Sandra
Estos días pensaba escribir sobre la adolescencia y la juventud, sus comportamientos complejos, pensamientos e ideales. Analizaba esa última encuesta del CIS en la que un 20 por ciento de los jóvenes aprueba o valora positivamente la dictadura franquista, cuando Sandra se ha quitado la vida. Y aunque lo uno parezca no tener que ver con lo otro, nos acerca a un sector de la población de apariencia hermético, al que es urgente llegar y ayudar.
De nuevo el bullying, el maldito y cruel acoso. Una realidad que nos pone ante el espejo como sociedad y que nos recuerda que sin valores y buenos principios da igual los pasos que demos en el ámbito de la igualdad, el respeto y la tolerancia y los años que pasen.
Tenía 14 años, los últimos, muy posiblemente, llenos de amargura y sufrimiento, a pesar de contar con el apoyo de sus padres. La acción de quitarse la vida es la más dura, valiente y desesperada del ser humano. Con 14 años quizás más, porque la razón aún no cabe del todo en un mundo donde priman las emociones. Emociones son también la tristeza, la incomprensión, la soledad…
Me es imposible escribir esto sin dejarme llevar por mis vivencias, por mi trayectoria vital, además de mi manera de estar en el mundo e intentar comprenderlo, por mi forma de ser y sobre todo por mi empatía.
Tengo una hija de 13 años. Es un sube y baja de emociones, de adrenalina y hormonas, aunque es madura y parece bien amueblada, por ahora… Un orden, el de los muebles, al que sin duda contribuimos los progenitores, porque todo empieza en casa, en la familia, en la infancia… Tengamos esto claro.
También tengo un hermano. Tiene más de 40 años y ha sufrido acoso desde los 7 porque le gustaban las personas de su mismo sexo. Ha sufrido bullying en todos sus ámbitos, maneras, expresiones y hechos, algunos muy graves. Atentó contra su vida en más de una ocasión y vivió un infierno vinculado al mundo de las adicciones, de la droga, de la cocaína. Con ella, con la maldita droga, trató de pasar y olvidar que otros le hacían sentir diferente, que no merecía vivir por amar a personas de su mismo sexo, que no valía nada, que lo mejor era apagar la luz, dejar de sufrir y que el mundo continuase sin él. Hoy en día, vive y es feliz. La vida le ha devuelto con los años todo lo que se merece, pero su esfuerzo ha sido titánico y el de su familia, el mío, mi madre y hermanas, también.
Quizás tantas explicaciones sobren, pero me refuerzan para afirmar lo que hoy quiero decir. Somos la sociedad más concienciada en el ámbito de la igualdad, hemos vivido conquistas sociales históricas y vivimos en un país ORGULLOSO de ello, pero una sociedad miope, o bizca, para ser más exactos, que ni enfoca adecuadamente ni a la par. Mientras, por un lado, vemos avances, que los hay, por el otro, retrocedemos. Si no eres padre o madre en este momento quizás sea más difícil entenderlo porque tener el retorno directo de los hijos es muy importante y conseguirlo aún más.
Siempre ha habido bullying como siempre ha habido fake news, por ejemplo, pero ya no somos los mismos, o al menos no deberíamos serlo. Cuatro ojos, capitán de los piojos, gorda, flaca, jirafa, enana, nos lo han dicho a casi todos alguna vez en la vida, pero entonces, no había conciencia social, solo sufrimiento personal. De ello ha resultado una generación diversa y diferente, pero también llena de heridas infantiles y dramas personales.
Sociedad bizca, muy bizca. Mientras una lluvia de millones llega en todos los planos desde las instituciones, mientras los planes de recuperación, subvenciones y ayudas llegan a raudales, mientras avanzamos en derechos fundamentales, el odio y falta de empatía campan a sus anchas en colegios e institutos. Siempre me pregunto qué hacemos para evitar esto y ¿cómo se evita?
A menudo escucho historias que ocurren y se suceden entre menores de edad. De niños y niñas de 12 a 17 años por razones que ya he explicado. Porque soy madre, tía y amiga. Porque soy mayor, consciente y comunicativa. Hay casos que no puedo explicar en este artículo porque no me competen y deben quedar en el ámbito de lo privado, de cada familia, de cada padre y madre, aunque siempre que he podido, he tratado de ayudar. Hay muchas historias desconocidas, dantescas, que solo salen a la luz en casos como el de Sandra.
Gorda, fea, jirafa, enana, MARICÓN, LESBIANA, son algunos de los descalificativos e insultos que hoy en día se siguen profiriendo algunos de nuestros menores. La LGTBIfobia, el bullying ideológico y por supuesto, el maldito machismo. “Vete a la cocina que es donde tienes que estar”, también es común actualmente de chicos a chicas. El acoso puede matar y por desgracia es muy habitual en los grupos de adolescentes, sin que la mayoría sepa cómo frenarlo, contarlo o gestionarlo.
Todo empieza en la familia y continúa en la vida académica. Hoy existen protocolos antibullying que no siempre se activan adecuadamente, quizás porque no sabemos. ¿Qué son? ¿En qué consisten? ¿Quiénes los conforman? Muchos padres seguro que los desconocemos hasta que nos toca. Hoy, más que nunca, la adolescencia es un limbo, para hijos e hijas, pero también para padres, madres y profesores. No puedo creer que en pleno siglo XXI, en el siglo del feminismo, del matrimonio igualitario, en el siglo de la igualdad, Sandra y otros menores, como ella, decidan quitarse la vida para dejar de sufrir y no seamos capaces de evitarlo.
La salud mental es un asunto de Estado, lo tengo claro desde hace mucho tiempo. Niños y niñas menores de edad ocupan las plantas de psiquiatría de los hospitales infantiles mientras la sociedad no lo ve. Anorexia, bulimia y depresiones en menores de 15 años. Padre y madres que asisten al drama sin comprender cómo han llegado a esa planta hospitalaria habiéndole dado todo a sus hijos. Quizás no comprendamos que lo material solo contribuye al vacío de mentes y almas que gritan en silencio mientras nadie es capaz de ayudarles a verbalizar. Quizás no comprendamos que la sociedad más evolucionada retrocede mientras vivimos en multipantalla. Quizás no comprendamos el valor de la vida hasta que la perdemos. Quizás no nos alcance para entender que no estamos tan preparados.
“Este hombre está ciego, cuídalo”.
Ensayo sobre la ceguera. José Saramago
Descansa en paz Sandra.
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