Oltra en 2027
Si nos ocuparamos de la magnitud espacio/tiempo, que no es el caso, se diría que en el Cap i Casal hemos regresado a 2015 once años después. Lo digo porque Mónica Oltra ha aceptado encabezar la lista de Compromís al ayuntamiento de Valencia en las próximas elecciones. Sólo faltaría que Ximo Puig, en una carambola cósmica, redondeara el circuito espacio/temporal y se añadiera a la nueva ecuación desde la Casa Gran. Una vuelta al pasado y al futuro a la vez. Sabido es que el tiempo corre más lento si estás en movimiento. Y Mónica Oltra se detuvo, o la detuvieron, hace ya un lustro, si no me equivoco: su silencio desde entonces ha sido el silencio de muchos más. Tampoco es que 2015 -el triunfo de la izquierda- sucediera justo en ese año, sino en 2011, cuando el despertar de las movilizaciones del 15-M, aquella especie de movimiento sesentayochista que explosionó cuatro años más tarde en unas elecciones que acabaron con el bipartidismo y casi derriban al PSOE. Aquí auparon a Oltra y a Puig. 2015 fue en realidad un 2011 retrasado. No siempre el calendario cronológico coincide con el calendario de las circunstancias sociales o de los imaginarios colectivos. El siglo XX, por ejemplo, no se detuvo en el año 2000 sino que desapareció antes, con la caida del muro, metáfora robusta de muchas otras caídas individuales e ideológicas, y tampoco empezó en 1900 sino en 1871, con la revolución obrera en Francia, o bien en 1917 con la Revolución de Octubre (o la Revolución de Febrero y golpe de estado de Octubre): los historiadores tiran hacia aquí o hacia allá según sus prejuicios o sus desvelos o sus ideologías. Sí, 2015 fue en realidad 2011, su último y mayor coletazo. Es como si aquellos “indignados” de melenas al viento hubieran detenido el tiempo, o lo hubieran dilatado como un chicle hasta la sacudida electoral. En cambio, uno diría que 2027 no parece que vaya a emular a aquel año de mayos floridos y cambios hondos. Aún así, para empezar a medir hay que establecer primero una unidad de medida, y por el momento esa función la cumple Mónica Oltra. La exvice encarnará, en este nuevo compromiso público, la medida de todas las cosas: la medida de las cosas a la izquierda del PSOE, claro. Y para lograrlo, después de años sin voz, se habrá de procurar un nuevo lenguaje, que no puede ser el mismo que el de 2015 por razones obvias: el mundo está en “shock” y la mutación ha sido severa. Hay otras prioridades: la defensa de la democracia, la primera. Ya lo dijo Sófocles en Antígona: “Los hombres se procuran el habla”, que es como si el lenguaje fuera ajeno a los humanos, externo a ellos, y hubiera que inventarlo, o apropiárselo. No. No nos hallamos en 2015 (ni en 2011, como venimos sosteniendo). La eclosión de aquel malestar que disparó la crisis sofocante de 2007-2008 y que se adensó en la izquierda del PSOE no corre por las mismas arterias del mapa español en la actualidad. Transcurre al revés: la eclosión la protagonizan las derechas a la derecha del PP y la crítica al orden social de las corrientes derivadas de los comunitarismos va expirando entre muy diversos desconsuelos. Es cierto que Compromís, aquí, mantiene su fuerza en clara contradicción con sus “homólogos”, lo que invita a reflexionar sobre la naturaleza de sus diferencias con esas organizaciones “paralelas” nacionales a las que en ocasiones se ha sumado, y a analizar también la causa según la cual mientras éstas agonizan Compromís supera la catástrofe: todo un proscenio de signos desde el cual lo “verde” y la “protección” de las clases medias urbanas legitiman gran parte de su peso electoral sin desplazare por el tobogán atroz de las pérdidas irreconciliables. (Y si Compromís mantiene el músculo y esa izquierda está en regresión, ¿la suma, si la hay, será feliz?). Pero esas clases medias urbanas, que se deben a su naturaleza orgánica -refractarias por tanto a calamidades económicas y sociales- andaban bien relacionadas con Ribó, y Ribó está más cerca de la Revolución de Julio (1830) francesa que de la Comuna de Paris (1871), el primer gobierno obrero de la historia. Digo en las apariencias: parecerlo y serlo no siempre van de la mano. Nuevo lenguaje para un nuevo marco referencial. Y el lenguaje actual que penetra es el de los nuevos absolutismos, el discurso enloquecido que pone en tela de juicio la democracia. Oltra habrá de recuperar el suyo, ya digo, tras años de afonías, pero uno duda que pueda ser ya el mismo que el de aquellas primaveras donde los sueños hacían enloquecer las ortodoxias. La sugerencia de una prohibición a la acumulación de fortunas individuales en un techo de cinco millones o de cinco casas -leo a Alfons García- lanzada por la exvice es un tanto claustrofóbica, y no sé yo si contrariará a esos sectores urbanos de los que hablamos. En todo caso, el barómetro igualitario proviene a veces del esquema primario de la cantidad fija, que es el de la riqueza como un asunto finito: el cadáver del antílope que ha de repartirse desde un sistema de suma cero, de modo que si alguien acaba teniendo más porciones otros habrán de tener menos. Esta idea la sepultó la Revolución Industrial, y Frankfurt, el pensador que murió hace unos años, ya apuntaló que la desigualdad no es lo censurable, lo censurable es la pobreza. Bueno, da igual. No estamos en eso. La cuestión es que hay que tomar el pulso de la época, que ya no es aquella de los anhelos y las flores, me parece a mi. “Uno se siente libre, allí en las montañas”, escribía Eliot cuando comenzaban a gestarse los totalitarismos y se engendraban los movimientos de masas. “Libertad, para qué?” le contestaba Lenin a Fernando de los Ríos por esos mismos años. Como en los tiempos de Eliot, atisbamos hoy las teorías de la decadencia y a los Max Weber del desencantamiento, a los partidarios de las fuerzas ocultas y a los defensores de la libertad, a los prosélitos del dinero como origen del mundo y a los defensores del humanismo, a los garantes de los valores liberales de la sociedad civil y a los guardianes los “ismos” totalitarios. El eterno duelismo parece regresar a bordo de ordenadores y móviles. O también podemos pensar, más domésticamente, que el mundo vive una mala comedia, que fue lo mismo que pensó Proust cuando, al salir de un concierto, Joyce le confesó en el taxi que no había leído nada suyo. Qué frustración. Una mala comedia, el mundo. Una mala comedia dramática e impertinente.
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