzo en la CPAC en Budapest, Hundría.

Carrasco también se pregunta hasta qué punto el cine social no funciona “como una especie de placebo”. “El viernes por la noche vas a ver una película en la que ves las circunstancias de enorme desigualdad en la que viven personas que, además, a lo mejor no están tan lejos de ti, y sientes bienestar moral que, en ningún caso, te va a hacer cambiar tus hábitos de vida ni estar más involucrado en la transformación social”, argumenta para señalar que, probablemente, aún hagan falta películas más molestas, incómodas, duras.

“Aunque a veces no se vea, muchos documentales sociales tienen un impacto enorme”, interviene, por su parte, Hernán Zin, cineasta, escritor, periodista de guerra y productor cuyos trabajos han estado nominados a premios Emmy, Grammy y Goya y cuyo documental, Nacido en Gaza, fue el más visto a nivel mundial en Netflix en 2013. “Yo recibo 700 mensajes al día de personas que nos preguntan qué pueden hacer para ayudar”, cuenta para señalar que la vocación documentalista pretende influir en la agenda política “a través de los corazones de la gente”. “Se llega así, emocionando y humanizando cosas que, al público objetivo, le puede quedar muy lejos”, continúa Zin, quien opina que en prensa, lo que falta son las historias en primera persona. 

“El tema de la ultraderecha en Europa me preocupa muchísimo y me alegra mucho que estén saliendo piezas independientes como esta”, continúa el cineasta y periodista. “En piezas así, cinematográficas, hay espacio para el testimonio puro y duro de grupos de gente que, en la prensa escrita, en los informativos, no tienen su hueco”, asegura.

Se llega así, emocionando y humanizando cosas que, al público objetivo, le puede quedar muy lejos

Hernán Zin Cineasta

Gente anónima, gente que sufre y a la que nadie ha escuchado hasta ahora es la protagonista de este filme, que está dirigido por un colectivo, que se hace llamar DeakcioKozosseg (que se traduciría, aproximadamente, como Acción Comunitaria Contrarréstate) y que está formado por unas veinte personas. “Cuando comenzamos a filmar hace seis meses”, declaran en la descripción del vídeo en YouTube, “solo queríamos hacer una película sobre la compra de votos. Recibimos información de 14 provincias, hicimos más de 60 entrevistas y recorrimos 20.000 kilómetros”. También, tuvieron que saltarse la censura para conseguir publicarlo. 

A la pregunta de qué hay del precio a pagar por hacer este tipo de cine, una respuesta quizá sea el silencio de DeakcioKozosseg a la propuesta de entrevista enviada por este periódico. “Es un precio altísimo”, dice Zin. “Los documentalistas somos los hermanos pequeños de la industria y, cuando te metes en asuntos peliagudos, vas a recibir muchas amenazas, además del coste psicológico que puede tener el enfrentarte a testimonios de vida muy duros”, explica para zanjar con que, aunque ahora hay muchas plataformas en las que grupos independientes pueden lanzar sus trabajos, por otro lado, las grandes productoras como Netflix o HBO han dejado de programar “documentales de calidad”.

“En los últimos tres años ha habido un cambio en los programadores que es un golpe muy duro, pero siempre se seguirán contando historias, aunque sea por canales alternativos”, concluye. 

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