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La heterodoxia en su agujero

Cementerio colgante de Sagada - Cementeri suspés de Sagada

Cementerio colgante de Sagada

A finales del siglo pasado hubo un momento en que los que habíamos hecho de la iconoclasia y la provocación un estilo de vida, aunque solo fuera de modo aspiracional, comenzamos a sentirnos unos fracasados. Un día nos empezamos a dar cuenta de lo ardua que se había vuelto la tarea de escandalizar. Todos los recursos expresivos que tan bien habían funcionado a lo largo de un siglo, todas las tácticas instigadoras que acostumbraban a utilizarse para épater le bourgeois, para despatarrarlo y sacarlo de sus casillas, estaban dejando de surtir efecto. Perdíamos mordiente a la carrera. Las diversas formas de ataque a la lógica imperante, desde la finta dialéctica a la irreverencia en campo abierto ya no irritaban a nadie. De repente los que nos considerábamos unos enfants terribles (todo esto no se entiende sin los franceses) empezamos a vernos a nosotros mismos como a esos perros patéticos cuyos ladridos no asustan por mucho que se desgañiten tras las verjas.

Una parte de ese fenómeno es claramente local. Por aquel entonces el franquismo, en sentido estricto, agonizaba, y con la modificación de la ley de prensa y la desaparición de la censura, con la llegada de la democracia y las libertades formales, nos volvimos incontinentes y empezamos a perder fineza. Seguramente consumimos demasiado pronto la abundante munición acumulada durante tanto tiempo, con una premura excesiva, torpemente, y es muy probable que aquellos a quienes iban dirigidas nuestras herejías nos tomaran la medida con una rapidez inusitada. También es cierto que el enemigo se había movido, se había vuelto difuso y era más difícil acertar el tiro.

Ahora bien, el fenómeno no era solo español. El fenómeno se producía también en países en los que la lucha de clases, que hasta entonces pocos ponían en duda que existiera, no había sido puesta en suspenso por ninguna debacle interna como la que hubo aquí en España. También pasaba en lugares en los que los cauces de expresión estaban bien asentados, y donde los mecanismos mediante los que la ética se transformaba en estética se habían vuelto cada vez más eficaces. En ningún otro país como en Francia, pero también en el Reino Unido, Italia o Alemania, el poder de los artistas, de los intelectuales, de los comediantes, de los humoristas, sumado al de una prensa que todavía vendía cara la piel, se manifestaba con tanta efectividad. Y sin embargo, también allí sus golpes empezaban a fallar, sus dentelladas, a perderse en el aire. Una decadencia generalizada empezaba a apoderarse del hasta entonces brioso mundo de la agitación cultural.

El proceso latente se llamaba posmodernidad, que aquí resultó especialmente ilusorio, porque confundimos eso con la modernidad pendiente, con la modernidad anhelada, espejismo que a los propósitos más o menos ocultos de la Transición fue como anillo al dedo. Pero en términos generales, lo más significativo de aquel proceso es que configuró el frente cultural no declarado del neoliberalismo. Todos los que, creyéndose progresistas, participaron à la page en los diferentes campos artísticos, lo hicieron al servicio de las estrategias neoliberales, las más de las veces sin saberlo, pero disfrutando como verracos con sus tonterías, mayormente. No hay más que repasar lo ocurrido, tanto aquí como en otras partes del mundo. Mientras el mundo se divertía destripando la modernidad ilustrada, avanzaban al galope la desindustrialización —esto como rasgo específicamente español— la privatización, la desregulación, el auge del poder financiero y la desigualdad, al tiempo que se trituraba y se borraba el rastro de toda la cultura política acumulada durante décadas, que es quizá la clave de todo el asunto.

Aquellos cineastas del pastiche, aquellos escritores de escritura plana, equívocamente realista, aquel vacuo duchampismo con sus vacuas instalaciones y performances, aquellos grupos musicales con sus nombres pretendidamente provocadores y sus letras pretendidamente transgresoras… todos aquellos maestros de la túrmix creativa, aquellos artistas y «trabajadores de la cultura» tan sospechosamente bien subvencionada por los mismos que hacía nada repartían bozales, no trasgredieron nada. La transgresión es, por definición, aquello capaz de erosionar el poder, de cruzar sus trincheras y violar el dogma férreamente custodiado. Desde principios del siglo XIX, la medida del valor transformador de una obra la daba la respuesta del público burgués. Ser repudiado por una parroquia conservadora era el máximo galardón al que cualquier intelectual inconformista podía aspirar. Buñuel se sintió halagado por la furibunda reacción de los espectadores en el estreno de Un perro andaluz, pero seguro que se habría sentido aún más satisfecho si la respuesta hubiera sido tan violenta que se hubiera visto en la necesidad de utilizar las piedras que llevaba en el bolsillo para defenderse. Todos los movimientos de vanguardia, explícitamente políticos o no, hallaban la medida de su potencial en su capacidad de molestar al poder. Desde ese punto de vista, el presente panorama cultural y buena parte del activismo huelen a fraude. Hoy no se escandaliza nadie. Si acaso, se puede conseguir armar un cierto revuelo con mucha sal gruesa (los interesados pueden pedirles la fórmula a las del coño insumiso), pero hoy los que tienen la piel más fina son los que supuestamente deberían estar trabajando en la subversión de los valores imperantes, de los valores que apuntalan el statu quo actual, que probablemente es el más perverso desde que el estado burgués empezó su andadura.

