Festival Agrocuir, redes por la diversidad en el rural gallego

En la Granxa Maruxa, propiedad de Marta Álvarez, se celebraron las primeras ediciones del festival.

Daniel Salgado

Periodista —

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La vida de Cristal en la prisión de Monterroso (Lugo) no era fácil. No había módulo de mujeres y ella, una transexual, sobrevivía como podía entre los hombres. Además, el jefe de los servicios médicos le hacía la vida imposible. No le administraba su tratamiento, pese a que ella misma se lo pagaba trabajando en la lavandería de la cárcel. Gracias a una sanitaria que se comunicó con un militante LGTBI en el exterior, consiguió que la trasladasen a otra prisión, A Lama (Pontevedra), con módulo de mujeres y médicos “más empáticos”.

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La historia la relata un veterinario de profesión implicado en el rescate de Cristal y se puede escuchar en el proyecto 'Facémonos escoitar?’ (¿Nos hacemos escuchar?). Este “mapa sonoro de la memoria colectiva lucense vinculada a la realidad LGTBIQA+” lo ha publicado la Diputación de Lugo, pero el trabajo de campo corresponde a la cooperativa Indaga y al Colectivo Agrocuir da Ulloa. 

“La cosa costó mucho y fue muy, muy dura –cuenta el veterinario–; plantear apoyo psicológico y endocrinólogo a una persona que estaba en prisión era como marciano”. Pero la red de apoyo mutuo funcionó. No pasaron muchos meses y Cristal pudo regresar a Lugo, su ciudad, bajo permiso del juez de vigilancia penitenciaria. 'Facémonos escoitar?’ recoge medio centenar de testimonios relativos a la experiencia, individual y colectiva, de personas LGTBI.

Es una de las últimas iniciativas derivadas de un acontecimiento singular, de inicio incluso excepcional: el Festival Agrocuir en la comarca de A Ulloa. Su asociación impulsora se encuentra detrás de esa cartografía subalterna que instaura lugares y hechos fundamentales de la memoria LGTBI en una provincia eminentemente rural.

“Había una ausencia, también de la propia academia, de esta memoria. Y existía una demanda para atender esas necesidades”, asegura el investigador Fran Quiroga, asistente y colaborador del Festival Agrocuir desde su primera edición en el año 2015. Escribir la propia historia para que no la escriban otros. Identificar referentes. Trazar genealogías. El espejo, explica Fran Quiroga, no es “únicamente [la filósofa] Judith Butler, también puede ser una abuela. O una vecina que no tenía tetas ni le venía la regla, porque era intersexual, pero lo era hace 100 años”. O los espectáculos de transformismo que, desde por lo menos 1899, ocupaban cafés y teatros de la ciudad de Lugo. Esta arqueología del movimiento en defensa de la diversidad afectivo sexual, por ahora materializada en 'Facémonos escoitar?’, es producto de “una palanca”. La que activó el Festival Agrocuir al conectar personas, ideas y acciones. Y todo en un contexto rural.

El festival, que se concibió como una pequeña fiesta entre amigos, ha convertido A Ulloa en el escaparate de la diversidad rural

El Orgullo en el lugar donde vives

A Ulloa es una comarca del interior de Galicia, tan del interior que en uno de los tres ayuntamientos que la conforman –Antas de Ulla– se encuentra el centro geográfico de la comunidad/ la aldea de Nugallás. Un porcentaje sensiblemente elevado de su población, que no alcanza los 9.000 habitantes, todavía vive del sector primario: agricultura y ganadería. Con frondosos bosques autóctonos y estructurada por el cauce primero del río Ulla, allí coincidió un grupo de personas LGTBI preocupadas por reivindicar la diversidad sexual y de género en el rural. “En 2015 estábamos discutiendo entre nosotras sobre dónde celebraríamos el Día del Orgullo, a qué manifestaciones iríamos y, de repente, nos dijimos: hagamos un acto aquí, donde vivimos”, cuenta Gina Gisbert, alicantina que se instaló en la zona hace ya 12 años. 

Fue el músico Davide Salvado, entonces recién llegado a la comarca, quien aportó el nombre inicial, Festival Agrogay, que en 2017 evolucionó a Agrocuir. “De entrada, no pretendía ser más que una pequeña fiesta entre amigas y amigos”, dice Gisbert. Su emplazamiento inicial respondía a esa idea: la granxa Maruxa, en la parroquia de Cumbraos, en el municipio de Monterroso, propiedad de Marta Álvarez Quintero. Ella es, junto a Braulio Vilariño o Cristina Varela, una de las personas oriundas del lugar que el Colectivo Agrocuir considera determinantes para responder a la recurrente pregunta: ¿por qué algo así sucede en A Ulloa? “Marta, Braulio, Cristina o Luisa fueron referentes muy potentes –añade Gisbert–, que de alguna manera abrieron camino”.

