El Madrid convulso de Ramón J. Sender: cárcel, dormir al raso, la guerra y su vuelta del exilio

Imagen de archivo de un retrato de los años 80 del escritor Ramón J. Sender. EFE/RSG

El pasado 11 de julio se inauguró en la sede del Instituto Cervantes de la calle de Alcalá la exposición Ramón J. Sender. Memoria bisiesta. Como la nota de prensa daba importancia a su obra homónima de 1981 Memorias bisiestas, introduje el título en el catálogo de las bibliotecas públicas madrileñas. En toda la ciudad, solo hay un ejemplar en la Biblioteca Pública de Puente de Vallecas, lo que nos informa de algo que es constante en la obra del autor oscense: lo difícil que es leer su extensa obra (más de un centenar de títulos), al margen de sus libros más conocidos.

Ramón J. Sender: el escritor de la España vacía que acarició el Nobel

Ramón J. Sender: el escritor de la España vacía que acarició el Nobel

Obviando el calor –fundamental para decidirme a salir de casa–, monté en el metro y, sentado en la magnífica sala de la biblioteca vallecana, leí el librito. Nada que ver con unas memorias, pensé, se trata más bien de una colección de consideraciones sobre la vida, la filosofía, la espiritualidad y otros asuntos.

En otro momento de esta semana me acerqué a la calle de Alcalá para ver la exposición. Enseguida salí de dudas acerca de la influencia del título en la muestra de casi igual nombre: no la hay. Sin embargo, nos ofrece un magnífico recorrido por Sender cuatro décadas después de su muerte. A través fotografías de sus contextos vitales, dibujos, intercambios epistolares con nombres rotundos –como Arturo Barea o Wiliam Foulkner–  y libros. Sobre todo, libros. El centro de la sala muestra una vitrina circular con distintas ediciones de sus obras, algunas con esa deliciosa armonía tipográfica y compositiva que tenían los volúmenes antaño. Y, justo es resaltarlo, se agradece el esfuerzo del Cervantes por tener una persona en sala explicando la muestra, comisariada por Chus Tudelilla y José Domingo Dueñas, a los asistentes.

El Madrid de Ramón J. Sender

Partiremos este breve relato fragmentario sobre la vida de Ramón J. Sender después de terminar el bachillerato, que es cuando, saliendo del abrigo familiar, marchó por primera vez a Madrid. Llegó con dos buenos trajes pero sin dinero y se vio abocado a dormir en El Retiro. Se aseaba, peinaba y lavaba los dientes en una fuente de buena mañana e iba al Ateneo de Madrid. En una ocasión, Luis Buñuel lo encontró durmiendo al raso, frente al ministerio de Guerra, y le dio unas monedas para que fuera a desayunar. Aunque pensó en matricularse en la Universidad Central, ese año las aulas permanecieron cerradas mucho tiempo por la epidemia de gripe española. Aún así, asistió a clases que luego recordaría siempre, como las impartidas por Julián Besteiro sobre Lógica Fundamental.

Escribió en diversos diarios del momento e hizo del ambiente céntrico de sus redacciones su ámbito de influencia. Su pseudónimo de aquellos días era Lucas La Salle (quizá eco del pionero del socialismo alemán Fernando Lassalle, según el estudioso Jesús Vived Mairal). Los agravios con la censura fueron tales que en un número de España Nueva decidió colar un mensaje en forma de acróstico en un soneto dirigido al rey. Las primeras letras de cada verso conformaban la frase “Irás al patíbulo”. Después, él mismo saltó la valla de la Casa de Campo y colgó el poema en un árbol con la esperanza de que el monarca lo leyera.

Sender vivía de lo que escribía, aunque también se empleó como mancebo de botica en una farmacia de la calle de Hortaleza –ya había ejercido este trabajo antes, en Zaragoza– donde también colaboró en una revista literaria que tenía su dueño. Según contaba, despachó por error una sustancia venenosa en lugar de un desinfectante común a Francisco Cambó, líder de la Liga Regionalista catalana, lo que supuso que le pusieran en la calle.

Su padre, que se había enterado de la precaria vida de su hijo en la capital, vino a por él. Le encontró en el Ateneo y lo llevó de vuelta a Huesca, donde su familia se trasladó en el verano de 1919. Allí empezó a escribir en un diario local llamado La Tierra (que casi elaboraba él solo) colocado por su padre. En 1921 marcha a hacer el servicio militar a Marruecos tras rechazar que su padre pagara 2000 pesetas para obtener un destino mejor. Eran los tiempos de la guerra de Marruecos, de cuya experiencia nació la obra Imán.

