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Un GPS perdido y ventanillas bajadas para escuchar los drones: reflexiones desde el asiento trasero de un coche en dirección al Donbás

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Escribo esta primera entrega del nuevo boletín de Desalambre en un coche de camino hacia Donetsk (Donbás). Desde el asiento trasero miro por la ventana y veo largas extensiones de tierra cubiertas de nieve.

El fotoperiodista Jairo Vargas que me acompaña y nuestro fixer en esta cobertura (productor local y traductor que prefiere mantener su anonimato), discuten con el GPS mientras intentan localizar en el mapa la ruta escogida: la más larga y en mal estado, pero con menor riesgo de encontrarnos con el enjambre de drones rusos ya habitual en algunas de las carreteras que conectan con las principales ciudades del Donbás que aún permanecen en manos ucranianas, Kramatorsk y Sloviansk. Queremos hablar con la población civil que permanece en algunos pueblos de la retaguardia del Donbás, el territorio que Vladímir Putin exige en su totalidad en las negociaciones de paz. Preguntarles por qué se quedan y cómo se sienten a medida que el frente se aproxima. 

“El frente ya no es una línea”

Jairo y nuestro fixer pasan del enfado a la risa mientras observan el mapa porque nos sitúa en Chicago, cuando realmente estamos en el sur de la región de Járkov (Ucrania), a punto de entrar en el óblast de Donetsk. La nueva era de la guerra electrónica, en la que ambos bandos bloquean la señal para intentar desactivar el vuelo de drones enemigos, también se nota en tareas del día a día como tratar de orientarse con un GPS. 

“Estamos llegando a Lozová. A partir de aquí, la carretera es más complicada y empieza a haber un poco más de riesgo de drones FPV”, avisa el fixer. Bajamos las ventanillas para, en caso de aproximación de dron, tener posibilidad de escucharlo y actuar en consecuencia. Nos quitamos los cinturones, para estar liberados si fuese necesario salir del coche a la carrera. No se oye artillería, no se observan ni se escuchan drones y todo parece tranquilo. Estamos lejos del frente y no se siente la peligrosidad, pero el problema son esos pequeños drones de ataque, los FPV, aparatos que apenas se escuchan cuando ya están demasiado cerca. 

Hacía tres años que no volvía a Ucrania. Aunque había viajado al país en dos ocasiones, en abril de 2022 y en febrero de 2023, para cubrir las consecuencias del conflicto, imaginaba que iba a encontrarme un país diferente. Me lo habían advertido compañeros que llevan años presentes en el país: era más peligroso trabajar en las zonas próximas al frente, más difícil y los ucranianos estaban ya agotados en el cuarto aniversario del conflicto. Aquí he entendido hasta qué punto ha cambiado. 

Pensaba en ello en el tren nocturno con el que Jairo Vargas y yo entramos esta vez a Ucrania, uno de los trenes ucranianos que no han dejado de funcionar pese a la guerra. En la misma cabina en la que viajábamos iba Volodymir Fesenko, reconocido politólogo ucraniano que regresaba de la Conferencia de Seguridad de Múnich: “El frente ya no es una línea, ahora el frente de guerra se ha extendido. Todo es más peligroso. Tened mucho cuidado si os acercáis”.

“¿Qué podemos hacer?”

Hace tres años, la intensidad y constancia del rugido de la artillería aún dictaba la tensión de la población. Ahora, en determinadas zonas aparentemente tranquilas llegan los drones FPV y hay que recordarse a uno mismo estar alerta sin estruendos que te obliguen a ello. 

Esa tensión tiene un coste. El otro día estábamos en una posición de los soldados ucranianos a 15 kilómetros del frente y, cualquier sonido, les hacía parar en seco y mirar hacia el cielo. El desprendimiento de pequeños fragmentos de hielo desde los árboles provocaban sonidos que les empujaban a comprobar su origen. “Vives en ansiedad constante”, nos dijo uno de los soldados del batallón. 

He encontrado una Ucrania más harta y cansada de una guerra que creyeron corta y se adentra en su quinto año, a la que le hablan de unas negociaciones de paz de las que desconfían. Casi todas las veces que hemos preguntado a alguien por ellas, se ríen. Anna se reía nerviosa en un centro cultural de Járkov. Ella proviene de Bajmut, la ciudad arrasada por largas batallas que acabó en manos rusas. En una conversación de paz, cada parte tiene que ceder, pero para Anna la cesión es demasiado grande. Ha asimilado que no volverá a su ciudad, pero teme que cumplir las exigencias de Rusia acarreen una pérdida mayor: “Donbás es una fortaleza, si se le entrega, Putin querrá más”, dice la joven. Perdió su hogar de infancia, en Bajmut, pero no quiere perder el hogar que ha creado junto a su pareja en la ciudad de Járkov. 

