“Perdona, no me da la vida”: ¿realmente no tenemos tiempo para nada o solo nos sentimos ocupados?

Haley Lu Richardson en 'The White Lotus'.

Marta Sader

20 de julio de 2026 21:40 h

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Frente al tiempo expansivo de la infancia, el ajetreo cada vez más intenso de la vida adulta. Nos sorprendemos diciendo prácticamente cada día: “Perdona, no he tenido tiempo”. Incluso: “No me ha dado la vida”. ¿Cuándo empezaron estas frases a volverse ubicuas? ¿Cuándo empezamos nosotros mismos a decirlas y qué quieren comunicar realmente? ¿De verdad no tenemos tiempo… o solo nos sentimos ocupados?

“Es objetivo que nuestros horarios de trabajo son, en teoría, más reducidos que hace décadas (digo ”en teoría“ porque sabemos que las horas extra están ahí, o los empleos irregulares y sin contrato, en los que se explota a muchas personas)”, dice la filósofa Azahara Alonso. “En cambio, la tecnología permite nuestra disponibilidad, por lo que la desconexión digital se hace en muchos casos más difícil (por miedo a perder el empleo) y eso produce una sensación de tiempo ocupado en una alerta continua”, añade la también autora de Gozo (Siruela), un libro que “habla de la posibilidad de un placer casi sagrado, el de no hacer nada (o no hacer tanto, o no por necesidad)”.

Porque sentir que no tenemos tiempo es, casi siempre, sentir que no tenemos tiempo ocioso. Pero también, como apunta Alonso, que no poseemos ratos libres de las perpetuas interrupciones digitales que fragmentan nuestro día constantemente, lo que se ha dado en llamar “tiempo confeti”.

De nuestra relación con el tiempo habla precisamente Cronofobia (Arpa), del poeta y periodista Sergio C. Fanjul: “Hay investigaciones que dicen que eso del scroll infinito hace que nuestro cerebro no procese bien el tiempo, porque necesita hitos: que se haga de día, que se haga de noche, que haya cumpleaños, que pasen los meses… pero en las redes sociales, esos hitos no existen: te levantas por la mañana y están ahí, te acuestas por la noche y están igual. No se sabe qué hora es, son siempre lo mismo. Eso dificulta que el cerebro compartimente bien el tiempo, por lo que tenemos la sensación de que pasa más rápido”.

En llamada telefónica, Fanjul también menciona la disponibilidad constante a la que nos somete la tecnología, que hace que “el trabajo se haya desparramado por todo el horario”. Eso abarca no solo recibir un mail a las once de la noche, sino también el sentirse impelido a responderlo: “Simplemente por aprovechar, por ir haciendo”.

Hay investigaciones que dicen que eso del 'scroll' infinito hace que nuestro cerebro no procese bien el tiempo, porque necesita hitos: que se haga de día, que se haga de noche, que haya cumpleaños, que pasen los meses… pero en las redes sociales, esos hitos no existen

Sergio C. Fanjul periodista y autor de 'Cronofobia'

¿Hacemos demasiado?

A pesar de que en el mundo preindustrial las tareas fuesen físicamente duras (ir a lavar al río, coserse la propia ropa, segar el campo), la actividad se organizaba en torno a labores concretas: limpiar, segar o coser son tareas manuales con un principio y un final reconocibles. Muchas, además, estaban alineadas con las estaciones o nos ponían en contacto con la naturaleza, lo que se sabe que proporciona calma a nuestro organismo. Y cuando acababan, llegaba ese momento del no-hacer.

Después llegó la industrialización, que cambió esa percepción del tiempo como algo ligado a tareas, acontecimientos y ritmos naturales hacia un tiempo medido por el reloj, abstracto, divisible y disciplinado. La fábrica exige entrar a una hora concreta para maximizar la jornada, necesita la sincronización entre trabajadores y máquinas, el control de pausas, la puntualidad y la medición del rendimiento por unidad de tiempo. Pero, de nuevo, cuando acababa ese tiempo laboral, medido artificialmente, se podía en muchos casos no hacer (especialmente, si eras un hombre y no tenías que ocuparte además de los cuidados).

Ahora, sin embargo, incluso el tiempo libre parece repleto de exigencia: “En una época anterior a las sociedades de consumo, la gran epidemia era el aburrimiento: tengo mucho tiempo y pocas cosas que hacer, o ninguna interesante. En un momento de consolidación de las sociedades de consumo y de capitalismo digital, el malestar generalizado es el contrario: no tengo tiempo y tengo muchas actividades muy valiosas, muy interesantes y muy importantes que hacer. Siempre que decimos ‘no tengo tiempo’ estamos dando cuenta de que vivir en el siglo XXI en esta sociedad significa estar estresado”.

