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Sesenta años de la muerte de Julio Camba, el escritor gallego que cambió el periodismo para siempre

Julio Camba creó un estilo periodístico con retranca que sigue siendo influencia hoy en día

Ana Tenías

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“Julio Camba escribía como muy poca gente: con precisión, sutileza y sentido del humor, por eso envejecen tan bien sus textos”, dice Aser Álvarez, periodista y comisario de la exposición Julio Camba, el hombre que no quería ser nada. “No es que no quisiera ser nada”, explica en la entrevista telefónica con elDiario.es, “lo que pasa es que no era nada pretencioso”. El periodista nacido en el pueblo pontevedrés de Vilanova de Arousa empezó a publicar en algunos periódicos españoles alrededor del año 1900, primero en medios republicanos y más tarde en periódicos conservadores. Destacó sobre todo por sus artículos y sus crónicas de viaje, escritas siempre con muy pocas palabras, con mucha fuerza y con un característico humor que logró enganchar a la población española de la época durante más de cinco décadas.

“Son muchos los perfiles famosos que deciden vivir en un hotel”, explican desde la dirección del Palace, y Julio Camba fue uno de ellos: “Llegó a un acuerdo” para residir en una de las habitaciones durante doce años. Álvarez, que acudió al hotel para grabar tomas para su próxima pieza documental sobre Camba, vio en ese “bar inglés de época” del Palace el lugar perfecto “para empaparse de la historia” del periodista gallego.

A través de varias investigaciones que el documentalista realizó para su primera pieza audiovisual sobre el escritor, O principio do mundo de Julio Camba, consiguió algunos materiales importantes que logran crear “un recorrido muy original” a través de “una pequeña muestra” dentro del Museo Bar del Hotel Westin Palace de Madrid (visitable hasta el día 15 de diciembre). La exposición recoge fotografías, cartas, objetos personales, ilustraciones del artista Siro y algunos de los artículos del periodista gallego.

La exposición comienza antes de entrar al lujoso bar, con la muestra de una de las dos maletas originales que dejó Camba en el hotel y que “eran entonces sus únicas pertenencias”, dice Álvarez. Posa en un atril cerca de la puerta con una pantalla dentro que proyecta “un pequeño adelanto” de dos minutos del documental de Aser, a modo de introducción. Muy cerca de la entrada, a mano derecha, se ve una pared llena de marcos colgados que recogen el material protagonista de la exposición: una fotografía en color sepia de un Camba muy joven con sus datos personales, una postal de viaje o la hoja de un artículo original son algunos de ellos. Cerca de cada objeto, un código QR de acceso a la selección de artículos de Camba en formato sonoro, que también pueden escucharse en YouTube.

Las tapas de Camba

Su estancia en el hotel “era tranquila”: “No salía demasiado y se alojaba en una habitación modesta”, explican fuentes del hotel. Eso sí, desarrolló un gusto especial por la gastronomía y se convirtió en “posiblemente el primer periodista gastronómico de la época”, dice Álvarez, tanto que llegó a escribir La casa de Lúculo o el arte del buen comer, un libro “que podría denominarse gastrofilosofía” en el que “narra su experiencia de viajes comiendo en restaurantes de las capitales europeas”. Por eso, la exposición del Palace se complementa con un menú de tapas diseñado en torno a “los gustos y fobias” de Camba: desde la sardina, “uno de sus platos de preferencia”, hasta el bacalao, animal del que decía que era una “momia piscícola” por su fealdad. Incluye, además, una copa de Albariño procedente de la tierra natal del periodista.

Habló de política, de gastronomía, de sociedad y de cosas mundanas. Lo hizo desde una escritura mucho más lírica que la que acostumbraban los medios de la España de entonces. “Tenía yo 10 o 12 años cuando un señor piadoso pretendió convencer a mis padres de que me enviasen a un seminario y me hiciesen cura”, escribió Camba en uno de los artículos que se pueden escuchar en la exposición del Palace, “tener novia, echar humo por las narices y estar en el secreto de las cosas de la Iglesia: solo me faltaba una capa y un poco de bigote para ser un don Juan ateo, seductor y cruel”. El joven escritor huyó del plan de sus padres alegando que sus ideas no le permitían ser cura y se coló como polizón en un barco destino Argentina, país en el que descubrió el fervor de los grupos revolucionarios anarquistas.

Escritura y anarquía, el Julio Camba de juventud

El Camba adolescente selló una etapa muy importante en su recorrido. Escribió en algunos medios anarquistas argentinos minoritarios, dio conferencias y colaboró en panfletos políticos. Por estos motivos fue expulsado del país latinoamericano junto a otros anarquistas extranjeros, pero cuando llegó a Madrid siguió rodeándose del ambiente bohemio y politizado de la época y trabajó como redactor anónimo en el periódico republicano El País, mientras colaboraba con varias publicaciones anarquistas. En ese tiempo fundó el semanario El Rebelde, que cerró al cabo de un año por acumular varios juicios por delitos de opinión. Sus textos estaban cargados de una fuerte retórica anarquista.

