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Apaga y vámonos

Declives democráticos

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De repente, el electorado se vio y se ve arrastrado hacia los populismos de las derechas ultras y de las izquierdas ultras, que nacen, crecen y se desarrollan -sólo alguno parece morir- por culpa, sobre todo, de los partidos centrales del sistema, que evaden la función última que se les ha encomendado. De acuerdo: existen más factores fácticos que propician la musculatura gigantesca que cobran los populismos actuales. Las dinámicas económicas y sus frustraciones domésticas, las pulsiones morales, las fuerzas dueñas ya de la narrativa global según la cual las eficiencias tecnológicas superan y relevan las soberanías formales. Todo eso está bien. Pero no olvidemos que son los partidos democráticos los que dibujan los ejes sociales, lo que encauzan el juego, los que regulan y han de taponar la posibilidad de que las fugas antidemocráticas adquieran vigor hasta convertirse en fuerzas medulares. Los que han de generar bienestar ciudadano para evitar que la ciudadanía siga a los flautistas de Hamelin que cultivan retóricas ultras porque los principales partidos no les resuelven los problemas cotidianos ni les ofrecen perspectivas ilusionantes de vida. El populismo de izquierdas, hoy en declive por razones que no vienen ahora al caso, es una ensalada aliñada con esas corrientes que Habermas, recientemente fallecido, denominaba “el fascismo de izquierdas”, y su función suele pender de una paradoja: las fuerzas que lo integran no suelen ser conscientes de la hidra antipluralista y prohibicionista que alojan. Piensan que son la modernez última de todas las moderneces últimas del planeta tierra. Por su parte, los populismos de derechas, tan vigorosos en la actualidad, están alimentados por el neorreaccionarismo que bebe de Maistre, Spengler o de Carl Schmitt, y su singularidad es que ya no tratan de sustituir a la democracia sino de desacreditarla y vaciarla, amparados en la doctrina de la eficacia tecnológica y de la virtud del algoritmo: la democracia es una fórmula política vieja, lenta y pesada, que ya no resuelve conflictos ni es capaz de ordenar la nueva sociedad. Está superada y es decadente. Sólo las fuerzas retardatarias -democráticas- impiden que el “nuevo orden” gobierne el mundo. El rechazo de la colectividad deliberativa es sutituido por un  “bienvenido el control tecnocrático”. Los populismos, de un espectro y de otro, tienen en común el hecho de torpedear las instituciones democráticas. Unos, bajo el estímulo de que son meros ingredientes del liberalismo y de las revoluciones burguesas. Otros, porque ya no las necesitan en su marcha hacia el autoritarismo: las instituciones democráticas representan el espacio público, el diálogo, la duda, el desacuerdo, y por tanto obstaculizan su idea de dominio, de homogeneización y de uniformidad. De verticalidad. Ya digo: para que ambos populismos -uno más que otro, el ebrio de poder es el de ultraderecha- emergan en la superficie del sistema y cobren musculatura hace falta algo más que una depresión económica, una frustrada esperanza de futuro o una debacle moral. Hace falta que las organizaciones políticas centrales encargadas por la ciudadanía de gestionar sus intereses sociales, sus haciendas y sus vidas, y de facilitarle una perspectiva optimista, fracasen en su tarea. Porque la irrupción poderosa de las corrientes antidemocráticas desde el subsuelo de la postguerra -en el caso de los populismos de derechas- tienen su raíz en las enormes grietas que dejan los partidos democráticos, más pendientes de reforzarse o reforzar sus círculos próximos y más atentos a las victorias o derrotas electorales inmediatas que de administrar a medio y largo plazo las cuestiones básicas del personal y de subsanar sus miedos. Y eso crea desafección. Y la desafección engorda los populismos, sobre todo el de ultraderecha que es el más activo hoy. Los partidos centrales del sistema se muestran incapaces de blindar la democracia como principal objetivo ante la gran ofensiva de los neorreaccionarismos que aúnan en el mismo campo de pensamiento las teorías conspirativas, la idea de que los algoritmos acabaran con los problemas domésticos y cultivarán un futuro mejor y de que las formas representativas son viejas y ya no sirven, ya lo enseña el doctor Gradolí en lo que él denomina el Tecnoabsolutismo. La democracia significa duda, constante deliberación, desequilibrio, diversidad, pluralismo, imperfección, complejidad. Justo lo que intentan los nuevos conservadurismos. La única tarea de los partidos democráticos, por tanto, sería la de plantar cara al veneno que no cesa de corroer la democracia y las instituciones democráticas. Lo que hacen las fuerzas democráticas es todo lo contrario. Se dirían que colaboran con esas potencias destructoras. Nunca se ponen de acuerdo. Pelean hasta por una pajita en el ojo. Pongo un ejemplo de descrédito de la misma política representativa propiciado por los partidos democráticos en claro respaldo indirecto hacia las nuevas formas de autoritarismo. El “lawfare”, o sea, el uso de la justicia con fines políticos para desacreditar al adversario, cuya foto última es “la pena del telediario”. El método lo ha utilizado y lo utiliza la derecha y la izquierda pese a saber como se sabe que constituye un arma de combustión lenta que actúa contra la misma política y sus formas representativas, pues se traslada a los órganos del Estado deliberaciones que acaban por lapidar la naturaleza misma de la discusión pública parlamentaria. La práctica utilizada por la derecha y la izquierda ya la han aprendido grupos como Manos Limpias y otros de la misma órbita y juegan a diario con ese procedimiento lastrante que carcome la política e inhabilita a los políticos por cualquier zarandaja. En el pecado llevan la penitencia. No viene ahora al caso citar nombres que han sufrido y sufren los coletazos de esa instrumentalización funesta: la lista sería enorme. Son del todo conocidos. La fórmula mina la democracia porque contiene un componente tóxico antiinstitucional: infla y otorga más supremacía a unas instituciones -los aparatos judiciales, etc- a cambio de enflaquecer la legitimación representativa en una pérdida de autoridad constante. También en esa judicialización innecesaria los partidos centrales “ayudan” a los populismos a vaciar la democracia.

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