Lo afirma Juan Evaristo Valls Boix, autor de JOMO. El gusto de perder. “El JOMO es la alegría de perderse cosas, la rebelión ante los imperativos del goce total, un canto a la libertad entendida como holganza y holgura”, se lee en su contraportada. Para el filósofo y escritor, esa sensación constante de no tener tiempo se deriva del tener que hacer constantemente más: “Siempre hay algo más que podríamos haber hecho, consumido, vivido… Vivimos en un sistema donde se concibe que el sentido de la vida es el éxito y, por tanto, la superación personal y el crecimiento; un crecimiento que se puede hacer a través del trabajo, de la acumulación de experiencias, de la acumulación de amantes y cuerpos, etcétera”.

O, como resume Fanjul: “Cuando trabajas, trabajas, y cuando no trabajas, produces para el sector del ocio: tienes que hacer viajes, hacer excursiones, ir a los restaurantes guays que salen en Instagram y todo eso hace que el tiempo desaparezca, porque hay muchos compromisos sociales, hay muchos compromisos experienciales. Ni siquiera cuando tienes que estar tranquilo puedes estarlo”. Y eso pasa cada día, pero también cada año: como el autor indica, tampoco en la vejez, una etapa que antes se presuponía tranquila, cede el nivel de exigencia ante la ocupación del tiempo. “Tienes que vivir una nueva juventud, viajar, tener experiencias significativas, adquirir nuevos hobbies…”.

Pero ¿cómo no formarnos, pudiendo hacerlo? Cómo no leer más libros, ver más conciertos, ir más al teatro si no queremos quedarnos atrás, si queremos empaparnos de la vida y ser mejores personas incluso. Cómo renunciar a lo que para muchos es la propia identidad, en lo que es una potentísima interiorización de comportamientos, en realidad, capitalistas (¿a quién le interesa en realidad que consumamos más ocio, sino a las industrias culturales y turísticas?).

Vivimos en un sistema donde se concibe que el sentido de la vida es el éxito y, por tanto, la superación personal y el crecimiento; un crecimiento que se puede hacer a través del trabajo, de la acumulación de experiencias, de la acumulación de amantes y cuerpos, etcétera

Juan Evaristo Valls Boix filósofo y autor de 'JOMO. El gusto de perder'

Delitos contra el tiempo

Fanjul dedica un capítulo de Cronofobia al Instituto del Tiempo Suspendido, una pseudoinstitución que “nace de la necesidad de reapropiarnos del tiempo de vida expropiado, constante y diariamente, en nuestras sociedades capitalistas. Una manera de pasar de ‘la vida no me da’ a ‘yo tengo mi ritmo’”. Una de sus performances consiste en preguntar a la gente por los delitos contra el tiempo que han cometido, tipificados en su Código cronopenal. Si has metido prisas a los demás, si intentas llevar un plan de vida que se ajuste a la normatividad temporal (una juventud llena de experiencias alucinantes de descubrimiento, después la formación de una familia, más tarde la compra del chalet, etcétera), te sentencian como cronoterrorista y te imponen una cronopena para que te alejes de tus vicios. Por ejemplo, abrazar la lentitud o no terminar tareas que has empezado.

Es probable que la experiencia haga pensar a más de uno. Pero salirnos por completo de la rueda de hámster en la que parecemos inmersos, gritando a cada rato: “¡No tengo tiempo, no tengo tiempo!” conlleva probablemente algo más que una performance. Aunque, ¿es deseable? A veces pareciera que estar permanentemente ocupado es ser alguien, ser importante. La pereza, incluso en días festivos, se mira con desdén (de ahí la culpabilidad que sentimos al ‘perder el tiempo’).

"Mi impresión es que la ociosidad solo parece problemática si la ejercen las clases trabajadoras, a las que en ese caso se les acusa de pereza o vagancia", dice la filósofa Azahara Alonso.

