¿Tanto ruido para esto?
Hay decepciones que duelen más por lo que prometían que por lo que finalmente han sido. Y quizá eso es lo que ha ocurrido con Gabriel Rufián y su empeño por construir un espacio común para las izquierdas. Durante meses, sus palabras consiguieron poner sobre la mesa una cuestión que muchos compartimos: ¿tiene sentido que las fuerzas progresistas sigan compitiendo entre sí cuando saben que la fragmentación puede terminar favoreciendo a quienes defienden un proyecto político radicalmente distinto?
Rufián reclamó generosidad. Pidió a los partidos que renunciaran a parte de sus intereses particulares para construir una alternativa más amplia. Habló de la necesidad de superar las siglas, los cálculos electorales y las pequeñas disputas que tantas veces terminan convirtiendo la política en un ejercicio de supervivencia de las propias organizaciones. Era una propuesta necesaria aunque quizá demasiado ingenua, si de verdad esperaba que bastara con señalar el problema para que quienes llevan años instalados en él decidieran resolverlo.
Porque, llegado el momento de la verdad, la gran operación de unidad no ha sido posible. ERC y Podemos han alcanzado un acuerdo limitado a Cataluña, mientras que las negociaciones entre Podemos y el Frente Amplio han terminado sin un entendimiento general. El propio Rufián ha reconocido su fracaso y ha pedido disculpas a la ciudadanía por el espectáculo ofrecido. ¿Tanto ruido para esto?
Aunque no sería justo concluir que todo ha sido inútil. Rufián ha contribuido a poner en circulación una pregunta incómoda y necesaria. Pero sí cabe preguntarse qué queda de aquella ambición inicial cuando el resultado termina siendo mucho más limitado que las expectativas que se habían generado. Y aquí aparece la contradicción que merece una reflexión más profunda, ya que la generosidad que se reclamaba a los demás parece haberse encontrado con dificultades cuando ERC y Podemos han tenido que concretar sus propios acuerdos. Cabe preguntarse si, además de intentar simplificar la oferta electoral, cada organización ha sabido resistir la tentación de aprovechar el proceso para reforzar su propia posición.
Porque una cosa es defender la unidad como proyecto colectivo y otra convertirla, consciente o inconscientemente, en una oportunidad para mejorar la proyección de los propios liderazgos. La alianza catalana puede contribuir a ampliar la visibilidad de Rufián entre sectores menos identificados con el independentismo y ofrecer a Irene Montero una plataforma de proyección compartida. Lo preocupante es que, mientras se discutía cómo construir un proyecto común, el debate parecía volver una y otra vez a las mismas preguntas de siempre: quién encabeza la candidatura, quién conserva su espacio, quién renuncia y quién obtiene mayor protagonismo. Y así resulta difícil construir algo nuevo.
Tampoco estamos ante un problema exclusivo de ERC y Podemos. La reciente disputa entre Chunta Aragonesista e Izquierda Unida a raíz de la decisión de no presentar candidatura al Congreso por Teruel demuestra que las dificultades se reproducen incluso entre organizaciones que ya han decidido concurrir juntas en otros territorios. Chunta ha defendido su decisión como una forma de evitar la dispersión del voto; IU ha cuestionado el procedimiento y ha lamentado que Teruel se quede sin una candidatura propia de la coalición. De nuevo, todos pueden encontrar razones para defender su posición. Pero la pregunta sigue siendo la misma: ¿qué significa realmente actuar con generosidad cuando las decisiones afectan a los propios intereses?
Porque la unidad no puede consistir en pedir a los demás que renuncien mientras uno mismo se reserva el derecho a decidir dónde y cuándo hacerlo. Tampoco puede construirse a base de reproches públicos, negociaciones interminables y agravios que terminan ocupando más espacio que las propuestas políticas que deberían unir a quienes las defienden.
Y, sin embargo, hay motivos para no darlo todo por perdido.
El acuerdo entre el PSOE y las formaciones del Frente Amplio para concurrir conjuntamente al Senado demuestra que, cuando existe voluntad, es posible superar diferencias y buscar un objetivo compartido. No es un acuerdo que borre las discrepancias ni que resuelva todos los problemas de la izquierda. Pero sí constituye un ejemplo de que las organizaciones pueden entender que, en determinadas circunstancias, el interés colectivo debe pesar más que la comodidad de presentarse por separado.
Ahora queda por ver si esa generosidad será también recíproca cuando llegue el momento de votar. ¿Seremos capaces de superar los escrúpulos que a unos y a otros pueda producirnos marcar la casilla de quien hasta ayer era el adversario político? ¿Podremos entender que votar a una candidatura compartida no significa renunciar a nuestras convicciones ni olvidar nuestras diferencias, sino reconocer que hay objetivos que merecen un esfuerzo común?
No se trata de pedir a nadie que deje de pensar por sí mismo. Ni de sostener que cualquier pacto es bueno por el simple hecho de reunir siglas. Se trata de distinguir entre las diferencias que realmente impiden compartir un proyecto y aquellas que, en ocasiones, se convierten en una excusa para no asumir los costes de la cooperación.
Y también de comprender las reglas del juego electoral. En el Congreso, la fragmentación puede tener consecuencias importantes en el reparto de escaños mediante la Ley D'Hondt, especialmente en las circunscripciones pequeñas como la nuestra. En el Senado, donde se vota a candidatos individuales y el sistema favorece a las candidaturas más votadas, la concentración del voto puede resultar todavía más determinante.
No es una cuestión de aritmética fría frente a principios políticos. Es precisamente una cuestión de responsabilidad política, de saber qué queremos conseguir y actuar con inteligencia para aumentar las posibilidades de lograrlo.
En estas próximas elecciones quizá deberíamos conceder menos protagonismo a las tripas y más a la razón. Menos a los agravios, las purezas ideológicas y las fronteras entre siglas y más a la capacidad de entendernos sin exigir que el otro deje de ser quien es. Porque las convicciones importan, pero no deberían convertirse en una coartada para renunciar a objetivos que decimos compartir.
La izquierda no tiene por qué pensar igual en todo. Ni necesita borrar sus diferencias para trabajar junta. Lo que necesita es demostrar que sabe distinguir entre la pluralidad, que es una riqueza, y la fragmentación, que puede terminar siendo una debilidad.
La decepción que deja la iniciativa de Rufián debería servir, al menos, para aprender algo. No basta con reclamar generosidad. Hay que practicarla. No basta con denunciar la división. Hay que estar dispuesto a asumir las renuncias que exige superarla. Y no basta con hablar de responsabilidad electoral si, cuando llega el momento decisivo, pesan más las siglas que el resultado.
0