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Cultura

ENTREVISTA | Edu Galán y Dario Adanti (Mongolia)

"El discurso homófobo o machista se combate con argumentos, no con prohibiciones"

Mongolia sobre hielo, el nuevo show de la revista satírica dirigida por Edu Galán y Darío Adanti, llega al teatro significándose como un cambio de tono: es el momento de meterse con las contradicciones de la izquierda española

"Hay un sector de la izquierda que históricamente nunca fue amigo de la libertad de expresión"

"Los Morancos son la tortilla sin cebolla de la sátira política"

El espectáculo se estrena en Madrid, el 12 de octubre en los Teatros Luchana, y volverá todos los meses a partir del 19 de octubre

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Edu Galán y Darío Adanti

Edu Galán y Darío Adanti Patricia J. Garcinuño

Que Mongolia es mucho más que una revista satírica -sin mensaje alguno, dirían ellos-, es algo sabido. Es una piedra en el zapato tanto de la realidad política española como de la prensa que la retrata, y su activismo no termina en las páginas del ejemplar mensual. También se puede rastrear en las redes sociales, y sobre las tablas del teatro.

Con su primer espectáculo, Mongolia, el Musical  consiguieron mantenerse en cartel durante dos temporadas conquistando a más de 10.000 personas. Poco después, la necesaria actualización del show bautizada como Mongolia, el musical 2.0  alcanzó los 50.000 espectadores. Pero nada dura eternamente y menos si tu espectáculo de variedades está atado a la realidad política. Tras la moción de censura y el cambio de gobierno, llega Mongolia Sobre Hielo, un show en el que la diana sobre la que apuntar ya no es la misma, y el cambio de registro se hace patente. 

Esta vez, los dos responsables de la revista y creadores de la obra, Darío Adanti y Edu Galán se interpretan a sí mismos como dos empresarios de izquierdas que, viendo que el negocio de la prensa va de mal en peor, deciden montar un circo sobre hielo para sobrevivir. Pero además, también dan vida a los limpiadores de dicho circo, dos hombres de clase trabajadora, falsos autónomos y de derechas. Todo, además, a ritmo de la música Jorge Ilegal y David Morei.

Edu Galán y Darío Adanti

Edu Galán y Darío Adanti Patricia J. Garcinuño

Las cosas han cambiado mucho desde que estrenasteis Mongolia 2.0.  y los debates no son los mismos que entonces. ¿Cómo nace Mongolia sobre hielo?

Darío Adanti (DA en adelante): Surgió en realidad porque el show anterior iba mayormente contra la derecha, pero de pronto nos dimos cuenta de que con la moción de censura el país había cambiado. Parece mentira, pero de la noche a la mañana, ¡la obra se nos había quedado vieja!

Pero bueno, es lo que tiene hacer sátira. Un cómico de comedia normal puede tener un monólogo y repetirlo veinte años, pero cuando haces sátira política atada a la actualidad, tienes que ir cambiando constantemente. Así que pensamos que era el momento de hacer un show para plantear, en realidad, las contradicciones de la propia izquierda. Era fácil meterse con el PP, la Iglesia Católica o la Monarquía...

Edu Galán (EG en adelante): Y además ya lo habíamos hecho.

DA: Así que lo que hicimos fue meternos con nuestros propios problemas como izquierda. Tenemos un sketch sobre el nacionalismo, otro sobre los límites de ofenderse, porque se habla mucho de los límites del humor pero poco sobre los límites de ofendernos. También otro sobre las religiones, pero no las monoteístas o la católica sino sobre las religiones new age que tanto les gustan a la izquierda. 

EG: Budismo, chakras, anti vacunas, leche cruda... ¡Y carne cruda, la de la famosa paleodieta!

Es decir, que es un show nuevo para un nuevo escenario político.

DA: Exacto. Queremos mostrar las contradicciones que tenemos, pero sin resolverlas. Porque de eso se trata, de plantearlas. No somos políticos ni tenemos una receta mágica. Así que nos interpretamos a nosotros mismos como Darío y Edu de Mongolia, pero nos mostramos como empresarios de izquierdas que tienen a falsos autónomos a su cargo en un circo de hielo. Aunque también interpretamos a otros dos personajes, los encargados de la limpieza que son obreros de derechas. 

