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Europa en cuarentena

La UE se juega su credibilidad y su futuro en la respuesta económica a las gravísimas consecuencias de la pandemia

Marcha a favor de la Unión Europea en Berlín. Foto: Parlamento Europeo

Marcha a favor de la Unión Europea en Berlín. PARLAMENTO EUROPEO

Europa afronta una nueva prueba de estrés. Y esta vez, no sólo está en juego la salud de sus instituciones; también la de sus ciudadanos, su economía, su rol en el mundo y su credibilidad y utilidad a ojos de los europeos. La crisis del Covid-19 ha llegado como un tsunami a una Unión frágil y aún maltrecha tras una larga lista de crisis que le han dejado marcadas cicatrices.

Hasta hoy, la Unión ha dado muestras de descoordinación y parece que Bruselas no ha sido capaz de digerir ni anticipar las consecuencias de una pandemia con gigantescas consecuencias. La unilateralidad se ha impuesto en la gestión de fronteras, y junto a ella la sensación de recetas de salud pública a la carta o la vergonzante imagen de ayuda llegada del exterior a Italia ante la pasividad del resto de sus socios. Si bien es cierto, hay que recordar, Europa carece de verdaderas competencias en materia sanitaria y es probable que la Unión no tuviera más opción que alentar el lento pero implacable despertar del Leviatán, los viejos Estados-nación, que están recordando su contumaz maquinaria de poder. Ahora sería necesario, como las señales de esta semana indican, que sus contundentes acciones sean alineadas y tengamos capacidad para volver a la normalidad en la zona Schengen lo antes posible. Una normalidad, cabe decir, que no volverá a operar bajo los mismos parámetros.

Donde Europa se juega su credibilidad y su futuro, es en la respuesta económica a las gravísimas consecuencias de un continente en cuarentena. La caída del PIB este trimestre será a plomo, un indicador de flujos muy sensible a los parones de estas características. Dependerá de la respuesta de las administraciones e instituciones financieras que estemos ante un frenazo con reactivación, o ante un bache que se lleve el chasis de nuestro sistema productivo y mercado laboral por delante y acabe sacando a la luz, de nuevo, los desequilibrios y deficiencias institucionales de la zona euro.

Es, en este sentido, especialmente desalentadora la respuesta del reciente Eurogrupo. Sus conclusiones: cada uno que gaste lo que pueda, pero nada de europeización del estímulo, cuando es precisamente el momento de usar herramientas innovadoras y ambiciosas que pongan en marcha un cañón fiscal europeo conjunto y coordinado, ahí tenemos el MEDE y el BEI para operativizarlo. Y hacerlo mientras el BCE continúa dotando de estabilidad y liquidez ilimitada al sistema financiero. Es decir, tomar nota y aplicar las lecciones extraídas de la gran recesión para no repetir errores. No nos lo podemos permitir. 

El contrapunto: los gobiernos nacionales han tomado buena nota y se disponen a movilizar recursos como si de una economía de guerra se tratase, porque exactamente de eso se trata. El Gobierno de España se dispone a activar hasta un 20% de su PIB en forma de garantías, gasto e inversiones para salvaguardar su economía y proteger a los más vulnerables. Francia e Italia están activando programas similares. Pero necesitamos de la Unión, su imaginación, ambición y solidaridad, porque si algo nos recuerda el coronavirus, como si de una bofetada se tratase, es nuestra profunda interdependencia. Esta vez, en forma de vulnerabilidad compartida. Usémosla en favor de nuestra fortaleza; eso debiera ser la Unión Europea.

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