Madò Farta, la activista anónima detrás de la calavera: “No protestamos contra el visitante, sino contra el modelo turístico”
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Madò Farta ('Señora harta', en castellano) se ha convertido en una de las caras más habituales en las protestas contra la saturación turística de Mallorca, a pesar de que siempre ha ocultado su verdadera identidad tras una máscara. Metafórica y real. La careta de calavera y el atuendo tradicional de 'pagesa' —traje típico del folklore mallorquín— acompañan siempre a esta enigmática activista que se ha erigido poco a poco en el símbolo más reconocido de las manifestaciones.
¿La clave? Un atuendo llamativo y una presencia silenciosa. Como esta entrevista, que ha sido por escrito a petición expresa de la activista: ha insistido en hacerla a través de un cuestionario debido a que es “muda”, una manera más de proteger su anonimato. Para ella, el silencio y la discreción son “herramientas muy potentes” que permiten que no haya una sola Madò Farta, sino muchas. Por ello, cuando interactúa en persona con la prensa, solo gesticula.
Su actividad se centra en las redes sociales, desde donde ha contribuido a la última gran manifestación de este verano contra la turistificación. Con el apoyo del GOB y Terraferida, 1.000 personas, según Policía Nacional, han participado este sábado en una “cadena a la fresca”: la gente se sentó en una cadena de sillas desde Plaza de España hasta Consolat de Mar, sede de la presidencia del Govern, donde hubo una batucada. Madò Farta ha dejado fotografiarse por elDiario.es en esta protesta.
¿Cómo surgió el personaje de Madò Farta y cómo de importante es la estética en este caso?
Madò Farta no nació con un manual de instrucciones. Nació de la necesidad de hacer visible algo que costaba mucho contar solo con palabras. Y una vez tuve clara esa necesidad, entendí que la estética debía hacer buena parte del trabajo. La 'pagesa' no es una decoración y la calavera tampoco. Es una contradicción querida: una figura que representa a una Mallorca viva, arraigada, pero con una calavera que recuerda que esta forma de vivir también puede acabar desapareciendo. Quería que, antes de oír cualquier discurso, la imagen ya hiciera una pregunta. Esto es importante porque hoy vivimos rodeados de imágenes. Si quieres que alguien se detenga, primero debes conseguir que mire.
¿Por qué optó por una protesta silenciosa y anónima? ¿Qué le permite realizar el anonimato que no le permitiría dar la cara?
El silencio es una herramienta muy potente. Cuando no hablas, obligas a la otra persona a mirar, y muchas veces mirar incomoda más que oír un discurso. Y el anonimato me permite algo que para mí sigue siendo muy importante: no convertir esta historia en la biografía de una persona. No quiero que el debate sea “¿quién es Madò Farta?”, sino “¿por qué existe Madò Farta?”. Además, hay algo que me gusta mucho del anonimato: que alguien pueda ponerse la máscara y convertirse en parte del mensaje. Si yo diera la cara, probablemente habría una Madò Farta concreta. Así, en cambio, puede haber muchas.
¿Qué simboliza Madò Farta y hasta qué punto cree que el personaje ya ha dejado de ser suyo para convertirse en un símbolo colectivo?
Hace tiempo que ya no es mío. Y esto es, probablemente, lo mejor que le podía ocurrir. Al principio era una forma mía de canalizar una preocupación. Ahora veo a gente que se reconoce, familias que se han inspirado, niños que se ponen la máscara y personas que llevan el mismo mensaje sin necesidad de que yo esté. Y esto tiene una parte muy “bonita”: el símbolo ya no necesita a la persona que lo creó. Madò Farta puede salir a la calle aunque yo no esté. Y, de hecho, esa es la idea.
Al principio era una forma mía de canalizar una preocupación. Ahora veo a gente que se reconoce, familias que se han inspirado, niños que se ponen la máscara y personas que llevan el mismo mensaje sin necesidad de que yo esté. Madò Farta puede salir a la calle aunque yo no esté
¿Qué le impulsó a pasar de la preocupación y la queja a crear un personaje y salir a la calle?
Llega un momento en el que quejarte ya no te basta. No porque la queja no sea legítima, sino porque si solo te quedas en tu casa hablando de todo lo que va mal, acabas formando parte de esta resignación. Yo no quería esperar a estar de acuerdo con todo ni tener una solución perfecta. Quería hacer algo. Este es un cambio importante: entender que participar no significa necesariamente militar dentro de un partido, ni ser una persona pública, ni tener un cargo. También puedes ponerte una máscara, coger una pancarta, recoger estiércol o simplemente estar allí.
Participar no significa necesariamente militar dentro de un partido, ni ser una persona pública, ni tener un cargo. También puedes ponerte una máscara, coger una pancarta, recoger estiércol o simplemente estar allí
¿Cómo sería la Mallorca que le gustaría dejar a las generaciones que vienen?
