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Las claves de Más País y la estrategia de Íñigo Errejón

Íñigo Errejón durante la presentación de su candidatura a las elecciones del 10N.

Ignacio Escolar

La división no siempre resta

¿Suma más la izquierda en tres listas electorales o en dos? La impresión generalizada dice que la división suele restar, pero la respuesta exacta es que no siempre ocurre así. Depende de tres factores: de cuántos escaños se repartan en esa circunscripción, de cuál sea el porcentaje mínimo con el que se obtiene representación y de cuántos votos consiga la lista más pequeña. Si se reparten los suficientes escaños, si ninguna candidatura se hunde por debajo del umbral mínimo para obtener un escaño, tres listas suelen sumar más que dos.

Hay evidencias muy recientes que demuestran esta afirmación. La más nítida está en Madrid. En las elecciones generales del 28 de abril, la izquierda en dos listas –PSOE y Unidas Podemos– alcanzó el 43,5% de los votos. Menos de dos meses después, en las autonómicas del 26 de mayo, la izquierda en tres listas sumó un 47,5% de los votos. Cuatro puntos más.

Es cierto que ni la izquierda en general ni el partido de Íñigo Errejón en particular lograron sus principales objetivos: ni gobernar la Comunidad de Madrid ni mantener el Ayuntamiento. Las causas de esa derrota son varias y, en su momento, las analicé en este artículo. Pero no hay un solo dato que demuestre que, con dos listas en vez de tres, el resultado hubiera sido mejor. Defender que la izquierda perdió en Madrid por la división de Unidas Podemos es una afirmación tan extendida como contraria a cualquier evidencia científica. Simplemente no es así.

Otro dato. También fue mayor la suma de Más Madrid y Unidas Podemos en las autonómicas (20,21% entre ambas) que el porcentaje que logró en Madrid Pablo Iglesias en las generales de abril (16,24%). En escaños, el resultado también habría sido mayor.

Porque el sistema electoral español no tiene las mismas dinámicas en todas las provincias: la división resta escaños en circunscripciones pequeñas, pero en las grandes, no. Y esta norma es algo que también ha comprobado la derecha en carne propia.

La división no siempre suma

En las elecciones andaluzas, PP, Ciudadanos y Vox lograron la mayoría absoluta con tres listas frente a dos de la izquierda. Fue gracias a que todas las provincias repartían muchos diputados. Incluso en las más pequeñas –Huelva y Jaén– se elegían 11 escaños. Y gracias también a que Vox logró sacar a una parte de los votantes de la derecha de la abstención.

En las elecciones generales ocurrió exactamente lo contrario: porque la candidatura de Vox restó 690.000 votos a la derecha en 34 provincias donde el partido de Santiago Abascal presentó listas, pero no consiguió ni un solo escaño. Sin embargo, Vox sí amplió el bloque de las derechas en provincias grandes, como Madrid y Valencia, donde sin duda una parte de sus votantes salió de la abstención.

Esta es la teoría que quiere aplicar Íñigo Errejón. Otra cosa es la práctica, donde a veces la división de la izquierda es el camino más recto a la derrota, incluso en circunscripciones grandes. Eso ocurre y ocurrirá si una de las candidaturas se queda por debajo del mínimo necesario, como pasó en 2015 en las autonómicas de Madrid, cuando la lista de Izquierda Unida encabezada por Luis García Montero no llegó al 5% y esos votos perdidos le dieron la presidencia de Madrid a Cristina Cifuentes.

¿Una carambola similar podría acabar favoreciendo a la derecha, por mucho que Errejón elija bien dónde se presenta y dónde no? Pese a la teoría, es aún una incógnita que hasta el 10 de noviembre no se resolverá.

60% Podemos, 40% PSOE

Íñigo Errejón ya ha anunciado el nuevo nombre de su candidatura: Más País. También sus principales intenciones: movilizar a los abstencionistas de la izquierda sin presentarse en aquellas provincias donde su candidatura pueda restar. Sumar al bloque progresista, movilizar a los decepcionados por el resultado fallido de la negociación. Aunque es evidente algo: no todos los votos que logre Errejón van a salir de la abstención. Y sus principales caladeros van a ser dos: los votantes de PSOE y de Unidas Podemos. La duda es en qué proporción.

