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“He tenido muchas citas, pero nunca pasa nada”: ¿estamos ante la muerte del beso?

George Peppard y Audrey Hepburn en 'Desayuno con diamantes' (1961).

Elle Hunt

19 de agosto de 2026 21:39 h

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El último beso de Spencer fue hace dos años, en una primera cita. Todo empezó con buen pie: tras hacer match en Tinder, quedaron para dar un paseo, luego tomaron unas copas y un helado, antes de cenar en casa de ella. Al final, se besaron. “No me gustó”, dice Spencer. Todavía le cuesta identificar por qué. “Me parecía atractiva. Había química, pero faltaba algo. No había nada detrás del beso; me pareció algo mecánico”.

Ese no solo fue el beso más reciente de Spencer, sino también el primero de su vida, a los 29 años. Ahora, con 31, dice que, en cierto modo, un segundo beso le parece menos factible que tener relaciones sexuales: “El salto parece mucho mayor”.

Estamos viviendo una crisis de intimidad: según los datos, cada vez hay más personas solteras y que mantienen menos relaciones sexuales. Pero detrás de esos titulares se esconde un hallazgo menor, aunque no por ello menos significativo: es posible que también estemos atravesando una “recesión de los besos”. En una reciente encuesta de YouGov, encargada por la marca de higiene bucal Waken, más de un tercio de los adultos británicos afirmaron que se besaban románticamente con menos frecuencia que hace cinco años. Casi uno de cada cinco no había recibido un beso en más de un año, mientras que el 27 % creía que besar se está volviendo menos habitual.

En el caso concreto de la generación Z, la timidez puede ser un factor determinante. La encuesta de Waken reveló que los jóvenes de entre 18 y 24 años se preocupaban por el “momento adecuado” para un beso y por si se les daría mal. Un tercio afirmó haber evitado un beso por falta de confianza. Esto concuerda con estudios que muestran de forma sistemática que los jóvenes de hoy en día son más reacios al riesgo que los de antes, absteniéndose no solo de mantener relaciones sexuales, sino también de consumir alcohol y drogas.

Blair, de 24 años y de género no binario, solo ha dado tres besos en total desde la adolescencia, a pesar de haber mantenido una relación a distancia durante seis años. “Aunque llevábamos años juntos, me sentía bastante cohibide, insegure y abrumade por tener tan poca experiencia”, afirma. Ahora, “la idea de besar a alguien a quien no conozco tan bien me da ganas de esconderme como una tortuga”. Dice que siempre le ha faltado confianza, pero que la situación empeoró durante la pandemia de la COVID-19. Hoy en día, como muchos de su generación, prefiere un estilo de vida más hogareño. “Nunca he ido a un bar ni a una discoteca, nunca he probado a salir con alguien… Apenas voy a ningún sitio que no sea el trabajo o el cine; es decir, nunca me encuentro ni me pongo en situaciones en las que besar a alguien sea siquiera una posibilidad”, afirma. “Y aunque lo hiciera, no creo que me atreviera”.

Aunque es más pronunciada en la generación Z, esta aversión al riesgo —vinculada al menor tiempo que se pasa cara a cara con los amigos— se extiende a un ámbito más amplio. “La gente ya no habla con desconocidos ni se invita a salir”, afirma Sarah Stein Lubrano, una teórica social que está escribiendo un libro sobre esta “atrofia social”. Los besos son un ejemplo revelador, ya que requieren habilidades como la interpretación de expresiones faciales, el lenguaje corporal y señales sociales sutiles que pueden estar oxidándose debido a nuestra dependencia de la tecnología. Su supuesto declive debería preocuparnos a todos, afirma Lubrano, “no porque todo el mundo tenga que mantener relaciones románticas, sino porque, en general, implica menos conexión social, menos compromiso y menos sentido de pertenencia”.

Ya no resulta tan interesante; no tiene la misma capacidad erótica que solía tener, y quizá por eso la gente se besa menos en general

Katie Barclay autora de 'El beso: una historia de pasión y poder'

En comparación con los retos que suponen encontrar pareja o mantener relaciones sexuales, los besos pueden parecer algo trivial, sobre todo para las generaciones mayores, que los intercambiaban con total naturalidad. Pero la supuesta “recesión de los besos” forma parte de una ruptura más amplia de las relaciones, atribuida al auge de la comunicación digital, al declive de los espacios compartidos y de la vida nocturna, a los cambios en las relaciones de género e incluso al miedo a la vigilancia. Cuando el mes pasado se grabó a dos personas besándose en el Central Park de Nueva York, el vídeo se hizo viral, con cuatro millones de visualizaciones en TikTok y numerosos comentarios de burla.

