Elba: ensoñación pop en paisaje de sintetizadores

La cantante y músico Elba

Daniel Salgado


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Su pórtico, un instrumental de título Here comes the magic, remite a los Beach Boys menos terrenales. Pero el territorio que se abre a continuación es más amplio. Y lo delimita sobre todo la voz, extraordinaria e inaudita, de Elba, cuyo primer disco se titula La Magia Natural y hace apenas una semana que lo ha autoeditado. Trenzas de sintetizadores, guitarras modificadas, percusión electrónica y bajos acolchados conforman un paisaje ensoñador, onírico, sobre el que despliega una suerte de art pop intimista, melódico, nada previsible. El 7 de junio, Elba abrirá para la banda australiana Pond en la Sala Capitol de Santiago de Compostela, su ciudad natal.

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“La Magia Natural es una referencia a la música en sí, algo que no puedes describir, la sensación que te produce, los pelos de punta”, explica la cantante y multinstrumentista a elDiario.es, “parece natural pero no lo es”. Y al mismo tiempo quiere remitir a una época lejana en la que la frontera entre magia y ciencia no acababa de estar trazada. “El esoterismo siempre me ha llamado la atención. No solo. También el anime [popular estilo de cine de animación japonés], por ejemplo”, añade. Sus rastros se perciben en la abigarrada propuesta estética de Elba Souto Pampín (Santiago de Compostela, 1996), que va más allá del sonido e implica también a los videoclips —cuatro correspondientes a canciones del disco: Natural Magic, Hurt, Todo Guay y Sola— o a su propia imagen y vestuario.

“Intento que haya una coherencia. La imagen es un factor muy importante. Por eso creo que mi música no acaba de estar completa sin la expresión que se puede ver en directo”, dice. Donde se presenta bien ella sola con sintetizadores y voz, bien acompañada de banda. En la Capitol lo hará con bajista, guitarrista y teclados. La Magia Natural llegará así a los escenarios años después de que Elba sembrase las primeras pistas por la Red. Fue en 2019 cuando publicó la canción y el vídeo de Hurt, con algo de tecno pop oscuro y estribillo irreprimible, incluida ahora en el disco.

La cantante relata como las condiciones de producción determinaron su ritmo de trabajo. A los 18 años era voz y guitarra de Ivy Moon, banda de rock alternativo que editó un par de EP, y comenzó a investigar otras latitudes. Descubrió el timbre de los sintetizadores, “el sonido que más me gusta después de la voz”, y el mapa de referencias que fue dibujando su nuevo continente: Enya, Kate Bush o las bandas sonoras de Wendy Carlos y Vangelis. “Pero al principio no tenía medios para grabar. Tuve que empezar a dar conciertos para ahorrar y poder ir a un estudio”, afirma. Lo hizo en el Laboratorio Soyuz y con algunos acabados en Garaxeland, ambos en Santiago de Compostela. Excepto el bajo y algún sinte, todo de su propia mano. “En el disco hay canciones de hace mucho tiempo y de hace nada”, cuenta, cantadas en inglés —la mayoría— y en castellano. Pero sobre ese punto su idea también ha cambiado.

“Ya no quiero hacer nada más en inglés”

“Al principio trataba de ocultar lo que quería transmitir en la música”, se extiende, “mis canciones son muy personales. Nunca escribo sobre nada que no haya vivido yo misma. Son una especie de diario. Pero soy introvertida y a la vez trataba de esconderme. También usaba para ello el idioma, y por eso elegía el inglés. Ya no quiero hacer nada más en inglés”. Su voz, de alguna manera fría y emocional al mismo tiempo, busca vías para acercarse más a quien escucha: “Ahora me gusta que se entienda”. De rango extenso y preferencia confesa por las vocales —“mi forma de cantar tiene que ver con la colocación de la voz”, dice—, es quizás el más singular de los instrumentos presentes en La Magia Natural. Y la que se acaba conviertiendo en el hilo que, junto a los sintetizadores, cose piezas sonoras más o menos diversas.

Elba reconoce su deuda con los años 80 y el pop de celofán asentado en teclados electrónicos. No solo: también hay indicios de los Dead Can Dance alejados de lo étnico o incluso alguna reverberación de Robert Wyatt. “Hace tiempo que volvió ese rollo de los sintetizadores, aunque también hay mucho grupo de guitarras, sobre todo de chicas”, comenta, “se suele empezar con las guitarras y luego vas investigando. Pero los sintetizadores son carísimos”. Ella, que se siente cercana a proyectos como Auto Sacramental —madrileño afincado en Galicia adscrito a la synth wave— o al pop de habitación de la valenciana Xenia, admite que la nostalgia juega un papel. “Lo inmediatamente anterior a tu época quizás aburre. Pero acaba volviendo. Pasa con la moda, por ejemplo. Ahora te pones aquella ropa de inicios de los 2000 que veías horrible”, dice. Y, sin embargo, la retromanía que describiera Simon Reynolds no es, ni de lejos, el principal motor de La Magia Natural, un tratado de inventiva pop que mira también hacia adelante.

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