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MADRID

Los 'David' de las salas de cine madrileñas

Dos pequeñas salas de cine sobreviven entre las de los grandes centros de ocio del norte de Madrid gracias al impulso de trabajadores y vecinos aficionados al séptimo arte

Un cine cercano y de precios ajustados, encuentros con directores y actores y una cartelera que combina cine de autor, clásico y estrenos más comerciales en versión original y doblada son sus bazas para competir contra las grandes salas

Yolanda García y José Antonio Ortega, dos de los socios de los Cines Séptimo Oficio, en una de las salas./ Olmo Calvo

Yolanda García y José Antonio Ortega, dos de los socios de los Cines Séptimo Oficio, en una de las salas./ Olmo Calvo

En octubre de 2014, los vecinos de la localidad madrileña de Las Rozas se encontraron con que las únicas salas de cine que había en el centro de la ciudad, y que llevaban casi tres lustros cerradas, volvían a abrir sus puertas. Algunos se preguntaron quiénes eran aquellos “valientes” que en plena crisis del sector se atrevían a poner en marcha un negocio que perdía espectadores año tras año. Otros vieron la oportunidad de volver a acudir andando a una sala sin tener que depender del coche y otros tantos les dieron poco tiempo de vida frente a la programación diaria de 24 salas situadas a apenas cinco kilómetros.

Tres años después, Cines Séptimo Oficio sobrevive gracias al trabajo de sus cuatro socios -tres de ellos también trabajadores- que ante la falta de empleo decidieron crearse uno propio ofreciendo un cine “cercano y pequeño”. “Nuestra idea era dar películas clásicas, en versión original, de autor pero sin dejar de lado las más comerciales y familiares”, explica Yolanda García, una de las socias, y también empleada. Todos decidieron juntar sus indemnizaciones, pedir un préstamo e invertir el dinero para volver a reabrir las salas.

La inversión les dio para abrir cuatro de las seis que tenía el antiguo cine, situado en Burgo Centro, un pequeño centro comercial del centro de la localidad, donde aún permanecen abiertos varios comercios de barrio. Adquirieron proyectores de última generación y sobre todo decidieron apostar por la comodidad de los espectadores. “Aunque las salas tenían capacidad para cerca de 200 butacas cada una, nosotros colocamos 112 en dos de ellas y 80 en otras dos”, explica García. De esta manera, los que acuden a los cines se encuentran con unos asientos cómodos, con un ancho mayor de lo habitual, en filas muy separadas y hasta con mesitas cada dos asientos en las que dejar la bebida o abrigos y bolsos.

Cambio de hábitos

“Sobrevivimos más que vivimos”, matiza la socia y señala que una de las dificultades es hacer cambiar de hábitos a unos espectadores que llevan años acostumbrados a consumir cine de una manera marcada por las 24 salas que están en Heron City, un gran centro de ocio con más de medio centenar de bares y restaurantes. “La gente va a allí y siempre se encuentra que empieza una película, o que la que quieren ver la ponen en todos los pases, por eso algunos llegan a nosotros y nos preguntan ‘qué tienes ahora’ pero justo ahora pues ya está todo empezado”, cuenta García.

Aunque tres de los socios procedían del mundo audiovisual, ninguno de los cuatro actuales -comenzaron cinco- tenía experiencia en el sector de la exhibición. por lo que todos aprendieron a usar los proyectores, a programar y, sobre todo, a tratar con las distribuidoras. “Al ser unas salas pequeñas no siempre nos dejan las películas que nos gustaría proyectar o que nos gustan”, señala García, quien explica que también han aprendido que para poder exhibir algunos de los estrenos más comerciales, las distribuidoras les obligan por contrato a que se proyecten a todas las horas durante al menos dos semanas. Pasado ese tiempo, ya pueden colocarlas en las horas que estiman oportuno para sus espectadores.

A finales de 2013, casi un año antes de que abrieran los Séptimo Oficio, los vecinos de Majadahonda, localidad que se da la mano con Las Rozas, acudieron al rescate de sus salas de cine más antiguas: los Cines Zoco. Situadas también en el centro de la ciudad, la empresa propietaria, la cadena Renoir, había anunciado meses antes su cierre. Comenzó una recogida de firmas que se materializó en una asociación sin ánimo de lucro que logró salvar las salas. En menos de siete meses 1.400 socios pagaban ya su cuota anual de 100 euros, se pudieron mantener los seis empleos existentes, como el de gerencia, taquilleros y operadores, y cuatro años después las renacidas salas Cines Zoco Majadahonda “van bien”.

“Van tan bien que estamos perdiendo socios”, responde irónico Jaime Gona, programador y vicepresidente de la asociación, de mismo nombre que las salas, que gestiona los cines. “La gente viene, ve que hay gente en el cine y nos dice qué bien y se confían, pero estamos bajando en número de socios [ahora tienen 1.100] y los necesitamos para poder seguir adelante”, advierte. Cada miembro paga una cuota anual y a cambio tiene voz y voto en el desarrollo del proyecto, así como acceso a entradas más baratas. “Aunque el 70% de las entradas proceden de los que no son socios, sin ellos el proyecto sería inviable”, subraya Gona.

Uno de los coloquios recientes en los Zoco de Majadahonda con Daniel Arratibel, director de la película 'Converso'. / Cines Zoco

Uno de los coloquios recientes en los Zoco de Majadahonda con Daniel Arratibel, director de la película 'Converso'. / Cines Zoco

Como los Cines Séptimo Oficio, la programación se centra en cine más independiente que el de las grandes salas, en versión original y doblada y más alejado del más comercial, aunque en ocasiones es difícil huir. “Cuando los socios llegan y te preguntan si no vamos programar Blade Runner en versión original pues también hay que tenerlo en cuenta”, explica. Lo que no ha cambiado desde sus comienzos es que un día a la semana haya el pase de una película con un coloquio posterior con directores, actores o actrices. También organizan pases con escolares, como forma de educación audiovisual para formar y aficionar a nuevos espectadores, y han puesto en marcha colaboraciones con el Teatro Pavón en Madrid para fomentarse mútuamente asistentes de uno y otro lado.

Mantener las salas abiertas, y con una oferta mayor de actividades de las que había con los anteriores gestores, ha supuesto también un beneficio para el pequeño centro comercial en el que están situadas. “Había negocios que no iban muy bien y desde que está la asociación nos dicen que hay noches que tienen el local lleno porque la gente se toma algo a la salida o a la entrada de la película”, explica Gona.

Los precios de las entradas en las salas de Las Rozas y Majadahonda varían entre los tres y siete euros. Ambos cines han apostado por una cartelera de horarios y actividades variada. No solo se puede ver cine largometraje, sino también cortometraje, en el caso de los Zoco, ópera en los dos, y fútbol en en el de Las Rozas, donde también han apostado por películas bajo demanda, que posibilitan plataformas como Screenly.

“Algunos se sorprende al vernos”, dice García, quien señala que no todo el mundo sabe que los cines del centro de Las Rozas han vuelto a abrir sus puertas. La misma sensación tienen en los Zoco de Majadahonda. “Tenemos claro que funcionamos por el boca a boca porque seguimos viendo a gente que nos dice que ni siquiera sabía que estábamos aquí”, señala.

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