ENTREVISTA Economista

Carlos Sebastián: "En España no se reforma nada porque los que tienen la capacidad están en la pelea de los gajos de poder"

Carlos Sebastián, economista.

El capitalismo no solo se está autodestruyendo por un problema de desigualdad, también hay "una clara reducción del dinamismo empresarial y productivo". Esta es una de las premisas de Carlos Sebastián catedrático emérito de Fundamentos Económicos de la Universidad Complutense de Madrid, en su libro El capitalismo del siglo XXI (Editorial Galaxia Gutenberg). Sebastián fue primer director de la Fundación de Estudios de Economía Aplicada (FEDEA), director general de Planificación del Ministerio de Economía y Hacienda (1983-84) y consejero de varias empresas cotizadas. En esta obra analiza las diferentes propuestas -desde Joseph Stiglitz, el que más le convence, pasando por Thomas Piketty, Collin Mayer, Mariana Mazzucatto Jonathan Tepper o Timothy Snyder- para reformar un sistema económico que da claras muestras de agotamiento como demuestra que "el ascensor social ya no funciona en absoluto".

Sebastián azota sin piedad los sofismas del neoliberalismo señalando como el más perjudicial para la sociedad el que dice que los mercados tienden por sí solo a ser competitivos para luego señalar que "si el Estado es incompetente en la supervisión o imponiendo regulaciones parciales que sólo favorecen a unos competidores, se acaban consolidando los monopolios". Se queja de que en España hay más interés por conseguir parcelas de poder antes de avanzar en las reformas que necesita el país y como primer paso cree que es fundamental "mejorar las administraciones públicas. Transparencia y rendir cuentas. A partir de ahí, definir buenas políticas".  

En los últimos años han surgido muchas propuestas para renovar el capitalismo partiendo de que el sistema es inviable, pero si el capitalismo tiene una cualidad especial es su capacidad de adaptación, que todo cambie para que todo siga igual. ¿Por qué en ese siglo piensa que va a cambiar?

La idea básica es que el cambio que se produjo en el capitalismo a partir de la década de los 80 fue la consecuencia de un cambio de las reglas que regulan el funcionamiento de la economía y de los mercados. No fue un error, no fue por una casualidad ni por un desarrollo tecnológico. Por lo tanto, se puede volver a cambiar las reglas, no necesariamente revertir la situación en el mismo dirección, pero sí cambiar las reglas para generar unas relaciones de producción y de comercio más adecuadas y justas para los ciudadanos.

Se habla mucho en el aumento de la desigualdad, que es evidente, pero se insiste poco en la clara reducción del dinamismo empresarial y productivo. Cada vez se crean menos empresas, incluso en el sector digital, donde no hace más que disminuir la cuota de inversión. Además, las empresas se endeudan no para invertir, sino para adquirir a competidores y adquirir acciones propias, porque eso beneficia a los ejecutivos. Esta pérdida de dinamismo empresarial es lo que me parece más grave, junto con la pérdida de dinamismo social, La curva del gran Gatsby [concepto creado por Alan Krueger que describe la relación entre el nivel de ingresos y la de educación de una generación y la capacidad de las generaciones futuras para ascender] es cada vez es más intensa y en Estados Unidos provoca una situación es socialmente insostenible. Si no se hace algo en el sistema, será cada vez menos eficiente, menos dinámico y hay grandes riesgos de explosión social.

Cree que son sinceras las propuestas de la Business Rountable, donde 200 de los principales directivos de grandes empresas estadounidenses plantearon la necesidad de dar un giro al capitalismo para que fuera más justo, equitativo y sostenible.   

Cuando leí que los directivos de bancos de inversiones estaban en contra de que los accionistas se llevaran toda la tajada y defendían a los ciudadanos, admitiendo que cada vez estaban más explotados, me pareció un oxímoron. Sin embargo, está bien que se establezca este debate, que coincide con el que se da en el mundo académico, incluso aunque no sea creíble la autenticidad de algunas posiciones.

