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Archivos secretos de la II Guerra Mundial revelan la colaboración con el espionaje británico del lehendakari Aguirre

Jesús de Galíndez, el espía británico Bill Ross-Smith, el lehendakari José Antonio de Aguirre, la esposa del agente y Manuel de la Sota, en una fiesta de disfraces en Nueva York.

Iker Rioja Andueza

Vitoria —
11 de octubre de 2026 21:10 h

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“Las cartas y telegramas podrás enviarlos por medio de los amigos. Refiérete siempre a la 'empresa', jugando con estos términos por razón de prudencia [...]. El millón de francos [franceses] que te envío y que lo recibes de mano del portador, entrégalo a [Eliodoro de la] Torre para que, de acuerdo contigo, establezcáis su mejor distribución. Su finalidad es atender vuestra subsistencia y atender las necesidades del trabajo en el sentido indicado. Mantened contacto con los amigos”.

Estas palabras las escribió en dos tandas, en 1942 la primera y a comienzos de 1943 la segunda, el lehendakari José Antonio de Aguirre, ya para entonces exiliado en Nueva York tras haber perdido la Guerra Civil en 1937. El destinatario era el vicelehendakari Jesús María de Leizaola, en aquel momento oculto en Francia —“a unas doce millas de Pau”, dando clases en un colegio católico y con fuentes en la Gendarmerie local— a pesar de las dificultades propias de la ocupación nazi. La “empresa” de la que hablan en esta carta, escrita en castellano, era el Servicio Vasco de Información (SVI), la agencia de espionaje creada por aquel primer Gobierno de Euzkadi, que acaba de cumplir noventa años en medio de grandes reconocimientos internacionales. Fue impulsada especialmente por el PNV, el partido de Aguirre y Leizaola.

Los archivos desclasificados de Estados Unidos mostraron hace ya años que los espías vascos colaboraron de forma muy estrecha tanto con la CIA (entonces llamada OSS) y con el FBI durante la II Guerra Mundial. Puedes leer aquí un reportaje sobre ello. Sin embargo, esos acuerdos se produjeron en buena medida por el éxito previo de las relaciones del SVI con el espionaje británico y sus diferentes ramas de la época.

La obsesión de Aguirre desde que dejó Euzkadi en el verano de 1937 por la conquista de los sublevados franquistas —y a pesar de los acuerdos de su partido con los fascistas de Benito Mussolini— era combatir el nazismo, es decir, ser aliado de los aliados. Su convencimiento, que luego se dio de bruces con la realidad de los hechos, era que si caían Mussolini y, sobre todo, el alemán Adolf Hitler en la II Guerra Mundial lo haría también Francisco Franco en España. “Una empresa coordinada al servicio de la libertad”, escribía también Aguirre en su carta.

Jesús María de Leizaola, ya de vuelta del exilio, en un acto del PNV en Carranza

La misiva es el único documento en castellano de dos cajas de papeles confidenciales británicos ahora desclasificados y que han sido consultados por este periódico. En ellos se detalla una buena parte de la colaboración del SVI con el Reino Unido, incluida la entrega de fondos, como el millón de francos franceses que se le hizo llegar a Leizaola. El propio vicelehendakari consta como agente al servicio del denominado SOE, el Special Operations Executive, según una investigación realizada en 2017 por Guillermo Tabernilla y Pedro J. Oiarzabal. En la documentación aparecen al tanto de esta operativa personajes tan relevantes como Anthony Eden, entonces secretario de Estado de Exteriores de Winston Churchill y más tarde su sucesor como primer ministro, el primero designado en el largo reinado de Isabel II.

El “señor A”

El agente británico en Estados Unidos con código G.400 informó a Londres el 4 de enero de 1943 de que “Don J.A. Aguirre” les había pedido entregar al “Señor A” una carta y un millón de francos franceses, unos 4.000 dólares estadounidenses al cambio de aquel momento. Aplicada la inflación estadounidense, serían unos 75.000 dólares actuales; midiéndolo con la francesa, alcanzarían los 340.000 euros. “En el caso de que el Señor A haya cambiado su dirección, lo que es muy improbable, podemos contactar con los señores B, C, D o E”, se leía en el reporte.

Los documentos desclasificados incluyen una hoja de “decoding” que indica que A es claramente Leizaola, que B es Marcos Muñoa y que el resto de letras son direcciones seguras en Francia. El propio Aguirre usa con Leizaola un lenguaje encriptado en que él se refiere a Estados Unidos como los “amigos”, al SVI como la “empresa” y al Reino Unido como “los otros amigos”.