Personas que vivían en pequeños pueblos y que, pese a ello, nunca ocultaron sus opciones sexuales fuera de lo normativo. Y, por ese camino abierto por pioneros y pioneras, transitó un festival que, desde sus comienzos, alcanzó repercusión. De público y crítica, pero también mediática. “Incluso nosotros teníamos cierto prejuicio. Pensamos que, en el mejor de los casos, nuestros vecinos y vecinas no mostrarían mucho interés. Nos equivocamos. Fue todo un aprendizaje”, explica Adrián Gallero, junto a Gina Gisbert, uno de los baluartes del Colectivo Agrocuir da Ulloa. Lugareños y visitantes se volcaron con una cita que enseguida saltó a la prensa no solo gallega, sino estatal e incluso internacional. Y que el resto de la vecindad no tardó en asumir como propia. “Monterroso se convirtió en escaparate de la diversidad rural. Si alguien no lo ve con buenos ojos, no lo dice. Jamás nadie dijo nada, ni obstaculizó nuestro trabajo”, se extiende Gallero.

El escenario Agrocuir recibió así músicas intensas, que combinan el folclore con la vanguardia y cuyos intérpretes desafían toda adscripción de género: del cabaré folk del asturiano Rodrigo Cuevas a la electrónica enraizada por la que se ha adentrado la gallega Mercedes Peón. También hay valores últimos del panorama pop gallego como Monqup o Laura LaMontagne y Picoamperio. La oferta se fue enriqueciendo con el paso de las ediciones y se abrió a grupos de debate teórico, talleres o proyecciones cinematográficas. Y, sobre todo, a la involucración del pueblo en la organización y en las actividades. “Al principio colaboramos más con gente de fuera, establecimos alianzas con Pemán (Programa de Estudos en Man Común), el Cineclube de Compostela o el grupo artístico Matrioska –señala Adrián Gallero–; pero, al pasar los años, nos fuimos acercando a iniciativas de la zona, como la agrupación folclórica Falcatrueiros de Monterroso o el equipo femenino de fútbol”.

Efectos no solo teóricos: fuera prejuicios 

El carácter del Festival Agrocuir se lo otorga sobre todo ese cruce peculiar entre romería popular y evento modernista. Así lo percibe, por ejemplo, Xiao Campelo Coego, un vecino de Monterroso de 35 años, que trabaja como operario en una granja avícola y participa en el colectivo impulsor. “Lo que me atrajo fue que me recordaba a las viejas romerías, a los vermús de aldea”, explica. Antes de integrarse en el núcleo, echó una mano durante los días de la celebración, normalmente a finales de agosto: montar y atender en las barras, ir a recoger a los artistas, reponer bebida, cobrar entrada (siempre un precio reducido, menos de 10 euros). Y comprobó cómo el festival contribuía a transformar la realidad.

Sus efectos no eran únicamente teóricos, tampoco solamente lúdicos. Iban más allá. “Hubo jóvenes de 20 años que, gracias a esto, se sintieron legitimados para salir del armario, y que dejaron de torturarse ante sus familias –dice–; el festival empujó a eliminar prejuicios”.

La última edición del Festival Agrocuir –2019, el último año antes de la pandemia– cambió de paisaje. La granxa Maruxa se había quedado pequeña y la organización buscó alternativas. La encontró en el campo de Caracacho, la ladera de un castro arbolada con carballos (robles) y castaños centenarios, pegada al pueblo de Monterroso. “Supuso una apertura –considera Campelo– a otro tipo de público que antes, a lo mejor, no se acercaba a Cumbraos [a unos cuatro kilómetros de Monterroso]”. Por ejemplo, dice, los miembros de Protección Civil, “que, además de ayudar, luego los ves tomando algo y felicitando al colectivo por la fiesta”. El medio sigue siendo rural, por supuesto, y esa sigue siendo una característica determinante, quizás la más llamativa para los foráneos.

Gina Gisbert considera que la decisión de organizar el festival en el lugar donde vivían es “de por sí, un acto muy político”. La tópica contraposición entre el entorno rural atrasado y la narrativa de progreso asociada genéricamente a la ciudad, dice, queda invertida. “Para nosotros era importante mostrar una forma de habitar y estar en el rural que no era 'mainstream’”, entiende. Y, al mismo tiempo, querían trascender también la reivindicación LGTBI. El Festival Agrocuir se convirtió en un nudo de proyectos emancipadores y visiones distintas del entorno y lo real. La vida en común, la soberanía alimentaria, la protección del patrimonio forestal o el modelo cooperativo enriquecen los contenidos del festival “más allá de la defensa de la diversidad afectivo sexual”.