Algo ha cambiado en este año 2020, tan triste por muchos motivos, en la cuestión de la lucha contra las posiciones de dominio de las empresas, especialmente de las digitales. Hasta hace muy poco había posturas bendecidas por la Escuela de Chicago y era pecado decir que había un problema de competencia o que había manipulaciones de precios a través de cartel. Lo que ocurre es que la correlación de fuerzas políticas, como se puede ver en el Congreso, permite debatir propuestas pero a la hora de llevarlas a cabo es más difícil.

En febrero de 2020 entrevisté a Joseph Stiglitz por su último libro Capitalismo progresista y ponía el acento en los obstáculos dentro del poder político para poder avanzar en el capitalismo progresista que él propone.

Sí, pero esos obstáculos del poder político son siempre reflejos de poder económico. Es evidente que el Partido Republicano en Estados Unidos está abiertamente al servicio de los grandes monopolios. Aunque también tengo que decir que la administración Obama favoreció mucho a Google. No puedo compartir que el presidente de Alphabet, la matriz de Google, Eric Schmidt fuera asesor de Barack Obama. Hasta ese presidente de los EEUU se dejó llevar por esa corriente, hay mucho camino por andar y muchas resistencias que vencer.

No soy optimista. Por ejemplo, en la comisión del Congreso de EEUU sobre la competencia en los mercados digitales se debatió recientemente si a los grandes conglomerados digitales había que partirlos o solamente regularlos. Al final la partición desapareció del texto de la comisión, aunque era una medida que solicitó hasta un exaccionista de referencia de Facebook.

Ya no digamos los planteamientos de Shoshana Zuboff que propone prohibir estas empresas con el argumento de si prohibimos mercados que trafican con órganos humanos, ¿por qué no prohibimos los mercados que trafican con procedimientos para manipularnos? Que se acabe esa historia de que los mercados se autorregulan o que los mercados tienden a la perfecta competencia. Es un discurso falso que han ganado los neoliberales desde los años 80.

¿Y por qué cree usted que lo han ganado?

Hubo una primera crisis del capitalismo asociada a las crisis del petróleo y se culpó a la socialdemocracia de la ineficiencia del sistema porque no generaba los incentivos adecuados. Lograron imponer este discurso en el ámbito político y ganaron, pero ganaron por goleada en los años ochenta y noventa. Ahora ya ve dónde están los incentivos.

Dedica un capítulo entero a tirar por tierra los sofismas del neoliberalismo: la inviolabilidad del mercado y su eficiencia, la infalibilidad de la Bolsa, los bien merecidos sueldos millonarios de los directivos, la autoregulación de los mercados o las bienaventuranzas de la desigualdad. Si tuviera que elegir una de las doctrinas liberales como la más perjudicial, ¿cuál sería?

Son dos. La primera, que es la doctrina más perjudicial, es la que dice que los mercados tienden por sí solo a ser competitivos. La segunda, que las empresas deben exclusivamente maximizar el valor para los accionistas. Es un análisis que no solo se hace desde la izquierda. Por ejemplo, Colin Mayer, profesor de Oxford, propone replantear a fondo la gobernanza de las grandes corporaciones y cambios en la contabilidad para que reflejen los costes que imponen a otros donde desarrollan su actividad, tanto desde el punto de vista ecológico como la situación de los trabajadores. Teniendo en cuenta esos costes, las empresas que no tengan beneficio con esa contabilidad no puedan repartir dividendos. Es revolucionario y si se pusiera en marcha cambiaría muchísimas cosas. Y también es necesaria una acción decidida por implantar una regulación, hay que supervisar a las empresas, ya hemos visto lo que pasó con los bancos.

Ya se ha visto lo que ha ocurrido con Bankia, una salida a Bolsa ruinosa y nadie es culpable.

Lo curioso es que en los Estados Unidos la SEC [el supervisor bursátil] era muy estricto en los años 80, las empresas tenían miedo. De ahí hemos pasado a una película donde una funcionaria de la SEC se acuesta con un directivo de un banco de inversiones, que sintetiza lo que ha ocurrido.

