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Los pasos de Tika de las ruinas de su hogar a un campo de refugiados en Nepal

Tika y sus hijos fueron rescatados por su marido Ramesh y un vecino, solo recuerda el estruendo de la caída de su casa y la llegada al hospital./ Pablo Tosco (Intermón Oxfam).

Pablo Tosco

Intermón Oxfam —

La tierra tiembla de nuevo. Tika cruza la plaza Durban square esquivando bigas de madera y ladrillos rojizos, los restos esqueléticos del complejo de templos que honran a dioses como Vishnu, Shiva y el solitario Hanuman, que fueron patrimonio cultural de la humanidad y de los que hoy solo queda polvo.

Era la primera vez que Tika regresaba a lo que quedó de su casa tras aquel catastrófico 25 de abril en el que un terremoto de 7.8 en la escala de Richter arrasó su casa, se llevó la vida de más de 8.000 personas y dejó a 8 millones en una situación de vulnerabilidad extrema.

Tika solo recuerda el estruendo, que quedó sepultada con sus dos hijos debajo de los escombros, pero no alcanza a saber cómo salieron de allí con vida.

Despertó en el hospital junto a su hijos con heridas, cortes en la cara y en los pies y magulladuras en todo el cuerpo, “como si me hubiera caído una casa encima”, explica con una sonrisa tímida mientras sigue esquivando montículos de ruinas como si esquivara su destino.

Cruzando la plaza, las calles de barrio se hacen angostas, y en una esquina frente a un pequeño estanque que se utiliza para lavar la ropa, vemos un enorme hueco entre dos edificios que dan cuenta de lo que fue su casa.

Señala con el dedo esa ausencia, esa nada, “ahí esta mi casa o lo que queda de ella”.

Se toma un rato desde esa distancia, todas las heridas de su cuerpo encuentran una explicación a la amnesia.

Bordeando el estanque llega al frente de dos aberturas que fueron ventanas, es la única estructura que queda en pie. Dos cortinas resisten con la brisa y ocultan lo que por las ventanas quiere huir: escombros.

El bullicio de Katmandú no se detiene ante una persona frente a las ruinas de su casa, solo aquellas personas del barrio que conocen esa esquina se percatan de que alguien ha regresado.

De las puertas pequeñas de los edificios que aún están en pie salen personas, algunas con caras de no dar crédito a lo que ven y otras con una sonrisa que no les entra en su cara. Una celebración de la vida al ver a Tika de pie.

Muchas de aquella personas no creían volver a verla viva, dos vecinas de la taberna le cogen de la mano y se la quedan observando, se secan las lágrimas y recorren con la mirada cada parte de su cuerpo solo para comprobar que está bien, que está viva.

A Tika la rescató un vecino junto a su marido Ramesh, ella fue la última persona que salió de entre los escombros; primero sus dos hijos y al final ella.

Junto a Ramesh, la pareja corre las cortinas y entre los escombros encuentra una bolsa de plástico verde. Es lo único intacto que queda, todo el resto es una masa de hierros, ladrillos y restos de lo que fue una vida.

De la bolsa extrae un puñado de semillas de maíz y una bolsita de masala para condimentar la comida que había traído del pueblo de su madre. Allí, a las afuera de Katmandú, en la montañas también el sismo se cebó. Nada queda en pie.

“Tenía una cocina pequeña pero daba gusto cocinar allí, era nuestra cocina, era nuestra casa”, explica Tika mientras cierra la bolsa verde para que el masala no se mezcle con el polvo de los escombros que flota en el aire.

Ramesh dice que es suficiente, que allí no hay nada más que hacer y que quiere volver con sus hijos al campo.

Desde el 25 de abril por la noche, Tika y su familia buscaron refugio en el parque de Tundhikel, un descampado en el centro de Katmandú que alberga a 11.000 personas que encontraron un lugar seguro, lejos de los edificios que pudieran derrumbarse.

El terremoto trasladó allí a miles de persona en una situación de precariedad extrema, sin agua, sin comida y en tiendas, hechas con lonas y plásticos recuperados o donados.

En un país donde el 25% de la población vive por debajo de la línea de pobreza y el Estado no tiene recursos para cubrir necesidades básicas como sanidad, agua potable y vivienda digna, esta catástrofe termina por colapsar de manera crítica a la sociedad nepalí. Las familias que se alojan en patios de escuela, parques y rotondas por toda la ciudad de Katmandú empiezan a sentir carencias importantes; así, esperan la llegada de la ayuda humanitaria que contribuya a salvar vidas y reconstruir el país.

Las organizaciones como Oxfam Intermón advierten sobre cuestiones básicas en las que se debe actuar de manera urgente. Primero, construir refugio para proteger a las personas de la llegada de la temporada lluvias que puede provocar inundaciones y condiciones de vida inhumanas. También, suministrar agua, ya que los sistemas de saneamiento han sido dañados y garantizar agua potable es vital.

Otra de las cuestiones que es necesario abordar con rapidez es la distribución de comida, ya que los precios de los alimentos se han disparado y muchas familias no pueden garantizarse un plato de comida. Asimismo, en este contexto de precariedad, la construcción de letrinas empieza a ser algo fundamental para la reducción de posibles brotes de hepatitis o cólera.

Al atardecer las réplicas continúan mientras un mar de tiendas se perfila en el parque.

Tika recoge agua y Ramesh calienta la olla en una hornalla a gas mientras los niños juegan con un telefono móvil. Hoy comerán noodles de nuevo.

Demolido, arrasado, el presente es una radiografía de la devastación, un decorado de escombros y lágrimas escondidas en cada esquina.

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