Agendar un día al mes para revisar el estado de la relación: ¿estamos convirtiendo el amor en un proyecto empresarial?
Una pareja pasea por la calle. Entra a una cafetería, saca iPad, libreta y estuche y se dispone a celebrar una reunión. ¿Cómo se sienten con respecto a su relación? ¿Qué cosas funcionan y cuáles no? Luego pasan al bloque de finanzas, analizando los gastos presentes y futuros; después, al de viajes y escapadas; más tarde, al apartado de rutinas diarias (limpieza, dieta), al de intimidad (ambos discuten cómo se sienten en la cama y si quieren cambiar algo). Al final, dedican un tiempo a proyectar los próximos eventos de ocio y agendan la siguiente reunión mensual para volver a chequear su relación.
Ese es el resumen del vídeo que Noemí Casquet, sexóloga, colgó hace unos meses en redes sociales. La respuesta no se hizo esperar: 86.000 personas le dieron a ‘me gusta’, aunque los comentarios eran diversos. Oscilaban entre “Me ha encantado el vídeo. Ojalá todas las parejas llegaran a ese punto de conexión y compromiso”, “Esto es responsabilidad y compromiso emocional”, y “Qué agobio, ¿no? Parece una reunión de trabajo” o “qué manera tan fría de ver una relación”.
El reel es un ejemplo de una tensión más amplia: ¿concebimos hoy el amor como algo que gestionar Excel en mano, o como una pasión, algo espontáneo que surge y fluye de manera natural? Pese a que nos sintamos inclinados a contestar con la segunda, lo cierto es que, como apunta la doctora en Sociología Miren Olasagasti, el emparejamiento ha sido durante siglos más un negocio que un ardor.
Hasta bien entrado el siglo XIX, y especialmente entre las clases altas y medias, el matrimonio en Occidente era sobre todo una alianza económica, familiar y social. Se buscaba a la persona más conveniente para mejorar el patrimonio, el estatus o la supervivencia. El amor podía aparecer después... o no aparecer nunca.
La productividad en la relación amorosa
En ese contexto marcado por la racionalización de la Ilustración, el mecanicismo de la industrialización y la progresiva burocratización del Estado, Max Weber ya observaba que algunos aspectos de la vida cotidiana empezaban a organizarse según criterios de eficiencia, cálculo y optimización. Detrás de aquello, pensaba, estaba la cada vez mayor racionalización de la sociedad. A la vez, va cobrando fuerza el ideal del amor romántico, que coloca los sentimientos en el centro de la vida. Ahora, elegir a la pareja atendiendo al enamoramiento se convierte en imperativo.
Poco a poco, el amor entra en un terreno más práctico y comienza a consolidarse una nueva idea del matrimonio basada en el compañerismo y la cooperación. El concepto queda reflejado en el libro de 1945 The Family: From Institution to Companionship, de los sociólogos Ernest W. Burgess y Harvey J. Locke. Sus autores observan que esta institución está dejando de ser una herramienta; los cónyuges pasan a ser amigos, amantes y colaboradores, y el éxito de la unión depende ahora de la intimidad emocional, el consenso y las actividades compartidas.
Con la incorporación de la mujer al mercado laboral y los avances en igualdad de género, la pareja comienza poco a poco a entenderse como un proyecto común entre iguales. En una sociedad donde podemos elegir con quién estamos y hasta cuándo, los miembros del vínculo se erigen como responsables de su propia felicidad amorosa y, como tales, deben hacerse cargo de su construcción y mantenimiento de la manera que mejor sepan. Y, cada vez con más frecuencia, recurren para ello a herramientas tomadas del lenguaje de la psicología, el desarrollo personal y la gestión empresarial.
Lo recoge Eva Illouz en Intimidades congeladas (Katz Editores, 2007), donde describe el concepto del capitalismo emocional. Sobre él dice: “Es una cultura en la que las prácticas y los discursos emocionales y económicos se configuran mutuamente y producen un amplio movimiento en el que el afecto se convierte en un aspecto esencial del comportamiento económico y en el que la vida emocional —sobre todo, la de la clase media— sigue la lógica del intercambio y las relaciones económicas”.
“Queremos amor romántico, pero vamos a coachings de pareja y hablamos de gestionar las relaciones”, resume Lasén. El lenguaje amoroso actual, de hecho, está plagado de conceptos herederos del desarrollo personal y del management, como invertir en la pareja, alinear valores, emplear herramientas de comunicación…
Hoy se sobreentiende que, si eres adulto, no puedes fiarlo todo a las emociones: el amor es un trabajo, una apuesta a futuro. En ese proyecto debe haber planificación: si se pierde la libido, por ejemplo, hay que agendar los encuentros
En este sentido, para Lasén resulta muy curioso cómo, frente a una ruptura, se ha pasado del antiguo “no has aguantado lo suficiente” al contemporáneo “no has pensado bien tu proyecto, no has apostado lo suficiente por esta relación”. En palabras de la profesora de Sociología en la Complutense: “Hoy se sobreentiende que, si eres adulto, no puedes fiarlo todo a las emociones: el amor es un trabajo, una apuesta a futuro. En ese proyecto debe haber planificación: si se pierde la libido, por ejemplo, hay que agendar los encuentros. Pero tampoco podemos perder de vista lo romántico. El éxito de una relación actual parece moverse en esa ambivalencia”.