Si se analizan los datos de las elecciones autonómicas de Madrid y se comparan con el resultado de las europeas ese mismo día, el origen de los votos de Errejón es bastante fácil de rastrear. En números redondos: el 60% de sus votantes vinieron de Unidas Podemos, el 40% del PSOE.

Errejón muerde a los dos, aunque no está claro que esa misma proporción se vaya a mantener en noviembre. Porque en las autonómicas de Madrid, Errejón compartía papeleta con una candidata de enorme tirón, Manuela Carmena. Y porque la lista de Unidas Podemos la encabezaba la poco conocida Isa Serra, no Pablo Iglesias.

Hay otro factor que ha cambiado en estos meses: la fallida negociación. Y en la batalla del relato, y en el reparto de las culpas de la repetición electoral, al PSOE en septiembre no le ha ido bien. Según las encuestas, la fidelidad del votante de Unidas Podemos es bastante más alta que la que tiene el votante del PSOE. Y esto puede afectar en el reparto del voto desencantado con su anterior partido al que opte Errejón. Pronto se verá.

Todavía no hay muchas encuestas en los medios que recojan el efecto de la candidatura de Errejón. Pero en La Moncloa ya manejan algunas que aseguran que la candidatura de Errejón hoy roza el 15% en tres provincias importantes: en Madrid, en Valencia y en Barcelona. Es un porcentaje muy alto, aunque no está claro si responde a un efecto novedad o una tendencia que, en esta campaña, se va a consolidar.

La duda de Barcelona

De estas tres grandes provincias, hay dos donde ya está confirmado que Errejón se va a presentar. En Madrid, como cabeza de lista, y en Valencia, aliado con Compromís. ¿Y en Barcelona? Es la gran incógnita. Y no porque Errejón no tenga en la capital catalana enormes posibilidades de obtener representación.

Más que el resultado, a Errejón en Barcelona le preocupa otra cuestión: su relación con Ada Colau. Porque Catalunya en Comú es una pieza con la que, más adelante, Más País quiere contar. Y competir contra ellos no sería el mejor principio para esa futura negociación. Conviene recordar que los Comunes –y Adelante Andalucía– ya pactaron con Más Madrid un grupo parlamentario en el Senado. Algo que en el Congreso, en mes y medio, también podría ocurrir.

¿Cómo afectará a las negociaciones del día después?

A favor de Errejón juega algo más que la novedad: el enfado generalizado con los partidos, los políticos y las instituciones, que aparece en muchos indicadores. El cabreo de muchos votantes con los actuales líderes nacionales –todos, sin excepción, han bajado en estos meses en su valoración ciudadana–. Aunque Errejón también arrastra una mala imagen entre los más fieles de Unidas Podemos, que vivieron su salida del partido que fundó como una imperdonable traición.

Para Pablo Iglesias y para Unidas Podemos los argumentos de campaña contra su exnúmero dos son evidentes y se han mostrado ya. Intentarán retratar a Errejón como a una izquierda más cercana al PSOE o incluso a Ciudadanos, como un partido más cómodo para Pedro Sánchez y el poder.

Parte de estos argumentos que los portavoces de Podemos ya están usando contra su escisión se los ha regalado el propio presidente en funciones, que en una entrevista en La Sexta dejó claras sus preferencias sobre con quién le gustaría negociar una futura investidura. “He visto cosas en Errejón que resultan esperanzadoras”, asegura Sánchez. Esperanzadoras para él.

En el PSOE no ocultan que prefieren a Errejón antes que a Iglesias. Y confían en que un buen resultado de Más País les permitirá una negociación para la investidura menos tempestuosa.

No está claro si los piropos de Sánchez suman o restan, pero neutros no serán. Para Errejón, este abrazo del oso es un arma de doble filo, que depende de un factor: cuánto cabreado hay en las filas de ambos partidos, cuántos son los que responsabilizan a su líder (y no al del partido contrario) de que las negociaciones hayan salido mal. Cómo de grande es el hartazgo y la frustración entre los votantes progresistas por la fallida negociación.

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