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El “jo” de Raimon

“Vaig trobar en els dietaris les eines que necessitava per millorar el meu català escrit”, explica Raimon durant l’entrevista.

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Entre “Aquest jo que jo soc” (Raimon, según Miquel Alberola) y “El jo que no mor” (lo último de Ferran Torrent), la cosa es que el “yo” romántico y napoleónico -y freudiano- se está poniendo de moda, como si quisiera renacer. Todos somos producto de una circunstancia -sobre todo eyaculatoria-, y de un golpe, o dos, de azar, y si Raimon no llega a subir de paquete a aquella vespa de su amigo en dirección a Xàtiva, pues igual nos hubieramos quedado sin “Al vent, la cara al vent, el cor al vent, les mans al vent, el ulls al vent, al vent del món”. Y si Pelejero, el “Pele”, en la encrucijada de su vida, no hubiera elegido la música en lugar de una oscura plaza del PNN, de esos PNN tributarios de los Reglá, Tarradell o Dolç, pues no hubieramos tenido un Raimon, ni un “Jo vinc d’un silenci” porque el “silenci” ni se hubiera hecho carne, ni voz, ni música, ni letra, ni nada. La nada. Alberola, lo que hace muy bien en este libro memorialístico sobre Raimon, es biografiar el tiempo, contextualizarlo, un tiempo que converge con el nuestro, que es el del tardofranquismo, el de la Transición y el del postfranquismo/democracia. Es decir, un tiempo en el que ya cantaban Els setze Jutges y se copiaba a Brassens y a Ferré (en lugar de copiar a Cole Porter, y a Gershwin, y Richard Rodgers y a Irving Berlin, que eran lo buenos y los que han quedado) y ya se entonaba poco el Cara al sol con la camisa nueva que tú bordaste en rojo ayer, me hallará la muerte si me llega y no te vuelvo a ver. Raimon es casi-casi un “producto” del Plan de Estabilización del 59 y de los Planes de Desarrollo de López Rodó. Quiere decir uno que el Plan se firmó en el 59 y “Al vent”, también. Cuando el franquismo se abría un poco -gracias a los americanos, como se ha sabido después- aunque aún crecían las cárceles y los fusilados. Ocurre con Raimon que es un símbolo del antifranquismo tan poderoso que ya nunca se ha podido quitar de encima la etiqueta, aunque haya luchado desesperadamente el resto de su vida -el resto de su música- para combatir esa despiadada identidad. La historia nos atrapa, aunque no nos dejemos. De Raimon hay que quedarse con la letra. La música ya es otra cosa. A mi me sabe mal decirlo, porque parece que vamos contra el símbolo/Raimon, pero es que ni Manolo Camp, ni Borrull, ni Pons, ni Marbá han logrado llevar a la cumbre la envoltura musical de sus temas porque se partía de una musicalidad muy estrecha y quizás primitiva, de rasgos armómicos limitados. Borrull, donde se hace grande, pongo por caso, es en el disco de Miguel Hernández de Serrat. Puestos a evocar los trances melodiosos, Raimon tiene dos grandes canciones, de las que emocionan musicalmente, que son “Com un puny” y “Veles e vents”, y dos himnos rotundos, “Jo vinc d’un silenci” y “Diguem no”. Y “Al vent”, que es un grito sumario y preciso. Alberola retrata, a veces hasta el miniaturismo, el entorno del cantautor, los personajes que le influyeron, la musicalización de los poetas -esa gran obra de Raimon- y las citas en los escenarios, y el catálogo de prohibiciones y sus evoluciones y sus dudas y sus amores, o su gran amor. Lo que sucede es que, ha quedado dicho, a mi no me seduce la música, no así la letra, porque Raimón es un cantautor de enormes letras. En Raimon la letra va siempre un paso por delante de la música. O varios. Tiene mucha más presencia. Claro que Raimon es Raimon, y no Sinatra. En todo caso, el “yo” está retornando, y tiene la particularidad de no morir nunca, como afirma Torrent y afirma también ahora Alberola con sus páginas sobre Raimon. Es un “yo” muy suyo, el de Raimon, aunque sea un “yo” siempre compartido dado que Alberola nos hace visitar el fondo de un baúl donde junto a “El Pele” aparecen y desaparecen Espriu, Pla, Maluquer, Mira, Fuster, Mompou, Espinás, Alfaro, y Claudi Martí, y March, y Timoneda y Ferran Montesa y Semprun. Y todos esos “homenots”, peronajes o ya fantasmas, se diría que andan aún encerrados en el “puño” de Raimon, donde sobre todo, y sobre todos, está Annalisa. (Quizás Alberola no haya incidido lo suficiente en los personajes de la “cancò”, de aquí y de allá, de este sur y de aquel norte, para recodificar a Raimón con sus coetáneos, pero es cierto que eso merece otro libro, como aquel que escribió Vázquez Montalbán. Cada cosa a su debido tiempo).

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