El gran acontecimiento que partió en dos la carrera y la vida de Julio Camba llegó el 31 de mayo de 1906, cuando su amigo el anarquista Mateo Morral lanzó desde el balcón una bomba dirigida a Alfonso XIII y Victoria Eugenia, que circulaban por la calle Mayor junto a la multitud por motivo de su boda. La bomba dejó ilesos a los reyes, pero mató a veinticinco personas. Este suceso causó un fuerte impacto en el escritor y “se llevó un gran desengaño”, explica Aser Álvarez, “así que poco a poco fue abandonando las ideas anarquistas que le habían seducido extraordinariamente en su época de juventud”. En ese momento, “nació un nuevo Julio Camba”.

Época de madurez periodística

A partir de entonces el escritor pule todavía más el tono sarcástico, ingenioso y potente de sus textos y hace de la ironía su característica particular. Su primer contrato serio es en El Mundo, periódico en el que vive el momento culmen de su carrera: aunque Camba ya era conocido, su entrada en plantilla le convierte en el periodista con más enganche del país. 

Lo que los lectores españoles querían era leer a Julio Camba

Francisco Fuster Biógrafo de Julio Camba

Allí aprovecha para hablar de los viajes que hace de vuelta a su Galicia natal, pero será realmente un cronista de viajes en 1908 cuando “por un hecho azaroso”, dice Álvarez, “durante un paseo por la madrileña plaza de Cortes con su amigo José Ortega Munilla, padre de Ortega y Gasset, se encuentra con Leopoldo Romeo y le ofrece un puesto en La Correspondencia de España para llevar la corresponsalía en Constantinopla”. Dejó el puesto a los dos meses porque no le gustó el país y, de vuelta a España, El Mundo le rescata para llevarle a París. 

Para ese entonces, los lectores españoles ya reclamaban su presencia: el día que no escribía en un periódico, llamaban a la redacción para preguntar por qué no aparecía Julio Camba en la columna. El investigador de Historia Moderna y Contemporánea y biógrafo de Julio Camba, Francisco Fuster, que recientemente obtuvo el Premio Antonio Domínguez Ortiz de Biografías por su libro Julio Camba. Una lección de periodismo, explica en una entrevista telefónica con elDiario.es que “en la etapa final de su vida, cuando volvió después de su exilio en Lisboa por la Guerra Civil, ya no quería escribir más”, y entonces el ABC, periódico en el que ya había trabajado de corresponsal y que abandonó para pasarse a El Sol, “comenzó a republicar artículos antiguos de Camba cambiándoles el título y modificándolos un poco, porque lo que los lectores querían era leer a Julio Camba”. Camba fue uno de los periodistas más reconocidos y mejor pagados de la época. 

El fenómeno Camba

“Es muy difícil desarrollar la biografía de Camba porque no escribió ningún libro de memorias ni ninguna autobiografía, y los libros que publicó en vida están muy mal editados: no se preocupó por conservar su memoria, por dejar un legado, un archivo o una fundación”, dice Fuster. “Además, era un hombre muy tímido que nunca hablaba de sí mismo ni de sus sentimientos. No hay nada para acercarse a Camba”. Solo el centenar de artículos que dejó en la herencia del periodismo español sirve para conocer al escritor gallego que revolucionó el periodismo. Aunque fuera difícil “encajarlo” en un sitio por estar “en medio de las dos grandes generaciones españolas, la del 98 y la del 14”, dice el biógrafo, “Camba formó un fenómeno” porque ningún otro periodista hacía “artículos así de cortos con un estilo tan personal, cargados de un humor y una ironía que no tenía nadie”.

El periodismo actual está repleto de Cambas, pero la prensa ya no da para vivir en el Hotel Palace

Xosé Manuel Pereiro Periodista y director de la revista gallega 'Luzes'

A pesar de su origen y sus referencias a la tierra natal, “Camba no fue un gran influyente en el periodismo gallego en ese sentido” porque “apenas escribió en gallego o en medios gallegos”, explica Fuster. Sin embargo, Xosé Manuel Pereiro, director de la revista gallega Luzes, sostiene que “lo que es muy notorio en Camba es la influencia del carácter gallego” que deja verse a través del sarcasmo de sus textos. “Defender, por ejemplo, el analfabetismo, ¡en ABC y desde Nueva York!, con el argumento de que hay más cultura en labradores o marineros analfabetos que en licenciados universitarios, no sé cómo se entendería en su época. Supongo que en ABC, muchos lo tomarían al pie de la letra. Pero hoy sus escritos tendrían que estar trufados de #IronicModeOn”, dice Pereiro. 

“Aquí, en un pasado reciente, ha habido epígonos de Camba. Quizá, el más obvio, por sus esfuerzos literarios, fue Francisco Umbral, pero se limitaba a Madrid y a ir a comprar el pan”, explica el director de Luzes, “y en Galicia, Carlos Casares, cuya columna diaria era lo más leído de La Voz de Galicia”. Pero hoy sería muy difícil vivir un fenómeno parecido en torno a una figura periodística. “El periodismo actual está repleto de Cambas, y algunos muy buenos”, dice Pereiro, pero con la diferencia de que “la prensa hoy ya no da para poder vivir en el Hotel Palace, todo el mundo centra sus esfuerzos narrativos en elaborar argumentos para sus seguidores y falta ironía. Mucha”.

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