Esta guerra ya acumula el número de años suficientes para marcar la vida de cientos de miles de personas. Hablo no solo de las consecuencias más evidentes, como el trauma, el dolor por la pérdida de familiares o viviendas construidas con el trabajo de décadas. Ahora hablo de aquellas decisiones irreversibles tomadas al calor de la invasión o esas etapas vitales que no vuelven, robadas por la contienda. Anna y su pareja querían tener hijos, pero la mujer cuenta que han decidido no tenerlos. No aquí, no así. Nina se había esforzado mucho para ser diseñadora en una importante empresa y ahora pasa sus semanas atendiendo las sangrientas heridas de guerra de los soldados recién salidos del frente. Nos lo cuenta ojerosa, pero orgullosa. “Podía estar en Noruega con mi familia, pero decidí volver y estar aquí”, cuenta la mujer, alistada en el ejército de manera voluntaria

Me he encontrado cansancio, pero también adaptación. “Qué podemos hacer”, nos responden cuando lo señalamos con sorpresa. La adaptación de quien, desde la cama, bajo el ruido de las sirenas, comprueba en los canales de Telegram la dirección de los misiles y drones que han hecho saltar la alerta. También la de aquellos que conviven con cortes de electricidad constantes y organizan sus días en función de las horas de luz.

20 grados bajo cero sin calefacción

A lo que uno no se puede acostumbrar es al frío que hizo en Kiev hace unas semanas, que alcanzó mínimas de 20 grados bajo cero en un momento de profunda crisis energética provocada por los bombardeos rusos. “Intentas hacer lo que puedes para calentarte, para no morir congelada, pero el cuerpo nunca llega a calentarse del todo”, explicaba Victoria en una de las carpas con calefacción levantadas por la ciudad. Llevaba sin calefacción más de un mes. Yo acababa de quitarme un guante para grabar un vídeo a las puertas de la misma tienda de campaña y, en cuestión de minutos, empecé a sentir rigidez y cuchillos en mis manos. Miro a Victoria y me pregunto cómo puede aguantar. Me trago mi reacción porque, como suelen decirnos, qué pueden hacer más que aguantar. 

Mientras recorremos las destartaladas carreteras secundarias que dan acceso a Donetsk, Jairo reflexionaba sobre esa adaptación del país, pero en un sentido distinto:

“La sensación es la de un país cuyos ciudadanos se han adaptado a la desidia de la guerra, a la provisionalidad, a no hacer planes. Sobre todo cuando más te acercas al frente. Pero al mismo tiempo resulta sorprendente transitar las carreteras de la región de Donetsk, donde los baches no dan tregua, tanto a los vehículos civiles como a los militares o las ambulancias. No es culpa de los bombardeos rusos, es simplemente una dejadez difícil de comprender si se piensa que son las vías de abastecimiento en la retaguardia del frente del donbás, cada vez más menguante”. 

El mayor hartazgo se da en los hombres en edad militar que no quieren ir al frente. Ahora hay indignación. Muchos viven escondidos y observan con rabia la detención de personas por parte de las fuerzas armadas ucranianas en el marco del reclutamiento forzado. Estamos intentando hablar con alguno de ellos, pero de momento no han accedido. 

Cada día, nuestro fixer nos muestra vídeos de una nueva detención en su ciudad, Odesa. Añado su reflexión literal:

 “Los ucranianos están acostumbrados a los bombardeos, pero noto un cambio en la población. Una especie de segundo frente que se ha abierto en el interior, en la retaguardia. Se pueden mantener las posiciones, se puede no perder la guerra en el frente, pero dentro del propio país cada vez hay más rechazo a los reclutamientos forzados y las detenciones de civiles que intentan no ir a la guerra. El hecho de que cada vez hay más gente que no quiere ir al frente, sumado al impacto económico, la corrupción y el desgaste de la crisis energética puede hacer que se pierda la guerra aunque se mantengan las posiciones del frente. Temo que al final perdamos la guerra por esa razón”. 

Hay una frase que he escuchado en las tres coberturas realizadas en Ucrania. “Al menos pronto llegará la primavera”, me ha dicho en algún momento alguna de las mujeres mayores entrevistadas. Lo dicen en el sentido más literal, porque tras los largos y duros inviernos ucranianos, la mera primavera se convierte en una motivación: ante la imposibilidad de planificar nada, al menos la primavera siempre llega. Yo, cubierta de capas y capas de ropa, leo las noticias del frente y miro a mi alrededor, con todo helado y nevado y, aunque no diviso primavera alguna que parezca acercarse, confío en lo que me dice una señora ucraniana que sonríe mientras calienta mis manos frías con las suyas.

Muchas gracias por llegar hasta aquí.

Te mandaré este boletín cada dos jueves.

¡Hasta la próxima!