Al hilo de esto, la socióloga recuerda que cuando investigó para un estudio las aplicaciones de contactos, le llamó mucho la atención la facilidad con la que acciones ideadas para encontrar pareja se convertían en interacción empresarial, y viceversa. “Las primeras se anuncian con reclamos que tienen que ver con el ahorro del tiempo y con la multiplicidad de oferta, por ejemplo. A la vez, prácticas como el speed dating, que empezaron en el mundo de las citas, se acabaron trasladando al universo empresarial para poner en contacto a proveedores y clientes”.
Pero ¿cuándo esta transferencia resulta demasiado? ¿En qué punto entra en colisión con la concepción que tenemos de ‘lo que debería ser’ una relación? “Las parejas no son solo amor: son cuidar, pagar facturas, organizarse… Eso está bien explicitarlo, porque si lo ocultamos, también estamos ocultando las dinámicas de poder que operan de fondo. Lo que llama la atención ahora es que tengamos que presentar esta organización casi de modo empresarial con unos objetivos, unos KPIs, un análisis DAFO… todo eso que casa muy bien con el capitalismo. Es una lógica optimizadora que, en última instancia, tiene que ver con el neoliberalismo”, indica Olasagasti.
¿Y si el problema de nuestras relaciones no recayese en la comunicación?
Tras ideas como la de la reunión mensual subyace la noción contemporánea de que la comunicación es la base de una pareja. No es algo que siempre se entendiera así: Illouz marca la introducción de esta novedad hacia mediados de los 60, cuando la psicología comenzó a tomar valor como guía para lograr “una mayor armonía en el seno de la familia”. Fue entonces cuando nació la ‘literatura de consejos’, es decir, todos esos libros y artículos que, de la mano de expertos, explican cómo debemos conducirnos en las relaciones. Esto, según Illouz, lleva a intelectualizar la vida cotidiana: “A racionalizar las relaciones íntimas, es decir, a someterlas a métodos neutrales de examen y discusión sobre la base de un intenso trabajo de autoanálisis y negociación”.
Lleva a racionalizar las relaciones íntimas, es decir, a someterlas a métodos neutrales de examen y discusión sobre la base de un intenso trabajo de autoanálisis y negociación
La idea de la reunión mensual, de hecho, se puede rastrear en la plataforma Multiamory, dedicada a facilitar herramientas para gestionar todo tipo de relaciones sexoafectivas. La misma propone aplicar a las relaciones el método Scrum (un sistema de organización del trabajo nacido del campo del desarrollo de software). Sus responsables trasladan sus bases al vínculo de pareja, sosteniendo que las reuniones deben realizarse de forma periódica independientemente de si la relación va o no va bien, que deben ser un espacio seguro para hablar de temas incómodos y que deben seguir una fórmula establecida (revisión de lo que ha sucedido desde la última reunión, definición de lo que se hablará en esta, discusión de lo agendado, como sexo, salud, peleas, dinero, trabajo, viajes… y establecimiento de soluciones). Al final, debe darse un espacio de reconexión que, según la web, puede consistir en hacerse cumplidos el uno al otro y compartir una “actividad divertida” como “masajes, caricias o sexo”.
Estas guías profesionalizadas para conducirnos en algo tan aparentemente orgánico como el amor alimentan lo que Illouz denomina “economía de problemas personales”, y a través de las redes sociales estamos cada vez más expuestos a ella: “Parece que hay como una especie de libro de instrucciones que explica qué hay que hacer para tener una buena relación de pareja”, coincide la psicóloga Andrea Rueda (De dolores y gloria).
“Las redes venden soluciones muy simples a problemas muy complejos. Ojalá el problema en nuestras relaciones fuera que no tenemos ideas para hacer citas originales, o que no nos hemos sentado a repartir las tareas. Pero el problema en una relación heterosexual suele ser la desigualdad estructural. Por eso muchas veces cuando intentamos poner en práctica estas recetas no funcionan y se vuelve todo tan frustrante”, añade.