Me gustaría dejarles una Mallorca que no tengan que defender constantemente. Una Mallorca en la que un joven pueda decir “yo quiero vivir aquí” y eso sea una posibilidad real. Donde ir a una playa no sea una operación logística. Donde el agua no sea un problema permanente, donde los pueblos no pierdan su identidad y donde el paisaje no sea solo lo que enseñamos en las fotografías turísticas. Y sobre todo me gustaría que los niños que hoy se ponen la máscara de Madò Farta un día la puedan guardar en un cajón para que ya no haga falta.
¿Considera que ha habido un retroceso en la protección de la isla y en los derechos de los residentes?
Yo creo que ha habido un retroceso en algo más profundo: en la idea de que determinadas cosas deberían tener un límite. Cuando empezamos a discutir si un espacio protegido puede tener algo más de uso, si podemos asumir más coches, más plazas, más construcción o más presión, siempre acabamos hablando de los límites como obstáculos y no como forma de protección. Los derechos de los residentes también se ven afectados por eso. El derecho a la vivienda, a tener acceso al territorio, a poder vivir en un entorno habitable... No son derechos menores. Son la base para que una sociedad pueda seguir existiendo.
El derecho a la vivienda, a tener acceso al territorio, a poder vivir en un entorno habitable... No son derechos menores. Son la base para que una sociedad pueda seguir existiendo
¿Ve un movimiento real por parte de la población de Balears y cree que se está avanzando hacia una mejora?
Sí, y esta es una de las cosas que más esperanza me dan. Hace unos años muchas de estas conversaciones quedaban reducidas a determinados colectivos. Ahora hay gente muy distinta que coincide en algo muy sencillo: no podemos continuar así. Sin embargo, salir a la calle no es haber ganado. Es haber logrado que el problema ya no pueda esconderse. El siguiente paso es convertir esa fuerza social en decisiones concretas.
¿En qué situación considera que se encuentra Mallorca actualmente?
Mallorca está en una situación de contradicción. Por un lado, tenemos una economía que sigue funcionando muy bien en torno al turismo. Pero, por otra, cada vez cuesta más explicar qué gana la persona que vive aquí con ese crecimiento. Si tenemos más actividad económica, pero también tenemos más dificultad en encontrar casa, más saturación, más problemas de movilidad, más presión sobre el agua y más espacios que dejamos de poder disfrutar, debemos tener el valor de mirar el conjunto. No creo que Mallorca esté condenada. Pero sí creo que estamos ante un cruce.
Las redes sociales han sido fundamentales para que Madò Farta se convirtiera en un símbolo. ¿Cree que ayudan a amplificar el mensaje o corren también el riesgo de convertir la reivindicación en una simple imagen?
Ambas cosas. Las redes pueden hacer que una imagen que habrías visto solo una vez en una plaza llegue a miles de personas. Esto es una herramienta extraordinaria. Pero también tienen un peligro: que compartamos una fotografía, ponemos un corazón y tengamos la sensación de que ya hemos hecho algo. Un like no protege una playa. Un vídeo no baja el precio de un alquiler. Una fotografía no cambia una ley. La imagen sirve para abrir la puerta, pero después alguien debe atravesarla.
Un like no protege una playa. Un vídeo no baja el precio de un alquiler. Una fotografía no cambia una ley. La imagen sirve para abrir la puerta, pero después alguien debe atravesarla
¿Cree que el Gobierno de Marga Prohens (PP) escucha las protestas?
Yo creo que las ha escuchado porque sería imposible no oírlas. Otra cosa es si realmente las ha entendido y, sobre todo, si está dispuesto a actuar de acuerdo a lo que está reclamando una parte muy importante de la sociedad. La presidenta ha dicho públicamente que respeta las movilizaciones y que entiende el malestar. Pero yo creo que llega un momento que ya no basta con decir “os oigo”. Debemos poder mirar las políticas y ver si realmente van en la dirección que reclama la calle.
La presidenta Marga Prohens ha dicho públicamente que respeta las movilizaciones y que entiende el malestar. Pero yo creo que llega un momento que ya no basta con decir 'os oigo'. Debemos poder mirar las políticas y ver si realmente van en la dirección que reclama la calle
¿Qué medidas del actual Govern le parece más perjudiciales para Mallorca?
A mí me preocupa sobre todo cualquier medida que reduzca los mecanismos de protección del territorio o que haga más fácil crecer cuando precisamente estamos diciendo que hemos llegado a un límite. El caso de Es Trenc es muy claro. El Govern defiende que no se desprotegerá el parque y ha insistido en que “Es Trenc no se toca”. Pero la modificación que permite que determinados cambios se puedan realizar por vía del Consejo de Gobierno, sin pasar por el Parlament, es precisamente la que genera desconfianza. La protección de un territorio no puede depender solo de confiar en que el gobierno de turno tendrá buenas intenciones. Las garantías deben ser fuertes.