EG: Trabajadores de derechas que son, hay que decirlo, homófobos, racistas y desconfían de la hipocresía de los empresarios de izquierdas que les maltratan, que les explotan y que no les dan vacaciones. Creo que este escenario es muy fértil para la comedia. De hecho, nació antes del cambio de Gobierno. La presentamos en el festival Singlot cuando aún no había habido moción de censura. Pero pensamos: '¿Qué pasa si el día de mañana nos gobierna un gobierno de izquierdas?' Por algo natural de lo que son los ciclos en las democracias liberales, sabíamos que tarde o temprano iba a llegar este escenario. 

Foto Edu Galán

Edu Galán Patricia J. Garcinuño

Pero las contradicciones de la izquierda no nacen con este escenario, han estado siempre ahí, ¿no?

DA: Eso es, solo que nosotros lo planteamos en este escenario. Con respecto a la clase obrera pasa mucho. Yo mismo me encuentro cada dos por tres hablando de 'el pueblo', como si el pueblo pensara como yo. Soy parte del pueblo, pero el taxista de derechas también lo es y el que escucha fervientemente a Jiménez Losantos también.

Creo que parte del problema de la izquierda para generar un movimiento de masas, como pasó en Estados Unidos con Trump, es que como somos en realidad burgueses de clase media, pues estamos muy preocupados por las palabras y los conceptos. Nos hemos alejado del proletariado de verdad. Porque si tú, como obrero, lo que vas decir es corregir a otro obrero la forma de hablar, a partir de ahí no te va a escuchar. Y viene un Trump que habla como ellos y hace bandera de los mismos prejuicios, y terminan votándolo.

¿Y cómo creen que hemos llegado a esta situación?

DA: Mira, si lo piensas bien, la corrección política de verdad era la de la derecha. Era que no te metieras con Dios, que te rieras de los homosexuales y de las mujeres. Eso era lo correcto políticamente hace apenas unos años. Pero que ahora les permitamos que quienes hacen alarde de su estupidez se llamen a sí mismos políticamente incorrectos... Que hacer gala de sus prejuicios parezca ser punk... Eso es un error táctico de la izquierda de nuestro país.

Al final estamos con la misma historia de siempre, buscando el fuego amigo. Perdemos el tiempo buscando quién de la izquierda ha usado mal tal palabra, en vez de estar pensando como conquistamos a amplios sectores de trabajadores que en realidad siguen viviendo con prejuicios que son de la época de mi abuelo.

EG: También está la idea de que nos alejamos del objetivo constantemente. El otro día Idígoras, un artista genial, escribía en un muro en Málaga un verso de Aleixandre, poeta de la generación del 27 y gay: 'La memoria de un hombre está en sus besos'. Y le pintan encima: 'Machirulo'. Así que el artista decide borrarlo completamente. 

En ese acto no me quema la idiotez de quien pone 'machirulo' encima, que es imbécil, me quema porque es un arma más para que la derecha diga: 'mirad de lo que se preocupa la izquierda'. Ya sabemos que la derecha es absolutamente especialista en tergiversar y utilizar para su favor palabras ajenas. Lo estamos viendo ahora mismo y lo vamos a ver más: la derecha ha visto que funciona. Funciona con Trump, funciona con Salvini, funciona en Hungría… PP y Ciudadanos se están mirando en esa gentuza mientras la izquierda está debatiendo sus movidas.

Si Idígoras terminó borrando su obra de aquel muro, en cierto sentido, también pudo sentirse censurado... Hace unos días leíamos un reportaje en Infolibre en el que participaba usted, Darío, sobre la llamada 'censura líquida'. ¿Hasta qué punto cree que existe en realidad?

DA: Creo que hay un sector de la izquierda que históricamente nunca fue amigo de la libertad de expresión. Y sigue siendo así. Pero se nos suma un nuevo factor, como decía Leo Bassi el otro día, el problema es que todas las generaciones que no han tenido que luchar por la libertad de expresión no consideran que sea un valor tan importante como el que es.

La libertad de expresión no es solo para las luchas reivindicativas de la izquierda. La libertad de expresión también es para ideas nefastas, que tienen derecho a ser expresadas. Lo que no tienen derecho es a ser puestas en práctica. La Constitución tiene que asegurarse de que estas ideas no se pongan en práctica, pero debe defender que puedan ser expresadas. Porque si no dejas a estas ideas un canal de expresión, las estas convirtiendo en otra cosa: estás dándoles crédito para que se consideren en la clandestinidad. Pero esto viene de lejos, ¿eh? El cristianismo triunfó porque era una verdad perseguida por los romanos, porque si no a santo de qué…    

Entonces, ¿cree que existe de verdad una censura líquida en la izquierda de nuestro país?