Parece que hay como una especie de libro de instrucciones que explica qué hay que hacer para tener una buena relación de pareja
Lasén coincide con Rueda en su conclusión: “En relaciones heterosexuales, muchos de nuestros problemas son estructurales. Pueden tener que ver, por ejemplo, con las condiciones materiales (tener o no vivienda, tener o no dinero, etcétera), pero sobre todo, con las expectativas de género: quién cuida, quién hace qué. Eso no siempre se resuelve hablando. Hay que entender cómo afectan estas estructuras a nuestra relación, aunque eso no significa que no tengamos que responsabilizarnos de nuestro comportamiento”.
“Si creemos que todo se basa en que tenemos problemas de comunicación, vamos a generar formatos artificiales de gestión de esa comunicación. Aunque, muchas veces, el problema no es de comunicación, pues hay hombres que no nos ven como iguales, y, como consecuencia, les da igual lo que les comuniquemos”, explica por su parte la psicóloga.
“Si juntamos esa idea con el capitalismo y el neoliberalismo en el que estamos sumidos, donde tratamos todo en formato empresa, las reuniones mensuales parecen la solución perfecta”, añade Lasén. “Y es cierto que, si no hay esos espacios de comunicación en la relación, la psicoterapia de pareja anima a crearlos, pero en el día a día, ¿hasta qué punto vamos a convertir las relaciones en un listado de tareas? ¿Dónde está el placer? ¿Dónde está el disfrute? ¿Dónde está la autenticidad?”.
Es un diagnóstico del que ya alerta Illouz. La autora considera que las emociones son rápidas y concretas y están ligadas a una situación específica. Sin embargo, hablar siguiendo el modelo terapéutico de la ‘literatura de consejos’ (identificar la emoción, ponerle nombre, analizar su origen, valorar si es legítima, comunicarla adecuadamente y negociar una solución) introduce un procedimiento racional que obliga a detener la sensación, analizarla y traducirla a un lenguaje de negociación. Las reuniones mensuales de pareja ilustran un ejemplo parecido, porque apuntan a ‘guardarse’ esa emoción, expresarla durante la cita, analizarla mediante un procedimiento estándar y negociar soluciones.
Para Olasagasti es además difícil que se puedan concatenar conversaciones que tengan que ver con elementos tan dispares como el dinero, las vacaciones y el sexo. “Me parecería rarísimo hablar de la factura de la luz y luego: ‘Oye, ¿y follamos bien? ¿Me corro lo suficiente? ¿Qué juguete deberíamos comprar?’. Esto parece responder a una lógica de optimización: cogemos cuatro horas y despachamos para el resto del mes, donde ya me permito o el ocio o ser productiva laboralmente”.
Los consejos de pareja, ¿un trabajo más para las mujeres?
Rueda plantea que seguir consejos terapéuticos como aprender a ser más asertivas o crear momentos en los que comunicarse con la pareja suelen recaer en las mujeres, que son por lo general “quienes reman para que las relaciones vayan bien”. Pero si se consigue crear ese espacio de escucha puede ser también positivo para ellas, pues se haría partícipe a la pareja de gestionar vacaciones y eventos familiares, algo de lo que también se ocupan más las mujeres. “La autonomía masculina se ‘desencarga’ de cosas que no le interesan, porque es más fácil: ‘Compramos el sofá que tú quieras’”, ejemplifica Olasagasti.
Las mujeres ya nos comunicamos una y otra vez con los hombres, ya pedimos lo que necesitamos, pero no se nos escucha. Para ellos suele ser incómodo hablar de estas cosas. ¿Por qué en esa reunión va a pasar algo diferente?
Aun así, Rueda advierte que tener una reunión al mes no va a acabar por sí solo con la desigualdad en la pareja. “Las mujeres ya nos comunicamos una y otra vez con los hombres, ya pedimos lo que necesitamos, pero no se nos escucha. Para ellos suele ser incómodo hablar de estas cosas. ¿Por qué en esa reunión va a pasar algo diferente?”.
Más allá de eso, la psicóloga también observa otro tipo de contrariedades: “¿Qué pasa si hay un marrón después de esa reunión? ¿Cuándo lo vamos a hablar? ¿Qué pasa si acordamos vernos un sábado, pero luego sale un plan con una amiga que nos apetece más? ¿Acaso una relación no es una conversación constante entre iguales?”. A estas preguntas, desde Multiamory responden que se puede hablar también de cosas importantes de manera espontánea, pero que “contar con un espacio seguro y regular para comunicarse ayuda a procesar ciertos temas antes de que se conviertan en problemas de verdad”.
La idea es “reducir al mínimo la gestión y el procesamiento cotidiano de los conflictos y, al mismo tiempo, maximizar el tiempo positivo y libre de conversaciones de ‘mantenimiento’ con la pareja”, una idea atractiva ahora que sentimos que el tiempo se nos escapa entre los dedos. La pregunta es, quizá, cuánto ganamos y cuánto perdemos al pasar las relaciones por tamices de eficiencia como estos.
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