“Si alguien con un empleo (o varios) que no le permite apenas pagar el alquiler y la cesta de la compra, que se hace cargo del mantenimiento de su casa y de ciertos cuidados de otras personas, dice que no tiene tiempo para nada, en ese caso, es una realidad material, sin duda. Las clases populares están sometidas a una carga de trabajo, mental y de disponibilidad increíble e injusta. En cambio, cuando alguien perteneciente a las clases acomodadas dice ‘no me da la vida’, da cuenta de cómo la percepción de un tiempo acelerado es más generalizada en nuestra cultura hoy, independientemente de a qué dedique ese tiempo”, indica Alonso. “Mi impresión es que la ociosidad solo parece problemática si la ejercen las clases trabajadoras, a las que en ese caso se les acusa de pereza o vagancia. En cambio, a las clases acomodadas no se les critica la ociosidad; al contrario, se considera que, aunque sea heredada, se la han ganado. En esto yo no puedo ver más que una regulación moral”.

Quizá por eso, como apunta Fanjul, las tentativas de minimizar las horas laborales no han cosechado demasiados apoyos ni siquiera entre la izquierda. El mantra de que el trabajo dignifica, de que debemos ser empresarios de nosotros mismos y maximizar el beneficio de cada uno de los segundos que pasemos vivos ha calado hondo en personas de toda ideología. Como dice Valls: “Esa lógica es como la ley de la gravedad. Podemos quejarnos de ella, pero no aspiramos a cambiarla”.

Hacia una nueva concepción del tiempo

En Jane Eyre, de Charlotte Brontë, las clases acomodadas juegan, se afanan en jugar. Al ajedrez, al billar, a las charadas. Remueven toda la casa para encontrar chales, mantas, jarrones, baúles, cualquier cosa que pueda servir de atrezo para representar elaboradas escenas que el otro equipo adivine. Encuentran en este propósito mucho placer, pues su sociedad está marcada por la falta de estímulos.

Conforme la sociedad se va haciendo cada vez más consumista, los placeres se sofistican. Se pierde la dicha del juego libre, sencillo, no digital, que queda reservado para la infancia (cuando la infancia tiene tiempo libre, que entre colegio, extraescolares y campamentos varios, cada vez es menos a menudo). Ya se dieron cuenta los situacionistas, como apunta Fanjul. Ellos, muy críticos con la deriva capitalista del tiempo, practicaban ‘la deriva’: un paseo que abandonaba los recorridos habituales, las obligaciones y los motivos funcionales de desplazamiento para explorar la ciudad a través de lo lúdico. Para descubrir, jugar, dejarse afectar.

No creo que haya un espacio o actividad libre, per se, de la lógica del rendimiento. Esa lógica del rendimiento es un sistema y una ideología que funciona a la perfección y por eso se filtra incluso en ámbitos inimaginables, como lo íntimo

Azahara Alonso filósofa

Ese paseo continuo es también el que Valls propone como camino posible: “Parece que la vida está aquí para aprovecharla y realizarse, como si fuéramos una especie de inversores de nosotros mismos. Tenemos que crecer, tenemos que superarnos, progresar… Pero es mentira. La vida ni es un camino único en línea recta, ni es un espacio de superación constante. No hay ningún sentido, ni ninguna meta, ni ningún lugar al que llegar: es solo tiempo que perder explorando. Aprender a vivir es aprender a perder, y la gracia de ese camino, de ese bosque en el que nos perdemos (perdón por la metáfora salvajemente cursi) es que podamos hacerlo acompañados”.

Quizá estemos, pese a todo, cada vez más cerca de esa ‘deriva’. Fanjul menciona en nuestra conversación la Gran Renuncia, la extraordinaria oleada de dimisiones voluntarias que se dio en Estados Unidos tras la pandemia. Valls, por su parte, detecta un cambio de ciclo, una nueva sensibilidad que nos hace darnos cuenta de que una sociedad en la que la ansiedad, el burnout, la fatiga crónica y la depresión son tan comunes probablemente no merece la pena: “Empezamos a dibujar un imaginario de vida buena que no tiene en el centro la felicidad como acumulación capitalista existencial de experiencias, sino la tranquilidad: poder desaparecer, poder estar con las amigas, tener tiempo libre, tener espacios libres, plazas, parques. Un proyecto que no sea necesariamente capitalista, donde la vida se valore por su vulnerabilidad o por su interdependencia y no por su éxito”.

Para conseguirlo, Alonso plantea cambiar la mirada: “No creo que haya un espacio o actividad libre, per se, de la lógica del rendimiento. Esa lógica del rendimiento es un sistema y una ideología que funciona a la perfección y por eso se filtra incluso en ámbitos inimaginables, como lo íntimo. Por lo tanto, para evitarlo tendríamos que adoptar otra lógica. Sería como cambiarse esas gafas que constituyen la ideología como forma de vivir por otras que pongan por delante otros valores. Y esas gafas existen; los ricos las llevan siempre puestas, pero no quieren que las demás las usemos”.

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