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ENTREVISTA Economista

José Ignacio Conde-Ruiz: “Todo el mundo quiere vivir como en Dinamarca pagando los impuestos de EEUU y no es posible”

José Ignacio Conde-Ruiz, catedrático de Economía por la Universidad Complutense de Madrid, con su nuevo libro 'La juventud atracada'.

Laura Olías

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Tras enfadarse en muchas cenas con sus amigos, el economista José Ignacio Conde-Ruiz, profesor universitario y subdirector del centro de estudios Fedea, se propuso escribir un libro para tratar de convencerles de sus argumentos. El tema: que los jóvenes no lo tienen tan fácil como algunos creen y que además enfrentan una gran carencia de políticas y de inversión desde los poderes públicos. Todo ello, en su opinión, por unos políticos que tratan de contentar a un electorado cada vez más envejecido y que se lleva más trozo de la tarta de los ingresos públicos.

Convencido por su mujer, se puso manos a la obra y se valió del apoyo de su hija Carlotta, que está empezando la universidad, a la que convenció para que fuera su editora y que facilitara la lectura a cualquier persona sin conocimientos económicos, explica. “Ha sido implacable”, se ríe el economista. El libro, titulado La juventud atracada. Cómo un electorado envejecido cercena el futuro de los jóvenes (Península), tiene un tono duro, pero que considera justificado ante el “desequilibrio” de las políticas públicas.

¿Cuáles son las principales políticas para la juventud que cree que requerirían un aumento de inversión importante y de manera inmediata?

La política más importante, y en la que no estamos rindiendo al nivel que nos correspondería como país, es la educación. Es incuestionable. Seguramente hay que hacer también reformas en el sistema educativo, pero desde luego la inversión hay que aumentarla. 

Soy profesor universitario, creo que los alumnos cada vez son mejores, saben más idiomas que nosotros, conocen mejor el mundo, la tecnología, etc. Lo que ocurre es que en la educación ahora no te sirve con hacerlo mejor que los que están por delante, sino que tienes que hacerlo mejor que los jóvenes de otros países, porque la economía está globalizada. España claramente se está quedando atrás en comparación con otros países. 

Además, señala retos que hace poco parecían lejanos y que ya están a la vuelta de la esquina. 

España tiene que competir con la tecnología. Para mí, la inteligencia artificial y este tipo de cuestiones eran una película de ciencia ficción. Para los jóvenes, es una realidad. Por tanto, la educación debería sufrir una auténtica revolución, aumentar muchísimo el gasto y continuar a lo largo de toda la vida laboral. Porque, si no se adapta a los tiempos rápidamente, acaba generando desigualdad.

Hay mucho consenso sobre la necesidad de aumentar la formación en el mundo laboral, pero al final acaba siendo una asignatura pendiente. ¿Qué ocurre ahí?

Las políticas activas en España claramente no funcionan y no se ha hecho nada esta legislatura para mejorarlas. 

Tenemos una nueva Ley de Empleo que las aborda.

La Ley de Empleo diagnostica bien la situación. Es un poco lo que nos pasa en España, que hacemos leyes muy ambiciosas, que quieren cambiar las cosas, pero luego al final no se dan los instrumentos para hacerlo. 

No soy un experto en políticas activas, pero se puede adaptar más la formación a lo que necesitan las empresas, permitir que entre la colaboración público-privada… Hay muchas cosas que se pueden hacer. Lo cierto es que hoy no funcionan y esto también va a requerir una mayor inversión. Espero que en la siguiente legislatura se lo tomen en serio. 

En el libro se incluyen afirmaciones que pueden parecer pesimistas, como que no se está haciendo “nada” por los jóvenes. Esta legislatura, por ejemplo, el Gobierno ha aprobado un gran aumento de las ayudas para la pobreza infantil, entre otras medidas.

Intento hacer una fotografía de lo que está pasando en los últimos 15 años, no me he centrado justo en el último periodo. Evidentemente, hay cosas que se hacen, pero no son suficientes.

Como decía sobre la educación, o si miras al mercado laboral, se han hecho cosas, pero la precariedad e inestabilidad sigue recayendo en los jóvenes. En vivienda, las diferencias son absolutamente increíbles, los precios de las casas han subido mucho y ¿la inversión dónde está? Cuando yo era joven se invertía el 1% del PIB, ahora no llega al 0,5%, y prácticamente se destina a rehabilitación. ¿Dónde está el dinero? Puedes lanzar todos los discursos que quieras, pero si no hay dinero…

Entramos en lo que llamo “el atraco”, porque veo que siempre hay recursos para los mayores, pero nunca llega el dinero para los jóvenes. Si entramos en retos como el cambio climático, tenemos que entender que hay que sacrificar crecimiento actual por crecimiento futuro. Claro, los mayores no quieren, porque ya estarán muertos cuando llegue, pero los jóvenes seguirán aquí. 