Un regulador respetado y con credibilidad es fundamental y para eso lo primero que tiene que lograr es la independencia frente a los gobiernos y frente a las empresas que supervisa. En Estados Unidos se perdió la independencia que se tenía respecto a las empresas. En España no tienen independencia ni del Gobierno ni de las empresas que tiene que supervisar.

¿Por qué cree que se ha tardado tanto en actuar con los gigantes tecnológicos?¿ha sido por ignorancia? La excusa redundante es que no se actuaba porque se mataba a la innovación.

Eso es tan viejo como Rockefeller, que en el siglo XIX creo la Standard Oil y se hizo con el monopolio del petróleo. Era un cínico y decía que la competencia era pecado, que es muy similar a lo que argumentan los popes de Google. Los directivos de esta tecnológica proponen operar sin leyes porque van en contra de la de la innovación y añaden que ya se encargarán de solucionar los problemas a la sociedad. La única esperanza es que aquellos señores como Rockefeller, los barones ladrones como los llamaban escogiendo un término del siglo XVIII alemán, fueron más o menos derrotados. Espero que a estos jóvenes de Google se les derrote también. Aunque las cifras de negocio son tremendas vendiendo anuncios y, como dicen ellos, empujoncitos digitales, que habiendo leído desde joven a Aldous Huxley se me eriza el vello.

No somos ni clientes ni empleados de las plataformas, somos víctimas pasivas de su extracción de nuestra información y conductas. Se nos explota de una forma muy sutil con lo que es muy difícil organizarse para luchar contra ellos

No somos ni clientes ni empleados de las plataformas, somos víctimas pasivas de su extracción de nuestra información y conductas. Se nos explota de una forma muy sutil con lo que es muy difícil organizarse para luchar contra ellos

Hablando de monopolios, ¿se puede sacar alguna lección de la polémica que hay entre las farmacéuticas y la Unión Europea por el tema de las vacunas? Es una investigación que ha sido financiada por el dinero público pero por alguna mano invisible las vacunas no llegan.

Es un escándalo, pero no es nuevo. Ya lo explica la economista Mariana Mazzucato como a los contribuyentes nos explotan doblemente. Primero, nuestro dinero financió las investigaciones y después nos quieren cobrar el uso de las investigaciones que han financiado nuestro propio dinero. El primer escándalo es que la UE no hiciera públicos los contratos. La falta de transparencia es siempre una fuente de problemas. Y el segundo es el uso del poder monopólico de las de las farmacéuticas, que no es nuevo, insisto. Hay que abordarlo, pero hay miedo a que frenen la investigación. Que ganen dinero, pero si lo hacen a base de inversiones públicas que la sociedad se beneficie.

El sistema de patentes que se creó a partir de los años 80 permite patentar conocimiento científico creado en instituciones financiadas con dinero público, es decir, no patentar un producto sino el conocimiento. Y todo el mundo que quiera utilizar ese conocimiento generado con dinero público resulta que tiene que pagar. Esto es un escándalo. ¿Cómo se puede patentar conocimiento? Jonathan Tepper señala en su libro sobre El mito del capitalismo que estas patentes son la fuente de muchos monopolios. Si el Estado es incompetente en la supervisión o imponiendo regulaciones parciales que sólo favorecen a unos competidores, acaban consolidando estos monopolios. El escándalo es que se permita.

En ese sentido, ¿cree que megaestructuras como la Unión Europea son eficientes para iniciar este cambio en el capitalismo o para frenar este tipo de abusos que usted está comentando?

Sin implicar a Estados Unidos no se puede avanzar. Durante varios años la Unión Europea ha multado a Google, bien, pero no ha pagado ninguna sanción porque están recurridas y si Estados Unidos mira para otro lado las multas no van a ser eficaces. Una solución local a un problema global es ineficiente tanto para las grandes tecnológicas como para el cambio climático.

Usted explica en su libro cómo en la Unión Europea también la productividad ha crecido mucho, pero los salario apenas se han incrementado. ¿Por qué cree usted que ha pasado esto?

