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'Es necesario navegar': la travesía escénica y literaria de Javier Peña para cruzar el mar tras los pasos de su padre

Javier Peña, durante el estreno del espectáculo, el 29 de abril en Barcelona

Luís Pardo

14 de junio de 2026 06:00 h

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“Mi padre se moría dos veces al año y dos veces al año, resucitaba”. La relación de Javier Peña (A Coruña, 1979) con su progenitor, un marino mercante que pasaba meses embarcado, ha marcado toda su vida. Su último libro, Tinta invisible, fue una carta de amor hacia él, escrita a través de los únicos elementos que, en los últimos tiempos, les permitían comunicarse: las historias. Durante el proceso de escritura, Peña comprendió que su carácter ciclotímico procede de aquel carrusel de sentimientos que padeció de niño. Y volvió a mirar al mar, un elemento tan importante para él como lo fue para la historia del mundo y de la literatura. Todo eso es lo que está detrás de Es necesario navegar, el monólogo que inicia su gira por España pero que también llegará al otro lado de ese océano, a Latinoamérica, donde su podcast literario, Grandes infelices, vive todo un fenómeno fan.

“Mi padre se iba cuatro meses, luego pasaba dos en casa, marchaba otros cuatro, volvía dos más...”, recuerda Peña en un café compostelano, su espacio natural de trabajo. “Para un niño de siete u ocho años, cuatro meses es toda la vida”. Por eso, él está convencido de que esa “montaña rusa” de su infancia explica cómo es. “Mi carácter, que pasa de eufórico a depresivo, se representa en esa idea de mi padre yéndose, mi padre volviendo...”. Y todo por culpa del mismo mar que él veía desde pequeño, en su piso sobre la playa de San Amaro, desde el que se divisó el accidente del petrolero Urquiola. Él entonces aún no había nacido, pero sí recuerda cómo, en 1992 , lo mandaron a casa, junto a todos sus compañeros de colegio, porque se temía que la nube de humo provocada por el petrolero Mar Egeo, encallado a los pies de la Torre de Hércules, pudiese ser tóxica.

“Mi vida estaba ligada al mar pero, en los últimos años –con la separación de mi padre y mi vida en Santiago, tierra adentro– había perdido esa conexión. Tinta invisible me permitió regresar al mar y ver cómo él me trajo algunas de las historias que más me gustan: las de Conrad, Poe, Melville...”, relata. Ahora, de alguna manera, se lo devuelve. A ambos.

El espectáculo, que toma como título una frase de Pompeyo –“Navegar es necesario, vivir no lo es”– arranca con La Odisea o el arca de Noé, “que viene del Poema de Gilgamesh”. “Es decir, que las primeras obras de ficción están relacionadas con el mar. Esa idea de que la literatura nació en torno a él me hizo crear esta obra en la que, durante algo más de una hora, repasamos muchas de las cosas que nos dio: los seguros, las apuestas, el ecologismo...”. El escritor reivindica la enorme importancia que el mar sigue teniendo para una sociedad que, más pendiente de la tecnología, a menudo le da la espalda. Hasta que un carguero gigante se queda atascado en el Canal de Suez y afecta a todo el comercio mundial. O hasta que se cierra el Estrecho de Ormuz.

Javier Peña y su padre, en una foto sobre el escenario de 'Es necesario navegar"

Millones de oyentes desde el salón de casa

El viaje escénico está inspirado en la ruta que más veces recorrió su padre: la que va de Rotterdam, el mayor puerto de Europa, a Richards Bay, en Sudáfrica, un antiguo poblado de pescadores, hoy convertido en una de las principales terminales de carbón del mundo. Una travesía que permite a Peña ir realizando escalas escogidas para narrar esas historias de la literatura y de los escritores que apasionan a los oyentes de su podcast.

Grandes infelices nació casi como un divertimento. “Quería hacer algo distinto; me gusta contar historias, pero también me gusta rebuscar cómo contarlas, contarlas de otra manera...”. El autor había publicado ya sus dos primeras novelas, Infelices y Agnes –como toda su obra, con Blackie Books– y pensó que esos “diez, doce mil ejemplares vendidos” le garantizaban, al menos, un número similar de “oyentes potenciales”. “Pero llevamos millones”, confirma aún sorprendido tras conocer que el número de suscriptores en Spotify ha superado los 100.000.