Si nos dejamos llevar por las apariencias, da la impresión de que las fuerzas dominantes se han desentendido de la construcción de su discurso, una tarea a la que siempre han dedicado grandes esfuerzos. Es como si, del mismo modo que ya no necesitan hacer uso directo de las armas para ganar sus guerras de rapiña y para conseguir lo que realmente les interesa, que es el dominio en lo económico, tampoco necesitaran ya afanarse para imponer su supremacía en lo social. Es, quizá, la parte más sutil de todo este proceso de perversión de la democracia que está en la base de la estrategia neoliberal. Son los propios dominados los que se descornan trenzando una maraña de preceptos que aseguran que nada sustancial cambie, porque lo sustancial queda fuera de foco. Se han entregado en cuerpo y alma a elaborar un código ético que no parece constreñir en demasía la acción de las élites. Si estas ya son distantes por naturaleza, encima ahora quedan difuminadas y en buena parte respaldadas por el transversalismo simplista con el que desde hace tiempo se pretende sustituir la categorización política tradicional. En Ana Botín puede que concurran elementos de transversalidad, que ella se encarga de potenciar declarándose feminista con toda la jeta, pero en la oligarquía financiera no los hay. Aplicando una visión transversal, ella brilla y el estamento que representa se vuelve difuso.

Después de haber hecho de la transversalidad su eje ideológico, visto el aguachirle que les ha salido con eso como ingrediente principal, algunos están tratando de hacer marcha atrás, pero lo tienen difícil, porque el bicho anda suelto con el beneplácito de  las autoridades y no hay quien lo pare. Así que, mientras uno decide si ha llegado ya el momento de dejarlo correr definitivamente y encerrarse en su incorrectísimo universo cultural a la espera de que todo esto se decante, por miedo a caer en algún tipo de negacionismo y se le aplique el deplatforming opta por mantenerse en el terreno del lenguaje especulativo aunque se acaben aburriendo hasta las piedras. Hoy, a quienes más teme el heterodoxo es a aquellos con los que siempre había empatizado e incluso había creído dar voz. Las complicidades han dado paso a las suspicacias. De ahí que se tiente constantemente la ropa y vaya siempre con la lengua y las ideas embridadas. De ahí que el de la cultura sea hoy un mundo tan desabrido y poco estimulante, abarrotado como está de escribas de la unanimidad, orfebres del eufemismo, afinadores de tópicos, bruñidores de tabús, forjadores de culpas, centinelas del dogma y virtuosos de la salmodia. Sin duda, los iconoclastas del futuro van a tener con qué pasárselo pipa, pero hoy es prácticamente imposible hacer frente a semejante beaterio en pleno fervor creativo. Lo que sí se puede constatar ya es que, al amparo de sus obras, los que ayer tenían el poder no solo lo siguen teniendo, sino que ven reforzada día a día su prevalencia.

Que la heterodoxia haya desaparecido y que cuando aparece de manera esporádica se la identifique automáticamente con una supuesta reacción es una muy mala señal. La heterodoxia es inherente a todos los movimientos realmente transformadores. Hasta ahora, esos movimientos se volvían conservadores a partir del momento en que alcanzaban la hegemonía y solo si la alcanzaban. Puede que las fuerzas que formaban parte de ellos ya tuvieran su código ético escrito, pero en su trayecto emancipador nunca han podido prescindir de la heterodoxia como herramienta para erosionar al poder establecido. A los heterodoxos se les pedía que depusieran sus armas después, ya fueran estas una máquina de escribir, unos pinceles o un piano. Lo anómalo, y no sé si inédito en la historia de Occidente, es que alguien pretenda alcanzar la hegemonía mediante una asfixiante ortodoxia apriorística, pero eso es lo que parece estar pasando. Simultáneamente, no hay un solo partido político considerado de izquierdas —algunos tratan de recuperar una terminología que seguramente nunca deberían haber abandonado— que sepa definir con claridad su horizonte utópico más allá de cuatro generalidades, aunque, por supuesto, en ningún momento se muestran dubitativos. A eso se le llamaba en tiempos saber poner cara de velocidad por parte de los que no iban a ningún lado. Parece todo cosa de mentecatos, por eso uno sospecha a veces que estamos asistiendo a la continuación o a la reedición de aquella tomadura de pelo que fue la posmodernidad, y que, bajo la apariencia de grandes discursos transformadores, nos encontramos, una vez más, protagonizando una gran farsa que invisibiliza los problemas de fondo, esos que de verdad, de verdad de la buena, determinan el devenir de la historia.

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