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CV Opinión cintillo

Política valenciana: la gran desconocida

Carlos Mazón y Santiago Lumbreras en el Centro de Emergencias de l'Eliana, donde está el 112.

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“L’àngel de la traició guaitava ja

l’instant de trucar a tanta porta

d’esdevinguda joventut desemparada.

Ara el tenim, aquest àngel, pujat

a les barbes de la premsa

i ens fa ganyotes per seguir el joc

del fava, munta i calla.“

Lluís Alpera, València.Cavalls al alba-1967

La política valenciana con personalidad propia sigue sin emerger. La política valenciana, sigue siendo la gran desconocida. Con el pistoletazo de salida para las diferentes opciones electorales de cara al año 2027 se suscitan dudas y vértigos. Los empresarios que mandan, como poder fáctico en el Pais Valenciano, deberían plantearse si quieren una realidad política eficaz, con arraigo en la sociedad o prefieren que la urdimbre sociopolítica siga siendo sucursalista. En su papel de consabida correa de transmisión de quienes imponen sus criterios, sobre todo, desde Madrid. Otra pregunta que deberían hacerse es , después de que el País Valenciano, se ha desembarazado del ‘bluff Carlos Mazón’ al frente del Consell, cómo ha sido posible que un político –si se puede considerar así– mediocre, del nivel municipalista menor y exalcade de Finestrat, de la talla de Juanfran Pérez Llorca, haya llegado a ocupar la más alta autoridad de la Generalitat, que representa a todos los valencianos.

Mazón renace

Con el nombramiento de Santiago Lumbreras –pupilo de Mazón– para dirigir, nada menos que el rimbombante y ambicioso Instituto Valenciano de Competitividad Empresarial (IVACE), Pérez Llorca ha culminado la recolocación de la desbandada mazonista que se prolongó a lo largo de más de un año desde la dana de 2024. No se puede ignorar que la mayoría de ellos forman parte del staff con mayor número de cargos de libre designación y más costoso que ha tenido la Generalitat Valenciana desde sus orígenes. Los políticos débiles e inseguros tienen la necesidad de contentar y colocar al máximo de subalternos para sentirse arropados y sin dejar versos sueltos que pudieran complicarle la repetición al frente del Consell. El IVACE está concebido y el Botànic de Ximo Puig no osó alterarlo, en su papel de nexo de unión y palanca de mando entre el magma empresarial y los órganos de decisión política. El IVACE, con acrónimo indescifrable, se pensó con la mera ilusión de recuperar competitividad para las empresas valencianas en el marco de lo que se llamó el modelo económico valenciano. Un mantra indefinible del que se ignora su naturaleza y dónde está. Los organismos y los conceptos que nadie sabe para qué sirven ni cuál es su misión, son el exponente de la estulticia de sus ‘inventores’ y llevan a desconfiar, con razón, de su auténtico fin que, en su naturaleza entes públicos, han de ser eficaces para la sociedad. El IVACE desde la anterior etapa del PP en 2014, aglutina a los institutos de promoción empresarial en base al suculento reparto de ayudas, subvenciones e incentivos ( industria–IMPIVA–, comercio exterior e internacionalización–IVEX–; parques empresariales, red de institutos tecnológicos –REDIT; Cluster, innovación tecnológica, diseño, innovación-I+D+I-; apoyos la modernización comercial, energía , artesanía o formación). La clásica ambición de los políticos y afines, de controlar los fondos para la acción empresarial desde un departamento de la Generalitat y no a través de entes autónomos de la administración que escapan a la intromisión directa de Presidencia de la Generalitat.

