RUIDO Y SILENCIO

Sur en el valle

El músico madrileño Quique González

Después del éxito de 'The River', el Boss se encerró en su casa para componer a oscuras su disco más íntimo y desolador que llevó por título "Nebraska"; un trabajo minimalista que Bruce Springsteen decidió sacar sin la compañía de su banda de siempre, la E Street Band. Era el mes de septiembre de 1982 y, por aquel entonces, Quique González era un micurria que le daba al balón y que no se atrevía a soñar que algún día iba a componer una de las canciones de amor más hermosas que se han escrito nunca. Me refiero a "De haberlo sabido".

Porque Quique compone con una sensibilidad que traspasa la fibra, que alcanza lo más insondable, lindes donde el corazón se envuelve en tinieblas, por decirlo a la manera de Joseph Conrad. Tal vez, por eso mismo, Enrique Urquijo quedó deslumbrado con su manera tan personal de interpretar la poesía urbana. Tanto fue así, que el cantante de Los Secretos decidió incluir su versión de "Aunque tú no lo sepas" en su segundo disco en solitario; una canción que viene inspirada por un poema de García Montero. Porque Quique González es un músico de los que leen, de los que saben que estar en contacto con otras disciplinas es tan nutritivo -o más- que estar siempre pegado a un altavoz. 

Pero lo que iba diciendo es que resulta inevitable que el nombre de Quique González aparezca siempre ligado al del cantante de Los Secretos. Hay una caída sentimental en el mismo territorio. Ambos beben de las mismas fuentes. Con todo, Quique González sólo se parece a sí mismo. Aunque la influencia de Enrique Urquijo se deje notar, también se deja notar J.J. Cale y, cómo no, el Springsteen que dejó sus canciones en los huesos para componer el disco Nebraska. En esa misma onda, Quique González grabó Salitre 48 y, ahora, veinte años después de aquello, saca un nuevo disco, en esa línea íntima, pero más maduro y pongamos que pandémico. 

Porque el trauma colectivo que estamos viviendo ha repercutido de forma poética en Quique, sacando a danzar sus demonios en este 'Sur en el valle'. Sus canciones son puentes a la noche para escuchar con las luces apagadas, para recorrerlos siguiendo las cicatrices de la memoria; el rastro de los viejos cantores del blues. Son canciones para cuando las calles se vacían de bandidos y las mascarillas vienen a cubrirnos las caras; canciones donde el poso de tristeza es inevitable, y hasta las guitarras eléctricas, tocadas con mucho gusto por Toni Brunet, se resienten con la rabia de un viento Sur que arrastra besos perdidos para siempre. 

La nostalgia, el nostos, que es atributo común a todos los humanos, sale a relucir en cada una de las canciones de este disco, como si todo hubiese sido más habitable en un pasado no muy remoto, poco antes de que la pandemia convirtiera nuestro horizonte en un paisaje herido. Hay discos que son hijos de su tiempo, se me viene a la cabeza el Sgt. Pepper´s o el primer disco de Leño, por poner un par de ejemplos. Y, por supuesto, este disco de Quique González también entraría en el saco. 

El disco se cierra con una interpretación minimalista de un poema de Kirmen Uribe, una deliciosa muestra de nostalgia acompañada por dos guitarras y un piano:

No es verdad

No he cambiado

En mis sueños siempre tienes veinte años. 

Ya puestos, baste decir que se hace imposible no cambiar, a mejor, cada vez que escuchamos las canciones de este trovador de los caminos. Por eso mismo, un nuevo disco de Quique González siempre será bien recibido.  

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