La agónica espera de Mouhamed, Fatna y sus dos hijos enfermos alojados en un aula de informática en Ceuta
En el pasillo exterior que hay a la entrada del Centro San Antonio, donde la Fundación Cardjn aloja a personas migrantes en Ceuta, pasan la tarde sentados Mouhamed y Mounder Maboute. El primero, padre del segundo, le hace carantoñas, le coge su pequeña mano agarrotada. Mounder, con una severa parálisis cerebral, sonríe. Lo vuelve a hacer cuando una chica trans también alojada en el espacio que gestiona la Fundación pasa a su lado y contonea el pelo. El niño solo tiene tres años y ya es hermano mayor de una bebé, Laian, que nació en Ceuta hace apenas unas semanas con graves complicaciones en los riñones y también problemas óseos en las caderas, por lo que permanece postrada en el aula de informática del centro de acogida donde la familia espera una respuesta a su solicitud de asilo y un lugar donde vivir en mejores condiciones.
Con ayuda de una joven que habla inglés y árabe, Mouhamed Maboute atiende a elDiario.es. Al rato se incorpora a la charla su esposa, Fatna El Bidi, jovencísima madre de tan solo 21 años que llega de ser atendida en el Hospital Universitario de la localidad.
Naturales de Larache, acudían con el pequeño Mounder a un médico en la ciudad marroquí de Mequínez. La gravedad de los problemas del niño les llevaron a tomar una decisión drástica. Debían cruzar a Ceuta: “Antes no nos lo habíamos planteado. Estábamos yendo al médico con el niño y seguíamos su tratamiento, pero llegó un momento en que en Marruecos ”se había acabado su medicación“ y él necesita tomarla todos los días. ”La única opción que nos quedaba era venir a España, solo así podría salvarlo. Si no, iba a morir“, cuenta con crudeza Mouhamed.
En su caso, que entraran el día 30 de julio —cuando a Ceuta llegaron decenas de miles de personas desde Marruecos— fue mera coincidencia y necesidad. La operación no era sencilla, Fatna estaba embarazada y Mounder no puede caminar, mucho menos nadar. Ella se lanzó al mar, detrás fue él, con el pequeño en brazos “envuelto en un plástico”. Tuvo que llevarlo por el agua sobre su cabeza, sorteando el espigón del Tarajal: “Confiamos en dios y no nos quedaba otra alternativa. Llegábamos vivos o moríamos en el intento”, insisten.
Agradecen además que la Guardia Civil les socorriese cuando estaban cerca de tocar tierra. “Nos ayudaron. Cuando abrieron el plástico y vieron el estado del pequeño, se quedaron sorprendidos”, recuerdan. A Mounder se lo llevaron al hospital y sus padres deambularon por el centro de la localidad. Ya con el niño de regreso junto a ellos tuvieron que dormir en la calle, comiendo de lo que les daba la gente, y cuando les sacaron de la zona más céntrica, acudieron a “un espacio boscoso”. Pronto se corrió la voz de que había un campamento para mujeres en Sidi Embarek, organizado por los propios vecinos.
Allí estuvieron durante tres días, recibiendo ropa y alimento de donaciones, hasta que finalmente, a través de Cáritas, fueron llevados al espacio de San Antonio, donde usan como dormitorio el aula de informática. La gestora del espacio, Nayat Abdeselam, alerta de la situación de colapso de un centro que normalmente tiene 16 plazas y que ahora mismo acoge a más de 50 personas y ha llegado a superar el centenar en los últimos meses.
“Hemos tenido que dejar de dar los cursos de formación que hacíamos y usar las aulas como habitaciones”, detalla. El perfil de los usuarios ha ido evolucionando desde el pasado 30 de julio hasta esta misma semana, cuando se cumplen tres meses del aluvión de entradas a la localidad. “En un principio hemos ido atendiendo a quien iba apareciendo, sobre todo jóvenes, algunos menores de edad y otros mayores, entre 14 y 30 años”. De ese primer perfil, la asistencia pasó a centrarse poco a poco en personas especialmente vulnerables: “Comenzaron a llegar personas del colectivo LGTBI a través de Andalucía y Ceuta Acoge. Poco a poco se ha ido corriendo la voz y han llegado más. Vieron que había mucha necesidad porque esta gente estaba sufriendo acoso y agresiones en la calle”, agrega la responsable del centro.
Ella pone el acento en los casos vulnerables. Uno de los más extremos es el de la familia de Mouhamed y Fatna, que ya llevan en San Antonio más de dos meses. Allí pueden contar con un espacio donde estar junto al pequeño Mounder que, además, dispone de su medicación diariamente. Justo el motivo que llevo a la familia a arriesgarlo todo para cruzar a España.
Sin embargo, al dar a luz de nuevo Fatna —hace apenas unas semanas—, surgió un nuevo inconveniente. “Cuando nació, nos dijeron que la bebé tenía un problema en el riñón y otro en las caderas. La llevaron a Cádiz para hacerle otras pruebas y después volvió aquí”, explica su padre. La niña, desde entonces, no ha podido salir del aula de informática, dado su precario estado de salud.
A pesar de las pruebas que le hicieron a la recién nacida en la localidad gaditana, no surgieron soluciones a sus problemas de salud: “Tras unos días, les dijeron que no podían hacer más por ellas y que tenían que acudir a una asociación para que las ayudara a regresar a Ceuta”, abunda Mouhamed.
Sin una solución habitacional en la que puedan vivir solos y atender a los pequeños, justo lo que reclama para ellos la representante de Cardjn, Nayat Abdeselam, ambos pasan los días en San Antonio cuidando a los bebés mientras esperan a que la petición de asilo salga resuelta de forma favorable. “Durante la entrevista nos dijeron que teníamos muchas posibilidades por nuestra situación, por lo que le ocurre a mi hijo. Nos daban un 95% de opciones”, celebran, asumiendo que el futuro vital de sus hijos solo pasa por permanecer en España y que reciban atención médica adecuada.
La esperanza aparece también en la conversación con Adeselam. Ella cuenta que los usuarios tienen “miedo a ser devueltos sin procedimiento”, algo que está sucediendo, según denuncian diversas ONG. Por el momento, en el caso de las personas del colectivo LGTBI, “los asilos están saliendo favorables”, confirma la mujer, que cifra en seis los expedientes ya resueltos. Ellos mismos, desde San Antonio, han llevado a las personas migrantes al Centro de Atención Temporal (CATE) a que sean filiadas e inicien los trámites. En el caso de los menores, los han ido trasladando a espacios de la Ciudad Autónoma, responsable de su tutela, “según han ido abriendo emplazamientos”.
Los ánimos, entre los más jóvenes, permanecen altos. “Esperan ansiosos a entrar a un centro, saben que al final del túnel hay luz”. Sin embargo, las cosas están más difíciles para los adultos. “Hemos tenido algunos que se han ido voluntariamente a Marruecos porque sabían que no tenían opciones”, resume Adbeselam, que ha llevado a una abogada al centro para que explique todos los pormenores a las personas migrantes que, como la familia de Mouhamed y Fatna, aguardan entre enormes dificultades a que se presente ante ellos un futuro más prometedor.
0