“El beso siempre ha sido un reflejo de su época”, afirma Katie Barclay, profesora de la Universidad Macquarie de Sídney. En su nuevo libro, The Kiss: A History of Passion and Power ('El beso: una historia de pasión y poder'), repasa su evolución desde la Edad Media y llega a la conclusión de que, efectivamente, hoy en día nos besamos menos. A lo largo del siglo XIX, el beso se convirtió en el principal símbolo de la intimidad romántica y física, pero a medida que la cultura se ha vuelto más visual y explícita, el beso romántico ha perdido protagonismo y significado. “Ya no resulta tan interesante; no tiene la misma capacidad erótica que solía tener, y quizá por eso la gente se besa menos en general”, afirma Barclay.

El beso romántico ha ido perdiendo protagonismo»… Dev Patel y Freida Pinto en 'Slumdog Millionaire'.

En estos tiempos “pornificados”, la primera base apenas llama la atención. Un estudio de 2022 reveló que los besos eran “significativamente menos frecuentes” en los vídeos pornográficos entre hombres y mujeres que en las experiencias habituales de los adultos estadounidenses. Incluso las comedias románticas suelen dar más protagonismo al sexo que al “beso apasionado en el sofá” que lo precede, señala Barclay. Y aunque en público se pueda pasar por alto el beso, en privado la cuestión se ha vuelto más delicada, ya que el movimiento #MeToo ha concienciado sobre la importancia del consentimiento. Aunque es un cambio positivo, esto añade otra capa de complejidad y aumenta el riesgo de interpretar mal el momento. “Ahora puede verse, y se ve, como un daño”, dice Barclay.

Esa seriedad ha complicado un rito de paso propio de la juventud. “Sin duda, me siento muy cohibida ante la intimidad romántica, pero no es por falta de intentos”, afirma Carrie, de 23 años. Sus últimos dos años y medio de secundaria los cursó online debido a la pandemia: “Siento que me he perdido algo”. Desde entonces, Carrie ha tenido “muchas” citas, “pero no ha pasado nada; es frustrante”. Se siente asustada y demasiado inexperta para dar el paso; sus citas quizá hayan sentido lo mismo, añade. “No sé muy bien cómo tomar la iniciativa en esas situaciones. No quiero quedar como una idiota”.

No obstante, Carrie mantiene la esperanza, pero las personas adultas que se han perdido esta etapa clave temen que su momento ya haya pasado. “Me he lanzado, pero nadie está interesado”, dice Joseph, de 36 años. Utiliza aplicaciones de citas, ha acudido a eventos para solteros y se siente seguro a la hora de acercarse a las mujeres, pero afirma que nunca ha tenido la oportunidad de besar a nadie. “Antes había lugares donde conocer gente de la zona y entablar relaciones, fueran platónicas o no. Eso te permitía desarrollar habilidades sociales. Hoy en día, la gente está pegada al móvil y se queda en casa”.

Ahora, si voy a besar a alguien, tiene que ser alguien en quien confíe de verdad

Dolly 35 años

Aunque no llegara más allá, Joseph afirma que un beso le daría confianza y esperanza, “la sensación de ser deseado, la experiencia en sí misma”. Le preocupa que haya algo que no vaya bien en él y que vaya a estar siempre solo y sin ser amado. La terapia no le ha servido de nada. “He aprendido a no tener más esperanzas porque eso me causa mucho dolor”.

Joseph insiste en que no culpa a las mujeres de su situación, pero teme que su inexperiencia se convierta en una desventaja aún mayor a medida que cumpla más años. “Seamos realistas: un hombre que no ha dado un beso a los treinta y tantos años se considera una señal de alarma importante para algunas mujeres, ya sea de forma consciente o inconsciente”.

Rodrigo, de 31 años, oculta su falta de experiencia a sus amigos, por miedo a que se burlen de él y a que lo juzguen como un “incel” misógino. “Por desgracia, a todos nos meten en ese mismo saco”, afirma. No tiene paciencia con los hombres que culpan a las mujeres de su falta de éxito sexual, en lugar de mirar hacia dentro. “Algunos de esos tipos se han vuelto realmente ciegos ante lo que les pasa”.