¿Cree que las instituciones intentan criminalizar al movimiento?
No diría que todas las instituciones lo hagan, pero sí que ha habido momentos en los que el debate se ha intentado desviar hacia etiquetas. Cuando una protesta pasa a ser presentada como una provocación, una mentira, una cuestión partidista o una actitud contra alguien, dejamos de hablar del problema. Yo no quiero entrar en ese juego. Si una persona protesta, discutimos lo que está reclamando. Y si una protesta comete una irregularidad, se puede criticar esa irregularidad. Pero no utilizamos una cosa para invalidar a la otra.
¿Qué le diría a una persona que piensa que las protestas contra la masificación son de odio hacia los turistas?
Le diría que venga y mire lo que estamos diciendo. Nosotros no protestamos contra una persona que llega con una maleta. Protestamos contra un modelo que necesita convertir cada vez más cosas de Mallorca en productos de consumo. Yo no quiero que Mallorca deje de recibir a personas. Quiero que Mallorca deje de tratarse como infinita. También le diría una cosa: amar a una isla no puede ser considerado odiar a quien la visita. Precisamente porque amamos Mallorca queremos que la gente que venga pueda conocerla sin contribuir a destruir lo que ha venido a ver.
Amar a una isla no puede ser considerado odiar a quien la visita. Precisamente porque amamos Mallorca queremos que la gente que venga pueda conocerla sin contribuir a destruir lo que ha venido a ver
¿Qué cree que debería ocurrir para que esta movilización social se tradujera en cambios políticos reales? ¿Mallorca necesita menos turistas o necesita otro modelo turístico?
Necesitamos otro modelo, pero esto implica aceptar que probablemente también necesitamos menos presión turística en determinados momentos y en determinados sitios. No creo que el debate deba reducirse a una cifra de turistas. La pregunta es cuánta presión puede soportar Mallorca sin deteriorar la vivienda, el agua, el territorio, los servicios y la vida cotidiana. Y, para que haya cambios políticos reales, debemos dejar de premiar electoralmente los discursos y empezar a exigir resultados. Poner límites, proteger territorio, garantizar vivienda y decidir qué turismo queremos antes de decidir cuántos turistas queremos.
Hasta ahora la hemos visto en prácticamente todas las movilizaciones. Ahora también está empezando a convocar acciones propias.
Sí. Y es un paso que no tomé a la ligera. La idea de empezar a realizar acciones propias fue mía. Hacía tiempo que le daba vueltas y pensaba que Madò Farta no podía limitarse solo a estar presente en las movilizaciones de los demás. Si el personaje había nacido para denunciar una realidad, también debía ser capaz de proponer y poner sobre la mesa sus propias acciones.
Pero también quiero dejar muy claro que, si hoy esta idea ha podido empezar a andar, es en buena parte gracias a Tonina Siquier, miembro del GOB [Grup Balear d'Ornitologia I Defensa de la Naturalesa]. Yo le conté la idea por email y ella me respondió con unas palabras que no olvidaré: “Es una idea brillante. Yo te ayudaré a sacarla adelante.”
Ahora el reto es que Madò Farta no sea solo una imagen dentro de una manifestación. Quiero que también sea capaz de generar acciones, provocar conversaciones y conseguir que más gente pase de pensar “esto no puede seguir así” a hacer algo para que cambie.
¿Por qué ha decidido dar ese paso?
Ahora mismo no basta con señalar el problema. También debemos generar espacios para que la gente pueda participar. No necesariamente con grandes actos. A veces una acción pequeña, concreta y bien pensada puede decir más que una enorme manifestación.
Quiero que las acciones de Madò Farta sean una continuación de lo que representa: presencia, conciencia y cierta incomodidad. Que hagan pensar. Y, si puede, que hagan que alguien que nunca había participado en nada diga: “Yo también puedo hacer algo”.
A veces una acción pequeña, concreta y bien pensada puede decir más que una enorme manifestación
Ha dicho que Mallorca tiene un límite. ¿Dónde cree que está ese límite?
El problema es que el límite no es una cifra única. No es decir “a partir de 18 millones ya no podemos más”. Mallorca tiene muchos límites distintos: el agua, el suelo, las carreteras, la vivienda, las playas, los servicios públicos, los recursos naturales y también la capacidad de la gente de vivir con dignidad. Algunos de esos límites ya los hemos superado.
Pero hay otro límite que es aún más importante: el momento en que la gente que vive aquí empieza a sentir que debe pedir permiso para vivir en su casa. Ese es el límite que no deberíamos haber atravesado nunca. Y si ya lo hemos atravesado en algunos aspectos, ahora toca empezar a retroceder.
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