Nota al pie
Tres días
Pocos recordaban su nombre cuando veían a Tom Noonan en la pantalla, aunque la mayoría lo reconocía al instante; sobre todo, por sus interpretaciones de villanos o personajes dudosos, de los que despiertan sospechas: Dolarhyde en Manhunter; Caín en RoboCop 2; The Ripper en El último gran héroe; Gary Jackson en Asesino oculto y el señor Ulman en La casa del diablo —entre otras—, aunque a él le habría gustado que su carrera siguiera por caminos como los de La puerta del cielo, de Michael Cimino y la igualmente recomendable Mystery Train, de Jim Jarmusch. “Me habría gustado tener más éxito como actor”, dijo una vez en una entrevista para Los Ángeles Times y, quizá por encerrar su decepción entre los muros de la ironía, añadió que tenía la sensación de que sólo le llamaban para darle trabajo cuando estaban “cambiando de canales en plena madrugada” y se lo encontraban en una película de relleno.
La creación artística no es fácil; tampoco entre los actores que tienen la suerte de trabajar de forma habitual y, en consecuencia, de cobrar habitualmente, algo que ni puede decir la mayoría de los trabajadores y trabajadoras de dicho gremio ni, desde luego, de los escritores, directores de escena, bailarines, traductores literarios y demás. Como también comentaba Noonan en la entrevista citada, tirando de la metáfora del carro de Fortuna, los “de la carroza del desfile” están “arriba, saludando y agitando la mano mientras a nosotros nos aplastan las ruedas”; y como suelen ser profesiones de vocación, se sigue adelante hasta la visita de la Parca: En el caso de Noonan, entre los guiones que escribía y la sala de teatro que fundó en la década de 1990, la Paradise Factory; en el caso del genial documentalista Frederick Wiseman, ganándose la admiración de unos cuantos y el desconocimiento general con películas como Titicut Follies, censurada durante más de veinte años por el gobierno estadounidense, Welfare, Boxing Gym y Ex Libris: La biblioteca pública de Nueva York, con la que ganó el premio de la Federación Internacional de Prensa Cinematográfica en el Festival de Venecia.
Huelga decir que sólo un puñado de afortunados —perdónenme el sarcasmo— llega el día de su muerte a periódicos y televisiones; y cuando encima coinciden en la fecha o, por lo menos, en el momento en que los medios se enteran, el tratamiento comparativo que reciben es digno de estudio sociológico. El resto pasa perfectamente desapercibido, aunque luego llegue la Historia y afirme, por ejemplo, que fue el poeta o novelista más influyente de su época; pero dejando a un lado ese tema, el recorrido anterior, esa cosa llamada vida, se parece con frecuencia al hombre de Welfare que entra una mañana en el centro de ayuda en cuestión (el Waverly Center de la Calle 14), saca el montón de documentos que lleva en el bolsillo y los acaba tirando al suelo ante la inutilidad de sus gestiones; con toda seguridad, para volver a intentarlo horas después. En mi opinión, es una pena que Wiseman, a quien Errol Morris llamó “el mejor cineasta” de Estados Unidos, no rodara un documental específico sobre la totalidad del sector creativo, tan sujeto a los problemas que aparecen en la obra del maestro bostoniano (vivienda, desempleo, burocracia, etcétera) como a los derivados del intento de vivir de su profesión.
El último de los tres días del título de este artículo fue el 18 de febrero, el del fallecimiento de Noonan; para entonces, la huella de la desaparición de Robert Duvall había ahogado ya el interés mediático por estos asuntos, y lo demás quedó en un segundo plano que el propio Duvall habría sufrido de haber coincidido su muerte con la de alguien de mayor fama. La condición humana es como es. Sin embargo, no lo he dejado para el final por eso, sino porque Duvall fue en sus comienzos, cuando aún no se había ganado el apoyo popular por sus papeles en el cine, un prototipo de compromiso con otro género, el teatro, desde su paso por la Gateway Playhouse de Bellport hasta sus estrenos del off-Broadway y el Broadway a secas. Por si lo dudan, echen un vistazo a las obras de este brevísimo resumen: El gato y el canario, de John Willard; Las brujas de Salem y Panorama desde el puente, de Arthur Miller; Soy una cámara, de John van Druten; Un tranvía llamado deseo, de Tennessee Williams; La profesión de la señora Warren, de George Bernard Shaw y American Buffalo, de David Mamet.
Si quieren honrar la memoria del gran Robert Duvall, honren por el camino a los autores que amaba (les aseguro que no hay ninguno malo en la lista anterior); si quieren honrar la de Frederick Wiseman, busquen las obras que lo convirtieron en una leyenda del documentalismo, porque sospecho que es casi un desconocido en nuestro país; si quieren honrar a Tom Noonan, acuérdense de él la próxima vez que estén cambiando de canales, plataformas o redes sociales en plena madrugada: a fin de cuentas, hasta en las obras no tan buenas hay cómicos que, como recomendó William Shakespeare por boca de Hamlet, tienen el detalle de creer de verdad que “la acción debe corresponder a la palabra, y esta a la acción, cuidando siempre de no atropellar la simplicidad de la naturaleza”.