“Yo creo que el punto de inflexión fue el paso de Agrogay a Agrocuir. Lo gay se identificaba con el capitalismo rosa y el heteropatriarcado. En la propia organización sentíamos reticencias hacia el término. Se había convertido en un lastre en vez de en un aerostato que nos ayudase a despegar”. Quien así se explica es Braulio Vilariño, natural de Palas de Rei –el tercer ayuntamiento de los que componen A Ulloa–, veterano militante LGTBI y uno de los referentes a los que remiten todos los consultados para este reportaje. No le resulta fácil calibrar el impacto de la iniciativa, pero sí algunas de las consecuencias directas que ha ido viendo: “Al asistir mucha gente, la zona se fue haciendo más conocida. Y nuestro paisaje suave, fácil de asimilar, atrajo a personas que se quedaron a vivir”.

Frente a la despoblación que padece el interior gallego desde la entrada en la Comunidad Económica Europea, las maneras de fijar habitantes pueden ser, en ocasiones, insospechadas. De hecho, Vilariño también menciona la pandemia de coronavirus entre las razones por las que amigas y simpatizantes del Agrocuir acabaron por mudarse a A Ulloa. Eso sí, se cuida mucho de idealizar nada. “El rural es igual que la ciudad, pero con menos gente –ríe–; quizás haya una percepción más humana del vecino debido a la proximidad y eso habilite cierta permisividad social con las conductas individuales. Nos enorgullecemos de eso. Pero el sustrato franquista está ahí, es todavía muy reciente”. 

Para el colectivo, organizar el festival en el sitio donde viven es, en sí, un acto político: invierte el tópico del rural atrasado y la ciudad progresista

El festival y la actividad desplegada por los miembros del colectivo organizador y las personas próximas a él contribuye, en cualquier caso, a erosionar esa herencia autoritaria. El ejemplo que elige Vilariño resulta significativo. “Este año, durante la Semana del Orgullo [en el mes de junio] hubo más acciones e iniciativas en la comarca que durante el Día das Letras Galegas y sus alrededores”, afirma. Esta última efemérides es un popular festejo alrededor de la literatura gallega que se celebra cada 17 de mayo, la fecha en que se publicó, en 1863, 'Cantares gallegos’, libro fundacional de la escritora Rosalía de Castro. 

La clave: no volver atrás

Sin embargo, retener los territorios conquistados exige un esfuerzo constante. No bajar la guardia. Vilariño alerta de la reaparición de “discursos tradicionalistas” y de “ataques homófobos” durante los últimos tiempos. El Colectivo Agrocuir lo vivió en primera persona: durante las jornadas que rodearon el asesinato en A Coruña de Samuel Luiz, un crimen que levantó a Galicia contra la homofobia, en el Caracacho –donde se había celebrado el último Agrocuir– aparecieron pintadas homófobas. Ahora planean convocar a las vecinas a un acto de restauración del lugar: será el sustituto simbólico del festival de este año, que todavía se encuentra marcado, como ya pasó en 2020, por las limitaciones pandémicas. “Es que un Agrocuir con distancia no es un Agrocuir”, dice divertida Marta Álvarez.

Álvarez, la propietaria de la granja donde transcurrieron las primeras ediciones del festival, coincide con las preocupaciones de Vilariño y nos habla de otra experiencia, vivida en primera persona. “Durante la Semana del Orgullo, participé en una ruta de la memoria LGTBI [organizada por la Diputación de Lugo y el Colectivo Agrocuir] en la ciudad de Lugo –cuenta–. Estábamos en la calle Nóreas, donde estaba el pub Emo, en los años 90 un lugar de referencia para nuestra comunidad, una zona de libertades. Pasaron dos chicos y gritaron: 'Menuda panda de inútiles'. Nos quedamos heladas. Está habiendo un retroceso, la ultraderecha está por ahí. Suceden cosas que yo nunca había visto”.

Y es contra esa nueva reacción, la de aquellos que no aceptan la libertad de los demás, contra lo que también se pensó el Festival Agrocuir. La manifestación en protesta por el asesinato de Samuel Luiz en Monterroso fue una de las primeras en convocarse de toda Galicia. Y la afluencia fue numerosísima. Los efectos del Agrocuir no son a veces fáciles de medir, pero existen; vaya si existen.

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