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EXTREMADURA

Opinión

La ideología de un Festival (II)

Dudo que las representaciones de Mérida hayan tenido alguna ideología como horizonte de su navegación irregular . Quizás pudo tenerla al principio , desde el marco filosófico y republicano de las Misiones Pedagógicas

Festival Grecolatino Juvenil de Primavera, que ha empezado este lunes en Mérida

Festival Grecolatino Juvenil de Primavera

No sabemos si fue Tamayo, pero aquellos años quedaron un dulce regusto de protagonismo en la memoria de los emeritenses. A principios de los cincuenta se formalizaron los Festivales de España, tras la estela de las liquidadas intenciones renovadoras y republicanas. El nuevo régimen no podía ser menos, aunque ahora sus propuestas tenían un carácter propagandístico. Desde ese florero que, casi siempre, han sido los departamentos culturales había que enseñar al mundo que no éramos unos barbaros y que la guerra civil quedaba ya un poco lejos.

José Tamayo había sido nombrado director del Teatro Español en 1954 y ese mismo año , las noches del 29 y 30 de mayo , trajo a Mérida a Paco Rabal y Asunción Balaguer para hacer aquel famoso Edipo, con texto de Pemán, que tanto inquietara a las sencillas gentes del lugar . Por lo del incesto, claro.

A partir de ahí, la fuerza de ese revolucionario de la escena española se hizo consustancial con el “marco incomparable". Pepe Tamayo se la estaba jugando, en Madrid, con Arthur Miller, Tennessee Williams, García Lorca y Valle Inclán. Y ganó la partida. Aquí, en Mérida, apostó por los textos clásicos, remendados siempre por el ultramonárquico Pemán que purgaba su inflamado y excesivo pasado de  colaboracionismo falangista, en Estoril junto a Don Juan, con Franco mirando para otro lado.

Dicen que en Mérida, tan lejos de Madrid, se permitían casi todas las licencias de la censura oficial y el poeta y dramaturgo gaditano se otorgaba ciertas críticas al poder, para los que sabían leer entre líneas, utilizando aquellos terribles personajes de sus adaptadas tragedias. Eso al menos es lo que se escuchaba, entre bastidores.

Tamayo utilizaba muchos figurantes. Era la “comparsería” la que daba cuerpo al espectáculo. Y para eso ponía en danza a las tribus jóvenes de una Mérida llena de dependientes de comercio, aprendices de oficios y estudiantes que entraban al trapo, reclutados por Arturo Sardiña. La levadura familiar se multiplicaba en las gradas , con tortilla incluida , que nada hay más cierto en lo que cuento . La ciudad hizo suyo, nocturnamente , aquel recinto y llenó sus cabeza con los personajes y los roles de aquellos laberínticos argumentos .

Así es que venga tragedias griegas , Shakespeare y algún Cervantes suelto , como aquella Numancia en la que Guillermo Marín casi se “descalabra” en la escena final , al arrojarse desde las murallas y caer sobre unos ocultos colchones más bien escasos. Imposible pensar que un pueblo, perdido entre trigales , con sus ferroviarios y un matadero emblemático , pudiera encajar aquello sin la mano del genial granadino que con voz ronca , apenas entendible , dirigía los ensayos hasta el amanecer y cara al público , para comprobar si iba a gustar la cosa . 

Dudo que las representaciones de Mérida hayan tenido alguna ideología como horizonte de su navegación irregular . Quizás pudo tenerla al principio , desde el marco filosófico y republicano de las Misiones Pedagógicas, cuando primaba la ilusión y la certeza de que sacar al pueblo de su atraso era una simple cuestión de Cultura e Instrucción. Y no eludo que hubo momentos , después , en los que se pretendió de nuevo esa línea pedagógica , incluso   con la sede de la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo , abierta en el Cincuentenario de 1983 y que al final se perdió . Como se perdieron aquellas iniciativas de traer a los extremeños a disfrutar de su símbolo teatral mas señalado y afirmar , de paso , su conciencia de pertenencia a un territorio con tales vestigios.

Imposible comprender que se abandonara el imperativo público de gozar  popularmente con una seña de identidad tan significada , pero el caso es que se impuso el espectáculo , el rendimiento de la taquilla y el famoso . Se obviaron las intenciones culturizadoras , tal vez porque el poder ya no se jugaba casi nada en el empeño . Solo el fogonazo mediático e histriónico  de algún estreno . O sea , el “pan y circo” de Augusto, con diseño actual , para consumo de una sociedad viajera , aburrida y sin apenas riesgos. A pesar de que todo esto, Mérida,  podría ser otra cosa. O quizás no , quién sabe .

 

 

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