Le he leído que el debate no hay que encuadrarlo en clave de conflicto generacional, pero el tono del libro es muy duro y de confrontación. Se habla de “viejos”, de “atracar a la juventud”, de generaciones de mayores que “cercenan” el futuro de los jóvenes. ¿No cree que fomenta el conflicto?

No hay conflicto, porque si lo hubiera, los jóvenes lo habrían perdido. Parto de que esa guerra está perdida. Los jóvenes apenas representan el 20% del electorado y los mayores cada vez van a ser más. Y esto está solo empezando. Aquí hay una verdad incómoda, que a mucha gente le incomoda.

Sobre la palabra “viejos”, yo escribía siempre “mayores”, pero mi hija me dijo: '¿Papá, por qué no dices viejos?' Y creo que tiene razón. ¿Al joven se le puede decir joven y al viejo no? ¿Es un insulto? Me costó cambiarlo, me resultaba algo violento, pero me di cuenta de que tenía razón. 

El libro aborda una de sus especialidades, las pensiones, que sitúa como un problema de futuro para el gasto en los jóvenes. ¿Por qué no puede ser compatible una cosa y otra?

Este libro lo empecé hace dos años y algo, me esperaba algo parecido a lo que pasó con la reforma laboral, que me parece la mejor reforma de la democracia. Desde luego. No es tan buena como dice la caída en la tasa de temporalidad contractual, pero es muy positiva.

Con pensiones no ocurrió lo mismo. Nunca he dicho que haya que tocar las pensiones de los actuales jubilados y nunca lo voy a decir, porque no tienen margen de maniobra. Aquí de lo que se trata es de que, si ha cambiado la esperanza de vida y ha cambiado la longevidad, tienes que adaptar el sistema a esta realidad. 

¿No puede ser financiable este mismo modelo de pensiones, como defiende el ministro Escrivá y la reforma de pensiones que ha aprobado el Gobierno?

El ministro Escrivá dice que se puede hacer y sube las cotizaciones, un poquito. Si con la subida actual se arreglara el problema de las pensiones, no habría problema. En Bruselas, les responden que esta subida no arregla el problema y el Gobierno dice que no hay problema, porque le ponen una cláusula de cierre por la que pueden seguir subiendo las cotizaciones sine die hasta que esto ocurra.

¿Se puede hacer? Claro, pero a costa de que todo el margen fiscal que te queda se destine a pensiones, y a que vas a hacer pagar a los jóvenes unas cantidades superaltas de cotizaciones porque no quieres adaptar el sistema a la nueva longevidad.

Me gustaría darle la vuelta al argumento: ¿tiene sentido que, si ha cambiado la longevidad, te empeñes en no reformar el sistema?

Defiende mantener el poder adquisitivo de las pensiones, aunque con excepciones. 

La última reforma tiene una parte muy positiva que siempre he defendido, que las pensiones no pueden perder poder adquisitivo. Pero cometieron un error tremendo. Si te llega una inflación del 8,5%, seguramente puedes subir las más bajas un 8,5%, o si quieres más, pero las más altas no las subas esa cantidad. 

Ahí te estás gastando 7.000 millones que los podías haber invertido en educación, para mejorar las brechas del sistema educativo de las familias pobres durante la COVID, por ejemplo. No ha habido dinero para eso y sí que ha habido dinero para subir la pensión un 8,5% a mi padre, que tiene una pensión máxima. ¿Tiene sentido?

Por eso, aunque mantener el poder adquisitivo está bien, hay que incluir una válvula de escape para estas situaciones de altísima inflación, Dios quiera que nunca vuelva a ocurrir. 

Sus críticas se centran sobre todo en el segundo bloque de la reforma. 

La segunda parte de la reforma es un paso atrás porque por primera vez introduce más gasto al sistema. Elimina el factor de sostenibilidad de las pensiones, que llamamos ‘factor de equidad intergeneracional’ en 2013, porque si aumenta la esperanza de vida, tienes que bajar la pensión. Básicamente consistía en que, si tienes una madre y una hija que han cotizado exactamente lo mismo, y la generación de la hija va a vivir por más tiempo, tiene que percibir un poco menos de pensión cada año para percibir lo mismo que la de la madre. O, si no quiere que le baje la pensión, que trabaje un poco más. 

Los propios interlocutores sociales dijeron en 2011 que se hiciera un factor de sostenibilidad y especificaron que los parámetros del sistema evolucionaran acorde a la esperanza de vida. Ahora se olvidan de eso. 