Se acabó con el diálogo social, no hubo una relación estable entre las empresas y los trabajadores. En la UE mientras que la productividad crecía un 40% los sueldos solo lo hacían en un 7%. Si le añadimos los monopolios, esto explica el deterioro que ha provocado la fuerte desigualdad. Se han deteriorado las instituciones del mercado de trabajo y la legislación ha favorecido los contratos basura. Además el grado de concentración de los sectores se ha elevado como lo demuestran los datos sobre los márgenes que aplican las empresas al coste unitario, que en Estados Unidos han pasado del 18% de los años 50 hasta los años 80 a el 62% de la actualidad. Una parte de la mesa de negociación se ha fortalecido mientras que la otra se ha debilitado.

¿Cree que no podemos caer en la 'Política de la eternidad' que explica Timothy Snyder? Esa aceptación de la incapacidad para cambiar la creciente marginación de las personas. Cada vez es más difícil que funcione el ascenso social.

El ascensor social no funciona en absoluto. El aumento de la desigualdad y el deterioro de los servicios públicos sociales ha llevado a la pérdida de esperanza de una parte importante de la población, aquella precisamente cuyas rentas han descendido más y se han mantenido bajas. A esas personas ya no se les ofrece cambios en las políticas económicas, ahora se les ofrece unos supuestos valores, como la idea del Make America great again que utilizó Donald Trump. En Europa también han surgido grupos radicales, populistas, sobre todo de derechas, que venden básicamente emociones e ideales para satisfacer a una población que está en grado de desesperación por la situación económica y social.

Las consecuencias que genera la desigualdad son tremendas. Lo que hay detrás de esa desigualdad muchas veces son profundas diferencias en el acceso a la educación y que los que están en el 1% más rico determinan los cambios en las reglas del funcionamiento de la economía.

Lo que hay detrás de esa desigualdad muchas veces son profundas diferencias en el acceso a la educación y que los que están en el 1% más rico determinan los cambios en las reglas del funcionamiento de la economía.

Usted en su libro le da una importancia vital a la educación como como elemento fundamental para acabar con la desigualdad. En España no paramos de cambiar leyes educativas pero la calidad de la Educación no se incrementa como debería.

La calidad de la Educación en España no es tan mala, pero es manifiestamente mejorable. En este país no se reforma nada porque los que tienen la capacidad para reformar están en la pelea de los gajos de poder. En los años 80 hubo un impulso reformador evidente en nuestro país, que se fue apagando. A partir de los años 90 ya no hay impulso reformador. ¿Qué se discute aquí? ¿Se discute cómo es la gestión de las universidades? No. ¿Cómo se gestionan los fondos de investigación? No.¿Cómo se gestiona la relación de investigación entre los centros públicos y las empresas privadas? Tampoco. Está todo burocratizado y es desesperante.

Ahora tenemos una oportunidad con los fondos europeos para empezar a hacer reformas de calado.

Todo el asunto de los fondos europeos es lamentable. Nadie se plantea discutir los elementos relevantes como la determinación de los objetivos o la gobernanza de esos fondos europeos. Les da igual. Básicamente lo que quieren es aumentar su acceso a los fondos. Y están dispuesto a comprar voluntades de otros políticos o de otros grupos de la forma que sea. ¿Cómo se puede discutir seriamente en la situación que estamos que el gran problema de la gestión de los fondos europeos es la distribución territorial? Ese no es el problema. El problema es acertar en qué se invierten, a qué se dedican y cómo se gestionan.

Nadie se plantea discutir los elementos relevantes como la determinación de los objetivos o la gobernanza de esos fondos europeos. Les da igual, básicamente, lo que quieren es aumentar su acceso a los fondos

¿Con qué cambios deberíamos empezar para hacer de España un país más avanzado?

Deberíamos mejorar las administraciones públicas, porque a través de ellas se ponen en marcha las políticas públicas. Que estuvieran regidas por el principio de la transparencia y la profesionalización de los directivos públicos. Ahora la administración pública produce desesperación. No hay rendición de cuentas. Rendir cuentas es un verbo maldito para la vida pública en España. Si en cada programa hubiera un responsable político elegido de forma transparente y no por afinidad partidista. Transparencia y rendir cuentas. A partir de ahí, definir buenas políticas.

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