Aguirre escribió la carta a Leizaola en el verano de 1942. Ese fue un año clave para los acuerdos del SVI con las agencias estadounidenses. También fue el año en que hizo una gira por diferentes países de América Latina. “Te escribo dos días antes de partir en nuevo viaje circunvalar que llegará hasta donde Ramón trabaja, visitando de paso todas nuestras agencias”, contaba el lehendakari. Con toda probabilidad, ese “Ramón” era el consejero Aldasoro, que procedía de Izquierda Republicana pero que colaboró con el SVI desde su posición como delegado en Argentina.

La estructura del espionaje vasco en ese país era muy potente. Aguirre menciona igualmente a “Telesforo, Lasarte y Antón”. El primero es Monzón, otro consejero del Gobierno; el segundo, de nombre José María, también estaba en Argentina; el tercero era su leal Irala, pieza fundamental del engranaje del SVI. En otros documentos británicos estas personas también aparecen codificadas con letras. Irala, por ejemplo, era el “señor G”. En los papeles se menciona también a Jesús de Galíndez, que en 1956 sería secuestrado, torturado y asesinado en Nueva York y que era también un miembro destacado del SVI.

Aguirre, crípticamente, habla de su “estrecho contacto” con los “amigos” de Estados Unidos y pide a Leizaola “cuidar extraordinariamente la coordinación”: “Todos deben obedecer nuestras órdenes y ahí las tuyas”. “Necesitamos una información completa que llegue hasta aquí [Nueva York] desde las tierras por las que anduve el año pasado”, agrega. No da más detalles, pero en 1941 Aguirre estuvo en Berlín en una de las muchas etapas en su huida hasta llegar a Estados Unidos. Los archivos dan a entender que el SVI tenía cierto grado de infiltración en los territorios bajo control nazi. “Todo debe supeditarse al triunfo de la causa común que un día u otro llegará”, subrayaba el lehendakari.

Pero nunca pudo mandar a Leizaola estas instrucciones. Se las entregó a los “amigos” británicos en enero de 1943. Por ello, añadió a la carta original una larga posdata. “Esta carta fue escrita antes de mi viaje. No llegó a tus manos por razón de las circunstancias. Va ahora por conducto de los otros amigos. El viaje se realizó con pleno éxito en todos los terrenos. [...] El millón de francos que te envío y que lo recibes de mano del portador, entrégalo a Torre para que, de acuerdo contigo, establezcáis su mejor distribución [...]. Mucha prudencia y mucha acción y eficacia”, comentaba. “Torre”, Eliodoro, era el consejero de Hacienda de aquel gabinete, igualmente del PNV.

Las dudas de Exteriores

Como le ocurrió a Estados Unidos, Londres también tenía dudas de hasta dónde implicarse con unos “separatistas”, pero los consideraba valiosos en el contexto de la II Guerra Mundial. “El doctor José Antonio de Aguirre, presidente del Gobierno nacional vasco, ha enviado al general [Charles] De Gaulle un mensaje de buenos deseos para la Francia libre a través de su delegado en Londres. En relación con los vascos, hay que adoptar cautelas para evitar herir sensibilidades con el Gobierno español, al que no hay que darle un pretexto para acentuar su actitud a favor del Eje [nazi-fascista]. Nuestras conversaciones en Londres con el delegado del Gobierno de Euzkadi estuvieron marcadas por esas consideraciones. Llevaron a la conclusión, en mayo, de un acuerdo sin carácter político que se ha mantenido secreto. [...] Debemos fomentar la favorable disposición de los vascos, que pueden ser útiles para nosotros especialmente en Latinoamérica”, se puede leer en un documento interno en inglés, traducido por este periódico.

Durante la gira de Aguirre por diferentes países, las embajadas enviaron numerosos reportes a Londres sobre cómo tratar con el presidente vasco. En medio, se cruzó la diplomacia española, que mostró su malestar por la colaboración tanto de Washington D.C. como de Londres, con “el autoproclamado presidente de la república vasca, el señor Aguirre”. De hecho, en septiembre de 1942, cuando Franco sustituyó como ministro de Exteriores a su cuñado Ramón Serrano Suñer por Francisco Gómez-Jordana, el Foreign Office pidió al embajador en España que le tranquilizara diciéndole que “el Gobierno de Su Majestad nada sabía de la gira de Aguirre”. Ese cambio en el Ejecutivo franquista de 1942 guarda una relación directa con unos hechos ocurridos en Bilbao.

Unos días después, en octubre de 1942, la legación de La Habana, en Cuba, recibió la instrucción de Londres de que no debían mantener contactos con Aguirre. “Nada es más probable para embrollar nuestras relaciones con el Gobierno español que cualquier signo de apoyo al movimiento separatista español”, exponía el cable. Es más, hasta se sugirió tirar de “diplomatic illness”, es decir, de fingir una enfermedad, para evitar algún acto social en el que pudiera estar el lehendakari. Los documentos desclasificados confirman también que Aguirre tenía una estrecha relación con Estados Unidos.

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