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La renovación y el alicatado hasta el techo

Juan Carlos Escudier

Paradojas del destino, el haraquiri público de Zaplana, primer gesto de renovación en el PP, le ha pillado a Rajoy en un balcón valenciano al lado de la fallera mayor y del presidente Camps, que estaba feliz como una perdiz viendo pasar ante sus narices el cadáver de su enemigo con el traje de Armani hecho unos zorros. Eso de renovar suena muy bien pero se pone todo perdido de sangre. Es lo que tiene.

En general, con la reformas hay que tener cuidado porque uno empieza alicatando los baños y termina cambiando las ventanas y quitando el gotelé, que es una horterada. El desescombro en el PP se ha llevado por delante a Zaplana y hará lo propio con Acebes, que es como esos recuerdos de la abuela que no se rompen ni a martillazos. La cosa no terminará ahí, que ya se sabe que los albañiles son un gremio poco cuidadoso con la loza. Hasta Sánchez Dragó, que era como un jarrón chino en la decoración de los populares, ha preferido ponerse a salvo y huir del país en dirección a la India, no fuera a ser que terminara hecho añicos en el contenedor verde junto a las botellas de sidra.

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