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CV Opinión cintillo

Apaga y vámonos

La vía de la felicidad

Una persona transita por la estación Joaquín Sorolla de València.

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Hay profesionales de la queja, del descontento y la protesta, como hay profesionales especializados en los más prosaicos detalles de la enésima reunión entre Diderot, D’Alembert y el barón d’Holbach en el salón de la “madame” Julie de Laspiness. O como hay profesionales expertos en la interextualización lingüística aplicada a la cumbre de Davos de principios del XX entre Heidegger y Cassirer, ese duelo al sol de aquel siglo XX problemático y febril. Pero eso es ya otro asunto. Mucho más elevado, el asunto. El problema de los profesionales de la queja es que la conceptualizan, la liberan de la materia, la abstraen y la situan en otro plano, y entonces en lugar de una queja fundada se nos aparece una patata. Es lo que viene a decir Salva Enguix en sus “Periferias Mudas”, a un lado en la presentación oficial Enric Juliana y al otro lado Joan Romero (que ya es como un ser omnisciente, Romero): tanta historia y tanta saliva gastada, tanto modelo teórico y tanta política (o no política) y resulta que estamos por aquí casi peor que estábamos. O desde luego no estamos como deberíamos estar. Otras autonomías, sí. Cuestión de peso y fortaleza. Pero nosotros, liliputs periféricos, nos hallamos en medio de una recentralización que nos alancea y alancea aprovechandose de nuestra fragilidad. De ahí que haya que cambiar de “chip” y reorganizar estrategias y mentes hacia posiciones más realistas (no digo conformistas, ni resignadas: realistas) a fin de evitar agonías y amarguras, que ya está bien. ¿Y si en lugar de ser “algo”, lo que sea, optamos por no ser “nada”? Ya nos pasó con la vertebración valenciana. Seguimos invertebrados y nadie se queja ya de lo invertebrados que estamos. O que somos. Pues igual.

La verdad es que llevamos desde los años sesenta del XX abrazados al victimismo y la reivindicación, según como se mire, es decir, habitamos en una larga aflicción orgánica provocada por las ilusiones cegadas y las esperanzas a medio frustrar. Y la cosa no parece que tenga remedio. Así que la propuesta es sana: ahora toca divertirse. ¿Para qué tanto automartirio, y autoodio y autonosequé si vamos de fracaso en fracaso hasta el fracaso final? No hubo Renaixença como mandaban los cánones catalanes de la Renaixença (por eso se sabe que la de aquí fue deficiente, hay que establecer analogías para identificar la auténtica función o disfunción de un fenómeno). Después hubo una efervescencia intelectual de impugnaciones a las historias oficiales y de exigencias de singularidad bajo el paraguas fusteriano y sus paraguas epígonos. Después hubo gritos políticos y callejeros -lo intelectual transformado en acción- en los setenta y en la Transición. Después de la Transición, hubo formas políticas institucionalizadas autonómicas y una progresión competencial algo digna. Pero los avances siempre se han acompasado con los sujetos victimistas y reivindicativos, pues siempre se pedía más tarta y más poder. Era una satisfacción algo bastarda. Y ahora, ya se ve, han pasado los años y estamos más o menos igual, como viene a decir Enguix: con el descontento a cuestas. O sea, que para ir a Sevilla en AVE hay que pasar por Madrid, como ha comprobado Salvador Vendrell empíricamente. (Una metáfora rotunda, ésta del AVE, que debería incorporar Angels Gregori en la ampliación de su poemario “Deberíamos quedarnos en casa” para evitar frustraciones supernumerarias). Es decir, que ni la retórica ni la política ni la intelectualidad ni los poemarios de Estellés ni las “manis” ni las voces ni las músicas ni las letras han servido para abandonar la mudez y la dependencia, a tenor de los libros que se escriben y de las protestas políticas y empresariales que se vienen dando. Al revés. Madrid cada vez posee más voz y la CV está igual de afónica. La intelectualidad de izquierdas, ante ese trance desgraciado, salva la gestualidad de Ximo Puig. Y si no salva la gestualidad de Morera o de Baldoví esa misma intelectualidad -que es muy suya la intelectualidad y un tanto prosélita-, pues los salvo yo. Pérez Llorca acaba de entrar en el Palau, y no sabe uno si tendrá intelectualidad o no, pero lo cierto es que el proceso recentralizador, empezando por los partidos de implantación nacional, aumenta en lugar de corregirse. Por eso digo lo que digo: ante la impotencia del fracaso reiterado y previsible, alegría. Epicuro dividía el mundo entre el placer y el dolor, entre la felicidad y el sufrimiento. Los profesionales de la queja fundada, conscientes de la decepción, han de optar por uno de los dos mundos: yo aconsejo el primero. El conde de Buffon, que es como de la familia de Martí Domínguez (yerno Martí del médico Ramón Pina, Valencia es una mesa camilla sin brasero), ya decía en su época que los espacios podían mutar y desarrollarse en el tiempo, que no eran inmutables como venía a señalar la Biblia. Las dimensiones de Buffon no son las dimensiones valencianas. Por aquí mutamos poco. Madrid nos sorbe con una pajita, y eso es lo que hay. Enguix lo teoriza, ya digo. Y uno solo añade que la felicidad desplazará al llanto y la desazón cuando admitamos ese hecho irreversible. La ansiedad sólo provoca pesadumbre. Cuando se acepte la derrota definitiva, los profesionales de la queja y del victimismo disminuirán en número y adquirirán la categoría de sumos sacerdotes. Serán incluso mitificados. Como diría aquel personaje de Muñoz Molina en el Jinete Polaco -el profesor al que le gustaban las quinceañeras- no habrá praxis, sólo un punto de vista superestructural. Sosiego, por tanto, serenidad. Placer. La intelectualidad se amoldará a la aspiraciones clausuradas, cesará su angustia. Vivirá, como en la “vida beata” de Gil de Biedma, sin sufrimiento, entre las ruinas de la inteligencia. Lo digo porque observo muy decaidos a los amigos más activistas, siempre impacientes, desasosegados, desde hace muchos años ya, entonando la misma música, y recuerdo entonces a Sísifo, venga subir la roca a la cima para que ruede hacia abajo y vuelta a empezar, y creo que no vale la pena el esfuerzo. La desdicha se contagia. Y si no hay solución, ¿para qué darle vueltas al problema? Si pides lo imposible, te pasará como a los del 68, que los adoquines se transformarán en flores y después habrá dolor. (Aunque también es verdad que los griegos no daban mucha importancia al sufrimiento. Ulises viajó durante veinte años y no volvió más sabio sino más viejo).

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