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Exhibicionismo en la playa

Entre las dunas de una playa, un hombre invitó a Rebeca, de once años, y su amiga a sentarse con él. Tras un rato de conversación, les mostró su pene

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Recuerdo muy vívidamente algo que me sucedió cuando yo tenía unos 11 años, en un lugar apartado de una playa valenciana. Era pleno día y el sol lucía en el cielo sin miramientos. Una amiga con la que me encontraba y yo decidimos inspeccionar un poco más aquella playa, que tenía diversas dunas desperdigadas algo alejadas de la orilla. Nos adentramos por una de aquellas dunas y nos dispusimos a tomar el sol tranquilamente. Pero allí había un hombre. Un hombre de unos 50 o 60 años, fornido y con la piel muy morena. Se notaba que pasaba largas horas expuesto al sol. En cuanto lo vi, tuve el impulso de marcharme de allí, pero aquel señor se dirigió hacia nosotras:

-"¿Por qué no os acercáis y hablamos un rato?", nos dijo. Él estaba sentado en la arena.

No sé cómo ni por qué –supongo que mi conciencia no era por entonces tan precavida como lo es ahora, después de muchas experiencias similares- accedimos y nos sentamos junto a él. El hombre empezó a contarnos historias de su día a día: que le gustaba ir a la playa, pescar a veces, tomar el sol. Todo era normal hasta que de pronto empezó a hablar de su mujer. Y se sacó el pene. Nos lo mostró diciendo: "A mi mujer no le gusta follar conmigo porque dice que tengo la polla demasiado grande, ¿vosotras qué opináis?". Nos miraba y miraba su pene, aún puedo recordar su aspecto, una imagen muy vívida que se quedó grabada en mi retina. "¿Os gustaría probar esta polla?", añadió. Por suerte (una suerte que agradeceré toda mi vida) pudimos salir corriendo de allí. Contamos lo ocurrido a nuestros padres, pero cuando se dirigieron al lugar del "incidente" el señor ya se había marchado.

A lo largo de mi vida, desde bien niña, he tenido que soportar experiencias similares. Desde los tocamientos del hermano de mi mejor amiga mientras (él creía) que yo dormía, hasta los de un compañero de clase, ya en secundaria, que encima me acusó de no corresponderle y "de dejarle triste y destrozado". Desde que cumplí los 12 años he soportado a diario (sea a plena luz del día o de noche) cómo hombres de cualquier edad o condición me gritaban obscenidades por la calle, intimidándome y logrando así lo que ellos querían: sentir dominación sobre mí. Sobre las mujeres.

A mi madre la intentó violar un conductor de autobús. Cuando el vehículo se quedó vacío, el hombre aparcó en una cuneta y fue tras ella. Afortunadamente, también tuvo la suerte de escapar. Tenía por entonces 15 años, era el año 1984. Entonces, el juez de turno dictaminó que "no se podía manchar la dignidad de un hombre de familia, trabajador y respetable, de aquella forma". El caso se archivó.

Han pasado casi 30 años desde aquello, pero hay muchas cosas que aún no han cambiado. Todavía las mujeres nos sentimos culpables por contar estos testimonios por miedo a ser acusadas de lunáticas o de querer llamar la atención (como a mí se me acusó en alguna ocasión). O por vergüenza.

Creo que es momento de que todas contemos este tipo de vivencias, de que se publiquen y la gente las sepa para conocer la realidad, para que esa realidad cambie y la sociedad pueda ser más igualitaria y equitativa. Por ello invito, como yo he hecho, a todas esas chicas que han sufrido situaciones de este tipo a que las denuncien y se las cuenten al mundo.

Rebeca

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