Por supuesto, no me gustan nada las reformas. Me gustaría seguir jubilándome como mi padre, pero ¿realmente tiene sentido? No hay partido político en este país de derechas, de izquierdas, de extrema derecha o de extrema izquierda que vaya a ir en contra de las pensiones y al final los que acaban pagando el plato son los jóvenes. Pero como no votan y son muy pocos, a nadie le importa.

Usted preside el Foro de Expertos de Santalucía, una aseguradora. El sector privado no ha visto con buenos ojos la reforma de pensiones y el Gobierno ha reducido beneficios fiscales a los planes de pensiones individuales. ¿Entiende las críticas que le señalan por falta de independencia? 

No tengo ningún problema en que alguien diga 'Ostras, Nacho trabaja para Fedea o para Santalucía' y que mire lo que digo con más cuidado, porque le pueda parecer sospechoso o de parte. Lo que pasa es que luego se tienen que mirar los argumentos y analizar si estoy equivocado en lo que digo.

Si digo que dos y dos son cuatro, no me vale que digan “seguro que nos está engañando porque trabaja para Santalucía y para Fedea”. No, dime por qué dos y dos son cinco, pero no uses lo otro para descalificar. Soy un académico y me considero completamente independiente. 

Hay muchas voces que emplazan a ampliar los ingresos públicos, gracias a una reforma fiscal que recorte la gran brecha que tiene España con otros países europeos y permita más gasto público. ¿Esa reforma le parece urgente para la juventud al igual que menciona la de pensiones?

España, para empezar, no paga lo que le corresponde. Tenemos un déficit estructural de cuatro puntos de PIB, 50.000 millones de euros, que no los estamos pagando. Así que probablemente subiendo los ingresos cuatro puntos de PIB ni siquiera daría para gastar más, porque tienes para pagar el déficit que ya hay.

Como sociedad decides el estado de bienestar que quieres tener. Una vez que lo has decidido, dentro de tus posibilidades, los impuestos tienen que acompañar, debes tener suficientes para financiarlo. Hay que asumir una cosa muy sencilla: o subes los ingresos o tendrás que desmantelar programas del estado del bienestar. Así de dura es la vida.

Si no quieres subir los impuestos, vas a tener que desmantelar programas. Y los que vas a acabar desmantelando evidentemente ya sabemos cuáles van a ser: todo lo que beneficia a los jóvenes. 

Si quieres bajar impuestos, tendrás que recortar programas de gasto, así de sencillo

¿Qué impuestos considera que se podrían subir?

En el libro hago una comparativa de qué impuestos se tienen que subir para poder recaudar como recaudan en otros países. Y esto no va de subir los impuestos a los ricos, ni subir el impuesto de patrimonio. Se pueden subir, pero ¿eso cuánto es? ¿500 millones el impuesto de patrimonio?

Las grandes carencias que tenemos están en la imposición indirecta, que es el IVA. Y, claro, eso no se toca. También la fiscalidad medioambiental, los impuestos especiales al tabaco, entre otros, y los llamados precios públicos, que a nadie le gusta tocar. Porque lanzo una pregunta: ¿por qué la universidad es gratuita? ¿Quién va a la universidad? ¿Los ricos, los pobres? 

Hay gente de escasos recursos que no podría ir a la universidad si fuera de pago. 

Hay becas para eso. 

Pongo también otro ejemplo: las autopistas. ¿Por qué son gratuitas? Si vas de viaje por Europa, vas a estar pagando por todo el continente, y cuando llegas a España es gratis.

Entonces, ¿quieres recaudar más? Pues se puede hacer, pero el debate que tenemos ahora es tan absurdo como que unos te dicen que quitando los chóferes y algunos gastos menores se acaba con el problema del déficit y otros, que subiendo los impuestos a los ricos. Y no, señores, ni una cosa ni la otra. 

¿Y tenemos margen para bajar impuestos con la brecha que ya tenemos? Es una de las principales propuestas económicas del principal partido de la oposición (PP) y su socio más probable (Vox).

Si quieres bajar impuestos, tendrás que recortar programas de gasto. Así de sencillo. También digo que hay dos modelos de estados de bienestar. Uno es un modelo más anglosajón, como en Reino Unido y Estados Unidos, que son estados de bienestar donde muchas cosas son privadas, como gran parte de la sanidad. Son programas del bienestar menos generosos y pagan menos impuestos. 

Y luego hay otros sistemas del bienestar donde todo es público, se recauda mucho más y se gasta mucho más. ¿Dónde se vive mejor? Pues depende, hay gente que vive mejor en Estados Unidos y gente que vive mejor en Dinamarca. Es una cuestión más ideológica. 

Los datos de desigualdad son poco ideológicos. ¿Cómo se vive en Estados Unidos cuando te va mal?