DA: Pues mira, yo me encuentro mucho en las universidades gente joven que me dice convencida que cree que no todo debería expresarse. Y me viene a la cabeza, escuchando cosas así, lo que decía John Stuart Mill en 1840 sobre la verdad. La verdad, para poder reforzar su argumento, necesita que la mentira exista. Porque si ya lo damos por hecho no lo cuestionamos. Si tu prohíbes que se digan barbaridades, no las discutes con argumentos. Las ideas, por más malas que sean, tienen derecho a ser expresadas. Lo que no tienen derecho es a obligarnos a que las escuchemos. 

¿Y cómo puede ser que defendamos que exista un autobús de Hazte Oír de la misma forma que exista un Valtonyc, un Strawberry o un Willy Toledo pero, sin embargo, los que terminen en los juzgados o exiliados sean siempre estos últimos?

EG: Es evidente que existe un doble rasero distinto para la derecha que para la izquierda. Por eso yo me voy a quedar en la excepción. En la izquierda, cualquier insinuación en una canción sobre que el rey es un ladrón es interpretada casi como terrorismo. Pero esto ya lo tenemos claro, porque conocemos nuestro país y su historia. Yo quiero ir a la excepción… que es ese autobús de Hazte Oír que has mencionado. O un tuitero que dice en Twitter que a las mujeres habría que matarlas a todas. Estas cosas.

Del mismo modo que creo que los raperos tienen derecho a meterse con el orden establecido, el señor de Twitter tiene derecho a ser un maldito imbécil integral y ser recriminado y señalado por la sociedad con las vías que tenemos, reprochando tal actitud. Lo que no puede ocurrir es que terminen entre rejas, salvo si el rapero que dice que tal político merece una bala en la cabeza, o el idiota que dice que hay que matar a mujeres, tienen posibilidades reales medibles de matar políticos o mujeres.

Y comprendo la contradicción porque el rapero está haciendo arte y ahí hay mucho de lo que hablar. Pero ninguno de los dos tienen posibilidades materiales ni de poner una bomba, ni de matar a todas las mujeres.

¿Y qué ha pasado durante estos últimos años en los que hemos asistido a la judicialización de todas estas opiniones? ¿Es que nos hemos vuelto más susceptibles, o que ya no se puede afear la conducta de alguien sin terminar en el juzgado?  

EG: Es cierto que cada vez se están judicializando más este tipo de actos, pero también tenemos que pensar que hay determinadas leyes que permiten que alguien vaya al juzgado sintiéndose ofendido y su ofensa sea aceptada. En el pasado, sé que si por determinadas cosas me hubiesen mandado al juzgado me hubiesen dicho: 'pero…¿usted qué hace aquí?'. Pero ahora, todo son facilidades y así estamos. Entre que cada vez vivimos más ofendidos, la piel la tenemos más fina, y podemos llevar a alguien al juzgado por decir determinadas cosas… pues se juntan el hambre y las ganas de comer.

DA: Todos estos debates siempre son una suma de factores. A mí la ley no me preocupa tanto, en el sentido de dar facilidades para denunciar opiniones. Además, pienso que eso no será así siempre. Por ejemplo, creo que a la Ley Mordaza no le queda mucho. Estas leyes son jodidas pero hay organismos y plataformas luchando contra ellas. 

Sin embargo, sí me preocupa que determinado sector de la izquierda pida todo el rato que aquello que le molesta sea acallado. Lo que nos molesta, el discurso reaccionario, homófobo o machista, se combate con argumentos, no con prohibiciones.

Darío Adanti. Foto Patricia Garciñuno.

Darío Adanti. Patricia J. Garcinuño

¿A qué se refieren cuando hablan de la infantilización de la sociedad, o de la izquierda española?

DA: Es algo que me jode: en esta infantilización de la sociedad le estamos pidiendo al Estado constantemente que nos quite de delante aquello que nos ofende. En vez de utilizar lo que nos ofende para contraponerle lógica. Si todos estamos de acuerdo en que el Estado nos proteja de lo que nos ofende, estamos dando pie a nuevas leyes mordaza. No puede ser que cada vez que nos ofende algo vayamos en la policía.