Tertulianos indocumentados

La política valenciana constituye un entramado heterogéneo del que muchos hablan sin conocer sus entresijos. Recientemente han proliferado dos subespecies del análisis político bajo la denominación de politólogos -especialización enigmática– y tertulianos – sin requisitos conocidos–, con aventurada carta blanca para intervenir ante audiencias numerosas de radio y televisión. La política valenciana sale muy malparada cuando los comentaristas se lanzan a opinar sobre lo que desconocen y habitualmente improvisan. En el lodazal y la trabazón, cuerpo a cuerpo, entre ciertas élites judiciales y la persecución –sin cuartel– que les ha sido ‘encomendada’ de la corrupción política es actual la llamada ‘pena de telediario’ o las consecuencias irreparables de los procesos judiciales para los imputados, cuando son sobreseídos o nunca llegan a ser juzgados.

La ‘inocencia’ de Camps y Barberá

En un espacio de TVE se refirieron a la imaginaria ‘inocencia’ de Francisco Camps, expresidente de la Generalitat Valenciana, por el caso de los trajes que le regalaron y al fallecimiento de Rita Barberá que nunca llegó a ser juzgada, ni investigada ni imputada. En ambos ejemplos resultaba lacerante la seguridad que mostraban los opinadores acerca de los que desconocían y la pasividad pasmosa de sus contertulios. En resumen, Francisco Camps, procesado por obsequios, no fue declarado inocente –no podía serlo– sino ‘no culpable’ – por un jurado popular– por los mismos cargos que otros de sus colegas ‘obsequiados’--a los que engañó Camps–, en el mismo proceso, se declararon culpables y estuvieron en la prisión. Fue Mariano Rajoy, entonces presidente del PP español, quien defenestró a Camps de la Generalitat, seguramente porque Camps tenía una impecable hoja de servicios nada comprometedora. Rita Barberá falleció por causas naturales en Madrid. Nadie la juzgó, pero en el Ayuntamiento de València, que ella presidió, se sucedieron notables escándalos de corrupción que afectaron a varios familiares de la alcaldesa y al concejal- teniente de alcalde, Alfonso Grau, que acabó en prisión. No le sobreseyeron ningún proceso judicial, pero de ahí a considerarla ‘inocente’ de lo que ocurrió en el Ayuntamiento que presidió durante 25 años, hay un trecho. El final con el sainete del llamado ‘pitufeo’, blanquear dinero para recabar fondos irregulares con destino a gastos electorales, es el colofón en la decadencia de una época que nunca debió dilatarse durante tantos años.

Los políticos pasan

El intelectual británico Georges Orwell en su Rebelión en la Granja acaba denunciando el mimetismo que se produce cuando los agentes que actúan en la vida pública, acaban tan imbricados, hasta parecerse tanto, que se confunden entre ellos y los humanos son incapaces de distinguir a unos de otros. Este fenómeno se puede dar cuando entre empresarios –el poder del dinero– y los servidores públicos hay tal comunión de intereses y actitudes que no se sabe bien quién es empresario y quién tiene reservado el papel del político. Y sobre todo cuál de los dos estamentos manda sobre el otro. La política y el campo económico-empresarial deberían estar perfectamente delimitados para no incurrir en complicidades y lo que es más grave, por las responsabilidades que pueden derivarse de las actividades económicas o las políticas. Ninguna de las dos tendrían que confundirse, hasta el punto de que no haya forma de delimitar la misión independiente de cada una. No es recomendable ni positivo que el poder político, efímero por su propia naturaleza, se identifique con la actividad empresarial. La que, mande quien mande, debe subsistir para garantizar la supervivencia y la estabilidad de la sociedad, a pesar de que se produzca una debacle política. Es el caso grave y duro de la vida política estadounidense con la presidencia de Donald Trump, que corre el peligro de colapsar por la injerencia de poderes e intereses de grandes empresas en la política de Estados Unidos, con muy costosas consecuencias en la política internacional. Con perjuicios de difícil subsanación y recuperación en el concierto mundial. Los políticos pasan y los empresarios permanecen. Otro debate es el de la manipulación. La cobardía de quien no se atreve a dar la cara.

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