A la vuelta de su servicio militar, Sender regresó a Madrid en 1924, donde consiguió entrar en la plantilla del diario El Sol gracias a las amistades que había hecho en la etapa marroquí. Tras años escribiendo sin firma, obtiene reconocimiento por sus reportajes sobre el afamado crimen de Cuenca, en 1926. Durante la dictadura de Primo de Rivera, además, el periodista pisó la cárcel Modelo de Madrid durante tres meses, acusado de conspirar contra el régimen. El escritor relató su experiencia carcelaria en OP (Orden Público).

Cerca de los años treinta, el ambiente liberal de El Sol ya no es un odre que pueda contener el izquierdismo de Sender, que empezará a escribir en otras publicaciones, como Nueva España o La Libertad. En 1929, de hecho, ya había entrado en contacto con los ambientes de la CNT en Madrid. Su grupo de afinidad anarquista era Espartaco y sus palabras podrían leerse en Solidaridad Obrera a partir de ese momento. Aunque su acercamiento a las ideas libertarias fuera muy posterior, ya en sus años de bachiller un artículo suyo sobre Kropotkin en una revista escolar hizo que le responsabilizaran de ciertas algaradas estudiantiles. En su libro Álbum de radiografías secretas (1982) glosó su relación con próceres del anarquismo, como Durruti o Cipriano Mera, a quien frecuentó en el Madrid de aquellos años y sobre el que tenía una gran opinión. Su conocimiento de estos ambientes se pueden rastrear en Siete domingos rojos.

Sender conoció a su mujer, Amparo Barayón, durante el transcurso de la huelga de la Telefónica, primera tentativa de gran paro planteada por la CNT durante la República. Barayón era trabajadora en la compañía y se convertirá en personaje de Siete domingos rojos. En 1934 tuvieron a su hijo, Ramón, y en 1936 a Andrea. La familia vivió en el número 55 de la calle de Menéndez Pelayo, frente al parque regio donde el joven Ramón había pernoctado. La fachada del edificio luce hoy una placa que lo recuerda.

El prestigio literario de Ramón J. Sender durante la Segunda República fue decididamente en aumento, recibiendo el Premio Nacional de Literatura en 1935 por la novela Míster Witt en el cantón. De la etapa republicana destacan, en lo periodístico, sus reportajes para La Libertad sobre la matanza de Casas Viejas en 1933. Del destilado de estos artículos nacerían Casas Viejas y Viaje a la aldea del crimen. Para entonces, el escritor ya simpatizaba con el comunismo, relación que se rubricaría con el libro Madrid-Moscú (1934) tras un viaje a la Unión Soviética para asistir a la Olimpiada de Arte Revolucionario de 1933. De hecho, Sender dirigiría brevemente La Lucha, cabecera en la órbita del PCE.

El golpe de Estado franquista pilló al escritor y su familia veraneando en Los Ángeles de San Rafael (Segovia). Sender, que pensaba que el conflicto se sofocaría rápidamente, se incorporó a las milicias en la sierra, mientras que Amparo y sus hijos se trasladaron a Zamora a reunirse con su familia. Desgraciadamente, será detenida y asesinada en el mes de octubre, mientras que sus hijos quedaron en Zamora, donde más tarde serán recogidos y llevados a Francia por gestiones de su padre. Ramón Sender Barayón, con los años, se convertiría en pionero de la música electrónica y gurú de la contracultura californiana, como cuenta el documental Viaje hacia la luz.

Ramón J. Sender permaneció en el primer Madrid en guerra, además de luchar en el frente de la sierra, visitando la redacción de La Libertad o el cuartel del Quinto Regimiento, en el barrio de los Cuatro Caminos. Fue capitán de regimiento en el batallón Amanecer y, luego, jefe del Estado Mayor de la Primera Brigada Mixta. Además, el novelista dedicó muchos esfuerzos a participar en actos de agitación desde su posición de intelectual. Sin embargo, su carrera militar se fue al traste o renunció a ella (según las versiones) tras desavenencias con Líster y otros próceres del comunismo.