“Tampoco es que me esté haciendo rico, pero en ese sentido sí que siento que se me fue de las manos, porque nunca imaginé algo así. Ten en cuenta que el podcast lo sigo haciendo en el salón de mi casa, con mi mujer –esa voz femenina que ahora le preguntan ”si es inteligencia artificial“– y un micrófono de 50 euros”. De lo que más orgulloso parece sentirse es de la “comunidad” que se ha creado y que ha ido creciendo al igual que el propio formato. Peña no deja de interactuar con sus oyentes y, de hecho, “hay una temporada en la que, de los cinco escritores protagonistas, cuatro los seleccionó la gente”.

Desde el martes 9 está subido el capítulo número 34, el dedicado a Ernest Hemingway. El anterior, centrado en la chilena María Luisa Bombal, provocó una de esas situaciones que a Peña le sirven como termómetro. “Los libros de Bombal estaban agotados en la Feria del Libro de Madrid y dos personas desconocidas se encontraron en la misma caseta, buscándolos. Inmediatamente, se preguntaron: '¿Tú también escuchaste el podcast...?'”.

El mar en una maleta

Historias como esta le llegan continuamente, sobre todo desde Latinoamérica, donde lo conocieron primero como podcaster y después como escritor. “Allí sólo llegó Tinta invisible, y porque la gente que ya me escuchaba lo pedía”. Fascinado por lo que sucede al otro lado de ese mar con el que se ha reconciliado, trata de buscarle explicación. “Supongo que es porque les gustan mucho las historias de escritores que no son los que están de moda... pero no lo sé. Para mí es alucinante, me abrió unas puertas que no imaginaba. Nunca pensé que el grueso de mi carrera iba a estar en Latinoamérica”.

Tras estrenarse el pasado 29 de abril en Barcelona –“una de las mejores experiencias de mi vida”–, Es necesario navegar afronta la próxima semana un doble pase en Medellín, los días 18 y 20. “El primero se agotó y hubo que buscar una nueva fecha”. Después, Peña actuará en casa, en la Sala Capitol de Santiago, el 2 de julio. Las siguientes paradas serán Lima, Bogotá, Montevideo, Santiago de Chile y Madrid.

Si la Piquer tenía su baúl, Peña sólo necesita una maleta para transportar todo su espectáculo. Eso es lo que le permite afrontar sin grandes gastos una gira de ese calibre. Lo único necesario para Navegar por el escenario es una silla y una mesa. El resto, lo pone él. Lo principal, el mapa que se extiende sobre la mesa. “Es el lienzo sobre el que trabajamos”. El tablero de juego. Una cámara web lo proyecta a espaldas del escritor y ahí es donde se muestran la ruta, los textos, los autores... mientras él va contando historias. Un apoyo audiovisual que trasciende los límites sonoros que impone el podcast.

Esa economía de medios para adaptarse al recinto garantiza que no habrá dos escenografías iguales. “En Barcelona me colocaron un archivador, libros, una foto enmarcada de mi padre y mía... Usaron cosas que ayudaron, algo que va a depender de la disponibilidad de cada sala, pero al final son elementos accesorios: la esencia es una silla y una mesa”. Y la lámpara. “Sí, la lámpara va conmigo en la maleta, es una lámpara muy de escritorio, como de Bartleby, el escribiente”, con algo muy importante: “Tiene una cadenita de la que tirar, para encender y apagar la luz, que es como empieza y acaba la obra. No sería el mismo efecto hacerlo así que apretando un botón”.

Mientras se explica, Peña simula el gesto con los dedos. En unos días, volverá a hacerlo de verdad, con la cadena de la lámpara entre ellos. Será, de nuevo, frente a un auditorio deseoso de cruzar un océano de historias, rumbo a Richards Bay. La misma ruta que recorría su padre, dos veces al año, siempre antes de resucitar.

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