Yo alucino con que gente a la que la policía le ha partido la cara en una manifestación luego ve como alguien hace chistes de gitanos y acude a la policía. Acude a esos que le partieron la cabeza. Pero vamos a ver: ¡la policía no lo va a usar para quitarte de delante lo que te ofende, sino para llevarte preso!

Esta infantilización de la sociedad tiene que ver con la evolución del Estado de Bienestar que nos ha permitido llegar a ser clase media, a aquellos con apellidos de clase baja. La mayoría de nosotros venía de abuelos y abuelas trabajadores, currelas con patrón que salían a defender sus derechos. Y sin embargo, ahora ya nos cuesta más tener que enfrentarnos, así que vamos al Estado a decirle que nos quite de Internet eso que nos molesta.

EG: Todo es contradictorio. Tú acércate a la Cañada Real y verás que les ofenden muy pocas cosas. Tienen otras prioridades o no tienen acceso a este tipo de debates. Estamos en este punto debido a nuestro desarrollo social y tecnológico, ok. Pero dicho esto, es frustrante que estemos ante una era en la que grandes masas de población tienen acceso a una cantidad ilimitada de información y conocimiento humano, pero nos quedemos en la mierda del Whatsapp. ¡Tienes la biblioteca de Alejandría a un puto click, y decides comunicarte con una mierda sonriente! Me frustra. Leemos empujados por las redes sociales y leemos cada vez más solo lo que nos gusta.

DA: Y justo esto está relacionado con el tema de la infantilización. Ahora que estamos todos rodeados de burbujas de opinión, cuando salimos de ellas y nos vemos expuestos a opiniones contrarias, nos parecen propias de herejes. Pensamos: mi mundo es así, y este no tiene nada que ver con mi mundo, así que a la hoguera con él. Y me ofendo. Y pierdo tiempo haciendo escraches, o pidiéndole a la policía que haga algo. Cuando realmente podemos estar tratando con un gilipollas integral que no tiene valor estructural para hacer nada, para propiciar ningún cambio.

En el show interpretan a dos responsables de un medio que para salir adelante se ven obligados a montar un circo. ¿Hasta qué punto este ambiente del que hablamos es magnificado por unos medios de comunicación que le dan pábulo a la polémica? Al fin y al cabo Mongolia también es un medio de comunicación.

EG: Nosotros somos un medio satírico: ¡buscamos la crispación! La sátira es un género literario que busca la discusión, el asco, la grosería y el cabrear a la gente. Pero por otra parte, también tenemos otra labor en Mongolia, que está en lo que hacemos en Reality News dónde se ve nuestra línea política, nuestro análisis de la realidad y nuestro ataque al poder. Siempre es mesurado y de análisis en profundidad. Y por lo que decimos en este espacio nunca jamás hemos salido en las noticias.

Entonces, ¿se puede hacer sátira sin molestar?

DA: No, no, qué va. A mí me flipa cuando nos entran en Internet para decirnos: 'se puede hacer sátira sin ofender'. No, lo que se puede hacer es humor sin ofender. Y es otro tipo de humor. Lo puedes llamar humor costumbrista, humor blanco o humor inteligente. Pero eso es humor, no sátira. No se puede hacer sátira sin ofender como no se puede escribir novela negra sin que haya un asesinato o un delito. El género satírico nacido en la Grecia Antigua, lo hace para ofender.

EG: Exacto, es como decir que se puede hacer tortilla de patatas sin cebolla.

DA: ¡Sí se puede! Sería imposible hacer tortilla sin huevos, pero sin cebolla sí se puede.

EG: ¡Que no se puede! ¡Que eso es otra cosa! Eso sería.. Los Morancos, por ejemplo. Los Morancos son la tortilla sin cebolla de la sátira política. Osea, no son sátira, son otra cosa.

DA: No estoy de acuerdo. La metáfora buena sería: hacer sátira sin que ofenda sería como hacer tortilla de patatas sin patatas. No se puede hacer sátira sin que ofenda, será otro tipo de humor. Y no se puede hacer tortilla de patatas sin patatas. Será otra cosa, no sé, una tortilla francesa, por ejemplo.

EG: Me has cabreado. Disiento porque la tortilla es mi límite del humor.   

Edu Galán y Darío Adanti

Edu Galán y Darío Adanti Patricia J. Garcinuño

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