Rodrigo cree que su obstáculo son las aplicaciones de citas: en 12 años, nunca ha conseguido quedar con nadie. “Creo que las personas como yo, cuyo atractivo está por debajo de la media, sentimos que no tenemos ninguna oportunidad”. Las redes sociales, en las que circulan historias de terror sobre las citas, han avivado su miedo al rechazo. Intenta mantener una actitud positiva, tomarse un respiro de las citas y mantenerse ocupado con el trabajo, pero periódicamente se siente “deprimido, triste y enfadado conmigo mismo”. Sigue deseando tener una relación y sentir la validación de un beso, pero incluso eso le parece cada vez más imposible. “Creo que, en el fondo, he perdido la esperanza”.

Dolly, de 35 años, no se ha besado desde principios de 2020. Antes de la pandemia, cuenta: “Era el tipo de persona que podía besar a alguien en una salida nocturna, y era divertido y un poco alocado; pero luego algo cambió”. Ella lo achaca a problemas de intimidad derivados de traumas del pasado, que se han acentuado con la edad, y a tener más claro el tipo de relación que busca. Como lesbiana, se siente agradecida de haberse librado del cada vez más tenso panorama de las citas heterosexuales, pero afirma que besar se ha convertido en algo más trascendental y con mayores consecuencias. “Ahora, si voy a besar a alguien, tiene que ser alguien en quien confíe de verdad”, afirma.

Dolly admite que echa de menos lo fácil que le resultaba besar cuando era más joven “y las cosas no importaban realmente”, pero no siente ninguna urgencia. “Tengo a mis amigos, a quienes adoro. No siento que me falte nada”. Se ha dado cuenta de que a su hermana adolescente, que es heterosexual, tampoco le preocupa salir con chicos, y se centra más bien en su vida social y en los estudios. “Al parecer, a ella y a sus amigas simplemente no les importa. Cuando yo iba al colegio, lo único que importaba era quién te gustaba”. Esto refleja una tendencia más amplia, según los informes, de que las mujeres dan menos prioridad al romance y al amor, citando a menudo la falta de parejas deseables y unas dinámicas obstinadamente desiguales, siendo el beso la víctima —o el sacrificio—.

Para Catriona, de 55 años, los ocho años que han pasado desde su último beso reflejan su plenitud, no un fracaso. Afirma que ha “decidido no participar” en las citas debido a la falta de hombres emocionalmente inteligentes preparados para una relación madura e igualitaria, y que muchas mujeres de la generación X están haciendo lo mismo: “Quiero salir con una pareja, no con un proyecto”. Eso descarta los besos, ya que Catriona prefiere su propia compañía a tener intimidad “por el simple hecho de tenerla”. “Los besos largos y prolongados son maravillosos, y es algo que echo de menos de vez en cuando, pero ya no estoy dispuesta a besar a cualquiera”. “No me preocuparía besar a alguien después de todos estos años”, añade, “pero solo tras horas de conversación y después de haber visto señales positivas”.

"Los besos largos y prolongados son maravillosos".

Catriona está agradecida por las experiencias de su juventud. “Dios mío, qué suerte que practiqué todos mis besos antes de que existiera Internet”, afirma —sobre todo en discotecas, “con chicos al azar”—. Siente empatía por las generaciones más jóvenes, que no se sienten tan “libres para hacer tonterías y cometer errores”. Teniendo en cuenta el declive del sector del ocio nocturno en el Reino Unido, el aumento de los costes y peligros como que te echen algo en la bebida, “es mucho más difícil conocer a alguien con quien besarse que en los años noventa”, afirma.

Si los besos están realmente en declive, se trata de un problema social, que se debe, sobre todo, a la ausencia de una infraestructura social para los jóvenes adultos, afirma Lubrano. “Necesitamos lugares donde la gente pueda pasar el rato durante largos periodos de tiempo y, tal vez, llegar a un punto en el que les apetezca besarse”. Pero eso no significa que, entre tanto, la gente no pueda hacer nada.

Según Lubrano, es posible que se estén exagerando los retos y las complicaciones de besar en comparación con las recompensas. La consecuencia negativa más probable de intentar dar un beso es el rechazo y la vergüenza, afirma; algo que, aunque doloroso, aporta una experiencia valiosa, ya que demuestra que es posible aventurarse más allá de la zona de confort. Por eso es importante besar, al margen del amor, el sexo y las relaciones: “Si la gente ni siquiera se arriesga a besar, realmente no vamos a asumir riesgos mayores ni más importantes”.

En el caso de Spencer, al menos el deseo está ahí. El reto consiste en mantenerse abierto y atento a las oportunidades. “En este momento no me importa besar ni el sexo”, afirma. “Solo quiero conexión”.

Los nombres de todos los testimonios han sido cambiados.

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