Sí, pero eso es cuando te va mal. Yo prefiero vivir en un país nórdico, lo tengo claro, pero puedo entender que haya gente que prefiere vivir en otro tipo de país. Tengo muchos amigos que en Estados Unidos viven fenomenal y prefieren vivir ahí. 

Económicamente, no te puedo decir qué es mejor. Evidentemente, si eres pobre, es mejor que estés en Europa que en Estados Unidos, pero si eres un buen profesional puede no ser así.

¿Habría que explicar mejor lo que se puede y no se puede hacer si se bajan los impuestos?

Hay que ser claros. Si se quiere vivir como en Dinamarca, como economista, puedo decir cuál es la estructura impositiva más eficiente para recaudar lo que buscas. Ahí ya te vas a encontrar con que tienes que subir el IVA, los precios públicos, y ya no te va a gustar. 

Este es un poco el debate fiscal. Todo el mundo quiere vivir como en Dinamarca, pagando los impuestos de Estados Unidos. Electoralmente, los políticos lo dicen, pero los economistas sabemos que no es posible.

Sigo sin entender cómo un joven a los 16 años puede trabajar, tomar muchas decisiones y no puede votar

Respecto a la deuda, insiste en que son facturas a pagar que hipotecan el futuro de los jóvenes. Pero es un instrumento de los Estados para financiarse y también puede fomentar políticas que beneficien a los jóvenes, ¿no?

No me importa emitir deuda para la pandemia. Si no llega a ser por la deuda pública, no estaríamos donde estamos ahora. Esa deuda generada ha permitido mantener el tejido empresarial de este país y de toda Europa, está más que justificada. Respecto a eso no tengo nada que decir, porque para eso sirve la deuda, para una situación extrema como esa.

Pero en cambio, que no se esté pagando lo que toca recurrentemente, que es el déficit estructural de cuatro puntos del PIB, es otra cosa. En 2013, se bajaron los impuestos y empezó a subir el déficit estructural. Ahora aumentan los ingresos y sigue aumentando el gasto y el déficit estructural. Eso sí que es pasar las facturas a las siguientes generaciones.

Al final el debate es cuál es tu nivel de deuda admisible. El que te acaben comprando los mercados. Y ahora estamos dopados, porque están comprando todos los bancos centrales, pero todos sabemos que no va a durar eternamente.

Para terminar, ¿qué medidas cree que se podrían implementar para reforzar el papel de los jóvenes y que los políticos les tuvieran más en cuenta? 

En realidad el objetivo del libro es, por un lado, que los jóvenes entiendan que muchas de las cosas que les pasan no son culpa de ellos y, por otro, que la gente de mi generación y un poco más mayores empatice con los jóvenes y cuando voten, voten como si fuera una familia, pensando en su bienestar. Esa es realmente la solución, la única, porque los números cada vez van a ser más desequilibrados. 

Pero hay también medidas que se pueden tomar. Por ejemplo, sigo sin entender cómo un joven a los 16 años puede trabajar, tomar muchas decisiones y no puede votar. En cambio, sí puede un mayor de 100 años. No me parece razonable. La edad de voto se ha bajado tradicionalmente, se redujo de los 21 y seguramente va a acabar descendiendo, porque no tiene lógica. Si pueden trabajar, pueden votar. Punto.

Entre otras propuestas, se podría introducir representantes de jóvenes en todo aquello que les va a afectar a ellos, como en el Pacto de Toledo de las pensiones y en todo lo que tenga que ver con la lucha contra el cambio climático, por ejemplo. 

Además, me centro en tres reglas fiscales que creo que ayudarían mucho.

¿Cuáles son?

La primera ya está en la Constitución, que no puede haber déficit estructural. La segunda es una regla fiscal intergeneracional: la tarta del gasto está ya muy desequilibrada hacia los mayores, por lo que si a partir de ahora se quiere dar un pedacito más al mayor, habría que darle un pedacito equivalente también al joven.  

Y luego están los fondos europeos. El problema del envejecimiento y el gasto no es solo de España, está pasando en todo el mundo desarrollado. Entonces, se han creado los fondos Next Generation para las futuras generaciones y vienen a contrarrestar esto con dinero europeo que ya no decide cada país. Porque si fuera así, se lo darían a los mayores. Ojalá puedan perdurar en el tiempo, porque es un programa que podría beneficiar a los jóvenes, Europa acertaría mucho en dejarlo.

Por eso a mí me ha molestado mucho que esta reforma de pensiones, que va claramente contra los jóvenes, haya sido aceptada como parte de la contraprestación de estos fondos europeos. Porque Bruselas puede decirte como país 'allá tú con lo que hagas, con tu forma de cerrar el déficit', que es lo que le importa. Pero lo que me ha molestado es que te den dinero para hacer eso, dinero de unos fondos que se llaman Next Generation. 

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