A finales de diciembre de 1936 Sender supo de la muerte de su mujer y viajó a Bayona para gestionar la recuperación de sus hijos. Con ellos y una nueva pareja, Elixabete Altube, se instaló en un apartamento de París y escribió Contraataque. Posteriormente, quiso volver a España para combatir al lado de los anarcosindicalistas en el frente de Aragón, pero no le fue posible. Curiosamente, en Contraataque los anarquistas salen peor parados que los comunistas. En todo caso, el asesinato de Nin y su propia experiencia fueron distanciándole del estalinismo desde el principio de la contienda, aunque nunca dejó de colaborar con la causa antifascista.

No seguiremos la peripecia vital de Sender a partir de aquí, porque hoy queríamos fijarnos en su relación con la ciudad de Madrid. El breve exilio mexicano y el resto de su vida en Estados Unidos, el español que frecuentó a Trotski o a Bertrand Rusell, el hombre cuyo nombre sonó muchas veces para el Premio Nobel…

Sí nos detendremos en sus últimos escarceos madrileños. Sender aceptó volver a España en mayo de 1974 para participar en un ciclo de conferencias a cambio de que se levantara la prohibición de cinco de sus libros (entre los que estaba Memorias bisiestas, por cierto). Visitó Cataluña, Aragón y Madrid. Aunque se publicó que el viejo profesor se instalaría definitivamente en España, esto nunca sucedió. Volvió aun en un par de ocasiones, siempre para estancias breves. Durante uno de estos viajes, fue entrevistado para Televisión Española por Joaquín Soler Serrano y, durante la conversación, Sender habló de lo que el pueblo madrileño supuso para aquel joven proyecto de escritor que había sido décadas atrás:

“Madrid era un poblachón enorme pero muy interesante. La gente… cada madrileño era una verdadera institución, no había dos que pensaran lo mismo. Pero además todos tenían razón, si hablaba usted más de diez minutos con cualquiera de ellos le convencía… los obreros, casi analfabetos en aquella época, tenían su idea de las cosas y la explicaban tan bien… hablaban con una riqueza, de expresiones de giros, de maneras”

Madrid era un poblachón enorme pero muy interesante

El viejo escritor recordaba un Madrid que ya no existía. Ya no estaban las calles de mala fama que conoció antes de la finalización de la Gran Vía, “por las que las personas decentes no pasaban nunca”. Sender había visitado la ciudad –“no me parece Madrid, parece algo como París o Nueva York”– y se mostraba sorprendido por lugares que eran novedosos para él como el tablao flamenco Las Brujas. Parecía un hombre cansado de beligerancias que, en consonancia con el momento histórico, añoraba la convivencia pacífica de los españoles. “Pero que haya justicia social”, repetía.

Sender no era ya en los últimos años de su vida el joven activista que le había tocado ser en el primer tercio de siglo. Era na emigrante agradecido a los Estados Unidos por su acogida, pero algo debía quedarle dentro de sus viejos arrestos políticos, como se lee en un suceso no suficientemente esclarecido en la casa mallorquina de Camilo José Cela donde pasaba unos días invitado por este durante su primer regreso a España. Según la versión de Francisco Umbral, Sender llamó a Cela fascista a los postres –licores mediante–, por lo que el escritor gallego dijo a su mujer “lleva a este señor al mejor hotel de la ciudad y que le atiendan bien. Mañana mismo que se vaya de la isla. Y no le doy a usted dos hostias porque es usted un anciano”. Sin embargo, lo que Sender trasladó a su amigo José Sant Roz, difiere algo, no tanto en las motivaciones como en los hechos. Durante la estancia del oscense en la casa del luego Premio Nobel, debió de ir aflorando cierta tensión entre ambos. Sender, al parecer, había afeado a don Camilo que fuera pediéndose por la casa. En un momento dado, Cela profirió que le “gustaría ver marchar, ondeante de banderas rojas, los tanques rusos por las calles de Madrid”, burlándose de quienes lucharon contra el fascismo. El viejo novelista, enojado, tiró fuerte del mantel, derramándose todo alrededor. “¡Cerda!” gritó, y le apuntó con una pistola. “Lástima que está descargada, ya que tú y tus amigos, fuisteis quienes asesinasteis a mi mujer y a mi hermano Manuel”, dijo para acabar con la discusión. La anécdota, que quizá explique más de la Transición que los programas de Victoria Prego, también abre puertas entre el Ramón J. Sender que marchó al exilio y el que volvió de visita a España poco antes de su muerte.

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